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jueves, 2 de julio de 2020

'Eugenia Grandet', de Honoré de Balzac

Eugenia Grandet es, tal vez, la novela más popular de Honoré de Balzac. Forma parte de La comedia humana, pero es una narración completa en sí misma, y se suele decir que, después de El avaro, de Molière, en ella figura el avaro más famoso de la literatura.

Se sitúa en la época de la restauración borbónica y se centra en el tío Grandet, un bodeguero provinciano que se hace muy rico gracias a su habilidad y a su dureza. Vive con su mujer, su hija Eugenia, y una fidelísima criada. Eugenia es una chica que vive recluida e ignorante de los manejos de su padre, y que tiene varios pretendientes que buscan, tanto ellos como sus familias, acceder a su futura fortuna. Ella no les hace mucho caso hasta que, un día, llega a su casa, desde París, su primo Charles, y ambos se enamoran. Pero, debido a las noticias que le llegan acerca del padre de Charles, el tío Grandet se opone rotundamente a la relación y a cualquier futuro compromiso.

Los dos primeros tercios de la narración muestran el aumento progresivo de la avaricia, y de la habilidad sin escrúpulos para los negocios, de Grandet. Así, al principio se habla de que «financieramente hablando, el señor Grandet tenía algo del tigre y de la boa; sabía tenderse en el suelo, encogerse, observar largo rato su presa, arrojándosele encima, después abría las fauces de su bolsa, engullía una carga de escudos y se acostaba tranquilamente, como la serpiente para digerir, impasible, frío, metódico». Hacia la mitad de la historia Eugenia empieza a mirar a su padre con otros ojos y, poco a poco, el relato mostrará la evolución de su carácter. Al final el narrador dirá que, a pesar de «las mezquindades de su educación y de su vida primera», fue una mujer que demostró una singular grandeza de alma.

Honoré de Balzac. Eugenia Grandet (Eugénie Grandet, 1833). Madrid: Siruela, 2010; 232 pp.; col. Tiempo de clásicos; trad. de Mauro Armiño; ISBN: 978-8498413762.

jueves, 14 de mayo de 2020

'Almas muertas', de Nicolai Gógol

Hace tiempo empecé a leer Almas muertas, la gran novela satírica que, lamentablemente, Nikolai Gógol dejó inacabada. Años después volví a ella y no entendí por qué no la terminé en su momento pues es muy amena: lo es el hilo argumental en sí mismo, los son todos los episodios que se cuentan, y lo son también las justificaciones, comentarios y digresiones de todo tipo que va colocando el narrador a tiempo y a destiempo.

Un antiguo funcionario llamado Chichikov hace un plan para comprar «almas muertas», siervos fallecidos que todavía figuran en el censo como vivos, pues si se presenta como propietario de unos cuantos cientos de siervos antes del próximo censo puede conseguir más tierras de las que facilita el Estado. La novela comienza cuando, con ese objetivo, que ni para el lector ni para sus interlocutores es claro todavía, va visitando a varios terratenientes proponiéndoles, con mucho cuidado, que le cedan o le vendan a bajo precio a los siervos que se han muerto desde el último censo, pues les explica que así no tendrán que pagar por ellos. Según avanza el relato los rumores crecen en todas direcciones: nadie sabía «si se trataba de un hombre al que se tenía que detener y encarcelar por sospechoso, o si se trataba de un hombre que podía él mismo detenerles y encarcelarles a todos por sospechosos».

Por lo que se sabe, Gogól se dejó llevar espontáneamente por la narración y, sólo cuando dio su libro a Pushkin y este le hizo un comentario sobre lo triste que era la vida en Rusia, se dio verdadera cuenta del alcance crítico de su obra. Porque, aunque su héroe sea Chichikov —y poco a poco se va desvelando su pasado y cómo llegó a pensar y poner en práctica su plan—, lo que acaba importando de la historia es la presentación realista y caricaturesca que se hace de la vida rusa por medio de los episodios que se suceden, muchos muy cómicos, en los que van apareciendo terratenientes, funcionarios, campesinos, criados, etc. La sensación que va quedando en el lector es que tal vez las almas verdaderamente muertas no son las de los siervos fallecidos sino las de muchos vivos.

El narrador sabe bien que su héroe no es virtuoso y da un motivo literario para eso: «Hasta podemos decir por qué razón no hemos querido hacerlo así. Porque comienza ya a ser hora de dejar descansar al hombre virtuoso, porque las palabras “hombre virtuoso”, sin cesar en los labios de todos, nada significan; porque el ser virtuoso ha sido transformado en un caballo en el que no existe escritor que no haya montado, arreándolo con la fusta y con todo cuanto halla a mano; porque se ha hecho sudar al hombre virtuoso hasta tal punto que en él no queda ya ni una pizca de virtud, el cuerpo ha desaparecido y no conserva más que las costillas y el pellejo; porque con toda hipocresía invocan al ser virtuoso; porque al ser virtuoso ya no se le respeta. No, hora es de que también el miserable sea uncido al yugo».

Sabe también que su héroe «no abunda en virtudes y perfecciones, eso de sobras se ve. Pero entonces, —se pregunta— ¿qué es? ¿Un canalla? ¿Por qué un canalla? ¿Por qué ser tan severos con nuestros semejantes? En nuestro país no hay actualmente canallas, hay gentes bien intencionadas y agradables; los que, para vergüenza suya, merecerían que se les abofeteara en público, no serán más de dos o tres, y aun éstos hablan ya de la virtud. Al hombre de esta clase sería más justo llamarle dueño de su casa, espíritu aficionado a las adquisiciones. Las ansias de adquirir son las culpables de todo; son las culpables de que se realicen los negocios a los que se da el nombre de “no muy limpios”». Y entre esas gentes bien intencionadas y agradables con grandes ansias de tener, viene a preguntarse el narrador, ¿no estará también el lector? «¿Quién de entre vosotros, impulsado por la humildad cristiana, se ha preguntado en silencio, sin palabras, en los momentos de conversación consigo mismo, profundizando en vuestra propia alma, si tiene algo de Chichikov?»

De los rasgos propios de la novela comento dos. Uno es que son muchas las veces en las que el narrador habla de reacciones y modos de actuar que describe como propiamente rusos... Nos dice que «en los momentos de gran importancia, [los rusos] resuelven sin entrar en consideraciones»; que sólo en Rusia puede suceder que uno se vuelve a encontrar «con los mismos que le habían zurrado a base de bien» y reunirse con ellos como si nada; que en Rusia «todo el mundo muestra más tendencia a expansionarse que a comprimirse»; que al ruso «le hace falta un acicate, de lo contrario, la pereza hace presa en él y se convierte en un ser inútil»; que «el ruso, incluso el peor de ellos, tiene el sentimiento de lo que es justo», etc.

Otro es que son muchas las excelentes descripciones. Por ejemplo, esta de los «adornos que cualquiera halla en los pequeños mesones de madera que tan frecuentes son en los caminos, a saber: el samovar cubierto de escarcha, los muros de pino perfectamente cepillados, el armario adosado a un rincón con sus tazas y teteras, los huevos de porcelana sobredorada frente a los iconos, suspendido de cintas azules y rojas, la gata que ha parido recientemente, el espejo que refleja a uno no con dos ojos, sino con cuatro, y una especie de torta en lugar de cara; los ramos de hierbas aromáticas y de claveles secos, por último, a los dos lados de las imágenes, unas hierbas y unos claveles secos hasta tal punto que quien se aproxima a ellos para olerlos tiene que estornudar por fuerza».

Nikolai Gógol. Almas muertas (Miórtvyie dushi, 1842). Madrid: Alianza, 2015; 544 pp.; col. 13/20; trad. y notas de Augusto Vidal; ISBN: 978-8491040941. Nueva edición en Madrid: Nórdica, 2017; 400 pp.; col. Ilustrados; ilust. de Alberto Gamón; trad. de Marta Rebón; ISBN: 978-8416830138.

jueves, 23 de abril de 2020

'Del álbum de un cazador', de Iván Turguenev

Del álbum de un cazador, o Memorias de un cazador en otras ediciones, de Iván Turguenev, es una colección de veintidós relatos, publicados primero en una revista entre 1847 y 1851, que, cuando se reunieron en un libro, en 1852, dieron fama a su autor... y provocaron su arresto domiciliario.

En conjunto tratan del mundo rural ruso visto por un cazador que, al ir de un lugar a otro, va encontrándose y haciendo amistad con campesinos, siervos, pequeños propietarios y terratenientes. Tienen una base autobiográfica, pues corresponden a los años en los que Turguenev vivía en la hacienda de su madre, en Spasskoie. El narrador escribe anécdotas e incidentes, y hace jugosos retratos de personajes variados —algunos de los cuales aparecen en varios relatos—. Hay comentarios, del narrador o de las personas con las que se relaciona, que critican directamente, o muestran de modo irónico, muchas arbitrariedades e injusticias propias del sistema de servidumbre ruso de la época.

Así, en «Yermolái y la molinera», el señor Zerkov se queja de la que había sido doncella de su mujer argumentando que, aunque sabía que su mujer sólo deseaba doncellas solteras, tuvo el descaro de quedarse embarazada, y continúa: «La ingratitud de esta muchacha me hirió a mí, personalmente… Así es, a mí… Y el dolor duró un tiempo considerable. No me importa lo que usted diga, ¡pero no encontrará ni corazón, ni sentimientos en estas personas! No importa lo bien que se alimente a un lobo, siempre estará pendiente del bosque…».

Un tal «Ovsiánikov el Odnodvorets» (palabra que se refiere a un campesino acaudalado), dice: «ha habido muchos entre nosotros, granjeros, borrachos e incompetentes, que han sido serviles con sus señores y amos; ¡y mucho bien que les ha hecho eso! Solo han conseguido ponerse en evidencia. Les darán algún caballo de tercera que anda dando brincos y que les arrancará el sombrero de la cabeza una y otra vez, o bien los alcanzará alguna fusta supuestamente dirigida al animal, y tendrán que pretender reírse de todo y hacer que los demás se rían. No, como digo, cuanto más baja sea tu posición, más estrictamente deberás comportarte, si no terminas en el barro».

Además, no faltan estupendas descripciones: «¡Una hermosa mañana de verano del mes de julio! ¿Ha experimentado alguien, aparte de un cazador, las delicias de vagabundear entre los matojos al amanecer? Tus pies dejan huellas de verdes hojas sobre la hierba pesada y blanca de rocío. Apartas los matojos mojados, el aroma cálido acumulado durante la noche casi te asfixia; el aire se encuentra impregnado con la fragancia fresca y agridulce del ajenjo, el olor azucarado del trigo y del trébol; a lo lejos se alza un robledal como una pared, brillante y purpúreo bajo los rayos del sol; el aire aún es fresco, pero ya se presiente el calor que se aproxima».

O esta otra, justo para terminar el libro: «Y en un día de invierno, caminar a través de las altas pilas de nieve en busca de liebres, respirar el aire crudo y helado, cerrar los ojos de forma involuntaria contra el cegador brillo de la nieve suave; maravillarse ante el color verdoso del cielo sobre el bosque carmesí… Y luego están los primeros días de primavera, en los que todo brilla y el olor de la tierra cálida se eleva a través del humo pesado de la nieve que se disuelve, y las alondras cantan confiadamente bajo los rayos del sol sobre pedazos de suelo en los que la nieve se ha derretido, y con gorgojeos y rugidos alegres los ríos fluyen hacia los valles. Pero es hora de terminar. He mencionado la primavera a propósito; en la primavera es más sencillo despedirse; en la primavera incluso las personas felices se sienten tentadas a marcharse a lugares lejanos… Adiós, mi lector, te deseo eterna felicidad».

Iván Turguenev. Del álbum de un cazador (1852). El Aleph, 2011; 400 pp.; col. Modernos y Clásicos; trad. de James William Womack y Marian Via Rivera; ISBN: 978-8476699768.

jueves, 26 de marzo de 2020

'Cinco novelas cortas', de Antón Chéjov

Antón Chéjov es uno de los muy pocos escritores de los que me interesa todo, pues los personajes y los conflictos que narra siempre me parecen verdaderos, algo que se puede comprobar en Cinco novelas cortas, historias todas ellas centradas en descubrimientos personales y giros vitales. 

En Una historia aburrida, un prestigioso catedrático de medicina que aguarda su muerte y no se siente comprendido por nadie, se da cuenta de que tampoco él comprende a quienes viven a su lado. En El duelo, Laievski, un funcionario quejoso en el Cáucaso, cansado de la mujer con la que vive y pensando sólo en escapar de la vida que lleva, cambia por completo después de ser desafiado a un duelo por un zoólogo darwinista llamado von Koren. En La sala número seis un médico de un psiquiátrico acaba siendo ingresado él mismo. En Relato de un desconocido, un revolucionario tuberculoso se hace sirviente de una casa noble con vistas a obtener información importante, pero acaba enamorándose de la mujer a la que su señor desprecia. En Tres años, después de una boda y una vida matrimonial triste, ambos cónyuges van reconduciendo sus vidas de un modo más esperanzador.

Una de las mejores cosas de Chéjov es cómo sabe captar el sufrimiento interior de sus personajes y cómo sabe luego mostrarlo en todo su patetismo para llevarnos a comprender mejor incluso aquellas conductas que no aprobamos o que (nos parece que) nosotros nunca tendríamos. Puede hacerlo, sobre todo, gracias a su talento para, en boca de unos u otros, desvelar debilidades humanas: en El duelo, el zoólogo Von Koren, un hombre duro que también acaba reconociendo la injusticia con la que a veces razona, arremete contra un débil diácono: «su juicio está tan pervertido por esa filosofía de seminario que ve niebla por todas partes»; o critica ferozmente a Laievski delante del médico Samóilenko: «Esos lujuriosos deben de tener en la cabeza una excrecencia peculiar, una especie de sarcoma que les oprime el cerebro y condiciona toda su psicología».

Antón Chéjov. Cinco novelas cortas. Son: Una historia aburrida (Skuchnaia istoria, 1889), El Duelo (Duel,1891), La sala número seis (Palata nomer 6, 1892), Relato de un desconocido (Rasskaz neizvestnogo cheloveka, 1893) y Tres años (Tri goda, 1895). Barcelona: Alba, 2015; 440 pp.; col. Alba Minus; introducción y trad. de Víctor Gallego; ISBN: 978-8490650844.

jueves, 13 de febrero de 2020

'La dama de blanco', de Wilkie Collins

No hace mucho releí La dama de blanco, de Wilkie Collins. Un motivo: hacía mucho que la había leído y deseaba refrescar en mi memoria el perfil de algunos personajes. Otro: es un relato absorbente como pocos, debido a su hábil construcción, al enorme atractivo de la heroína y del malvado, y, por supuesto, a las intrigas que se suceden. Además, Collins afirma, en su prólogo, que se asesoró bien para presentar correctamente los pormenores legales de su relato, dirigido por otro lado a mostrar que la ley de su tiempo y su país era injustamente favorable a los maridos frente a sus esposas. Que el autor pidiese que, en su epitafio, se pusiese «autor de La dama de blanco y de otras obras de ficción», da idea de que consideraba esa novela, la quinta que publicó, como la mejor de las suyas, opinión que hoy comparten muchos también.

El joven Walter Hartright es contratado como profesor de dibujo de las hermanas Marian Halcombe y Laura Fairlie, de la que se enamora. Pero, como el padre de Laura, ya fallecido, había comprometido su matrimonio con sir Percival Glyde, un barón y terrateniente vecino, Walter se marcha, no sin temor, pues una dama fantasmal llamada Anne Catherick —con un gran parecido físico a Laura, y a la que había conocido en circunstancias extrañas— reaparece para, enigmáticamente, advertir contra el barón. Sin embargo, Laura y sir Percival se casan y, cuando regresan de su desastroso viaje de bodas, con una larga estancia en Italia incluida, Laura puede sobrellevar el comportamiento iracundo del barón gracias al apoyo de Marian. Pero entra en escena también un amigo italiano del barón, el untuoso y cortés conde Fosco, casado además con una tía de Laura, que conspira con sir Percival para hacerse con el dinero que le corresponde a Laura por herencia.

Una parte del interés de la historia está en el recurso —original entonces— de contarla mediante una sucesión de relatos, ordenados cronológicamente, a cargo cada uno de alguien que vivió en primera persona los hechos. Así lo explica el primero de los narradores y recopilador de todo el material: «cuando el que escribe estas líneas introductorias (de nombre Walter Hartright) haya estado en relación más directa que otros con los sucesos de que habla él mismo lo contará. Cuando falle su conocimiento de los hechos dejará su lugar de narrador, y su tarea la continuarán, desde el punto en que él lo haya dejado, personas que pueden hablar de las circunstancias de cada suceso con tanta seguridad y evidencia como él mismo ha hablado en anteriores ocasiones». En su Introducción a la literatura inglesa (Madrid: Alianza, 1999), Jorge Luis Borges y María Esther Vázquez indican que «bajo el influjo de la novela epistolar del siglo XVIII, Collins fue el primer novelista que usó el procedimiento de que una historia fuera contada por los personajes de la fábula. Este concepto de los diversos puntos de vista sería utilizado y profundizado después por Browning y por Henry James».

Otra parte del interés procede de la galería de personajes y del particular punto de vista de cada narrador. Son excelentes, pero menores, el hipocondríaco y clasista Frederick Fairlie, tío de Laura, la rencorosa Jane Catherick, madre de Anne, o el ama de llaves Eliza Michelson, que se tiene a sí misma por «humana e indulgente con los extranjeros», dado que «no tienen nuestras virtudes y nuestras ventajas, pues casi todos se han educado en los errores ciegos del papismo». Sin embargo, el nivel sube cuando entran en acción y hablan la decidida Marian Halcombe y, sobre todo, el asombroso conde Fosco —químico de profesión, enfermizamente tierno con unos canarios y unos ratones a los que adiestra, capaz de amenazar salvajemente del modo más cortés…—.

Entre otras cosas, se puede destacar de Marian Halcombe cómo sus afirmaciones acerca de los modos de pensar y actuar de las mujeres se ven desmentidas una y otra vez por sus propios hechos. Así, una vez afirma que la mente de las mujeres «es demasiado versátil y nuestros ojos son demasiado desatentos»..., pero no los suyos. En otra señala que, por no ser más que una mujer, está «condenada a tener paciencia, corrección y faldas para toda la vida» y ha de arreglárselas «como pueda de una manera débil y femenina»…, que no es la suya tampoco. Es un gran acierto de la trama que la única debilidad de Fosco sea, precisamente, la gran admiración que siente por Marian.

Del conde Fosco, Marian, en su diario, afirma que lo que «le hace único entre los demás mortales, está sobre todo y ante todo y hasta dónde puedo afirmar por ahora, en la expresión y en la fuerza extraordinaria de sus ojos. Sus modales y el dominio absoluto que posee de nuestro idioma han contribuido hasta cierto punto a que gane mi aprecio. Escucha a una mujer con una deferencia sosegada, con una mirada llena de un interés plácido y vivo. Le habla con una voz que trasluce una gran delicadeza interior, y ello, hay que decirlo, resulta irresistible». Más adelante señalará que había «cierta relación misteriosa entre sus más profundos sentimientos y sus refinamientos más espectaculares» y apreciará que sus más insignificantes acciones «ocultaban siempre un propósito recóndito».

Wilkie Collins. La dama de blanco (The Woman in White, 1859). Barcelona: Montesinos, 1989: 431 pp.; trad. de Maruja Gómez Segalés; ISBN: 84-85859-78-2. Otra edición en Barcelona: Debolsillo, 2010; 816 pp.; col. Clásica; trad. de Maruja Gómez Segalés; ISBN: 978-8499086316.

jueves, 21 de noviembre de 2019

'Los europeos', de Henry James

En su momento me dijeron, y parece ser verdad, que por ser corta y tener cierto tono de comedia ligera, Los europeos es la mejor novela para un primer contacto con Henry JamesEn ella el autor contrasta las formas de afrontar la vida de dos jóvenes europeos con las de los parientes norteamericanos a los que visitan.

Los primeros son el alegre y alocado Félix Young y su hermana mayor, la baronesa Eugenia Münster, que ha sido repudiada por su marido, un príncipe alemán. Los segundos son unos primos que viven cerca de Boston: el señor Wetworth y sus hijas e hijo, Charlotte, Gertrude, y Clifford. Felix y Eugenia son hijos de una hermana del señor Wetworth, cuyo matrimonio con un europeo la llevó lejos de Boston. Los europeos son recibidos por los Wetworth con sentimientos mezclados de satisfacción y recelo. Un rico amigo de los Wetworth, el señor Acton, se siente atraído por la baronesa, mientras que Félix y Gertrude conectan entre sí rápidamente.

Los objetivos del autor son, como la misma narración dice, retratar los modos de ser y las emociones de sus personajes, por medio de diálogos inteligentes y de pinceladas descriptivas certeras, continuamente matizadas. Esto James lo practica en cualquier momento y con cualquier personaje: por ejemplo, de lord Acton dice que «la impresión que producía su sinceridad era casi como llevar un ramo de flores: el perfume resulta muy agradable, pero a veces no se sabe qué hacer con las flores».

Pero, sobre todo, se centra por un lado en «los europeos». Así el narrador afirma que «Felix tenía siempre tantos deseos de combatir la melancolía como una buena ama de casa de tener limpio su hogar». Él mismo indica que no le interesan los grandes problemas de la existencia: «están por encima de mis posibilidades». De su hermana se dice que «era una mujer de intenciones sutilmente entrelazadas y sus propósitos no eran nunca fácilmente detectables»; en otro momento se señala que «nada de lo que la baronesa decía era completamente falso» y, continúa, «quizá haga falta añadir que nada era tampoco completamente cierto».

Por el otro lado, de la familia Wetworh la persona dibujada con más cuidado, aparte del padre, es Gertrude, de la que se indica que «tenía que luchar contra un gran cúmulo de obstáculos, tanto en el orden subjetivo —como dicen los metafísicos— como en el objetivo y, de hecho, la intención de este breve relato es, en buena parte, describir esa lucha. Lo que parecía más importante en esta repentina ampliación de los afectos del señor Wentworth y de sus hijas era la correspondiente extensión del ámbito de los posibles errores; y la doctrina —porque así se la puede llamar— de la terrible gravedad de los errores era una de las tradiciones más queridas de la familia Wentworth».

Henry James. Los Europeos (The Europeans, 1878). Alianza, 1999; 216 pp.; col. El libro de bolsillo; trad. de José Luis López Muñoz; ISBN: 978-8420634661.