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jueves, 17 de septiembre de 2020

'Los hijos', de Gay Talese

Los hijos es un libro de memorias familiares de Gay Talese. Es una gran narración en la que Talese habla, sobre todo, de sus abuelos y sus padres, pero también de algunos hermanos y primos más cercanos a sus padres. Se compone así un buen panorama de la vida que llevaron, tanto en su tierra de origen, Maida, Calabria, como en los países a los que fueron emigrando, Estados Unidos y Francia. La historia termina durante la segunda Guerra Mundial, con una escena de gran intensidad, cuando el narrador tiene unos doce años de edad y es un entusiasta enorme de las maquetas de aviones, y su padre, un sastre conocido en su ciudad de Ocean City, Nueva Jersey, recibe la noticia del trágico bombardeo aliado de Montecassino.

El autor desciende a muchos detalles en algunos casos —se ve que cuenta con material de primera mano, tanto recuerdos orales de sus familiares como documentos y diarios— y, según la situación lo requiere, también se detiene a explicar el contexto histórico del momento. Por supuesto, se centra más en las vidas de su padre y de su madre, aunque tiene mucha relevancia un primo de su padre, Antonio, que fue un sastre afamado en París. En una nota final Talese indica que tardó diez años en terminar su libro y que dedicó mucho tiempo «a entrevistas a gente en Europa y los Estados Unidos; a leer sobre la emigración italiana y sobre los gobiernos de los que huían los emigrantes». El resultado final es un fresco histórico muy ameno en el que, aparte de una gran abundancia de detalles de todo tipo, se trata bien el dolor profundo de la emigración, tanto entre quienes permanecen como entre quienes se van.

Además, las relaciones entre padres e hijos que son el tejido de la historia contienen muchos momentos inolvidables que a veces hacen eco unos en otros de generación en generación. Así, cuando el padre del autor, Joseph, que era un niño aún pero ya trabajaba en el taller de sastre de su abuelo, Domenico, este le riñó fuertemente:

«Joseph levantó la mirada y le interrumpió.

—Abuelo —suplicó—, ¡ha sido un error! ¡Ha sido el primer error grave que cometo! No he sido insubordinado. Simplemente no me he dado cuenta de que los pantalones estaban escondidos debajo de la tela que estaba cortando. Ha sido mi primer error después de muchas cosas buenas que he hecho y que nunca me has reconocido —ahora hablaba más fuerte, y aunque era consciente de que nunca se había mostrado tan directo con su abuelo, siguió con desesperación—: ¡Nunca estás contento! Nada de lo que hago es bastante bueno para ti. Siempre eres estricto y severo conmigo —ya sollozando, Joseph añadió—: Lo que pasa es que no me quieres...

Su abuelo permaneció en silencio. Esperó varios minutos a que Joseph dejara de llorar. Cuando habló, lo hizo con una voz totalmente desconocida.

—Te quiero —dijo con un tono más comprensivo de lo que Joseph había oído nunca—. Pero todavía no eres lo bastante mayor para comprender este amor. Confundes la crítica con la falta de amor. Pero es todo lo contrario. La gente que critica se preocupa por ti. Quieren que mejores. La gente a la que no le importas no tiene puestas grandes esperanzas en ti. Te aceptan como eres. Dejan que te relajes. Quieren que te conformes. Quien no te quiere —concluyó— te hará reír. Quien bien te quiere te hará llorar».

Gay Talese. Los hijos (Unto the sons, 1992). Barcelona: Debolsillo, 2016; 768 pp.; trad. de Damià Alou; ISBN: 978-8466332057.

jueves, 16 de julio de 2020

'Sigo aquí', de Maggie O'Farrell

Sigo aquí, libro de relatos de Maggie O’Farrell que se subtitula «Diecisiete roces con la muerte», es el primer libro que leo de la escritora norirlandesa. Se podrían calificar de historias de autoficción, pues cada una de las diecisiete habla de un momento en el que, de distintos modos, vio la muerte de cerca. Todas tienen en común una prosa transparente y un tono esperanzador vitalista muy de agradecer.

Algunas se refieren, simplemente, a situaciones en las que más tarde se dio cuenta de lo cerca que había estado de morir, como una vez en la que sintió temor ante un acompañante que se le acercó durante un paseo y, días más tarde, ese personaje asesinó a una chica como ella en unas circunstancias parecidas («Cuello. 1990»), u otra en la que se adentró imprudentemente en el mar y estuvo a punto de morir ahogada («Pulmones. 2000»).

Otras hablan de alguna enfermedad grave, como «Cerebelo. 1980», acerca de una encefalitis que sufrió cuando tenía ocho años. Al narrarla recuerda a sus padres porque, dice, «ahora que tengo hijos considero este episodio con otra perspectiva», y, más adelante, señala cómo, «cuando engendramos una vida nos abrimos al peligro, al miedo. Al coger a mi hijo en brazos me daba cuenta de lo vulnerable que era yo a la muerte: fue la primera vez que eso me asustó. Sabía demasiado bien lo fina que es la membrana que nos separa de ese lugar y la facilidad con la que puede perforarse». Por otro lado, esa enfermedad le dejó, ¿sorprendentemente?, una huella positiva: «Haber estado a punto de morir a los ocho años me hizo tomarme la muerte con optimismo, tal vez en exceso. Sabía que un día llegaría y no me asustaba; al contrario, la proximidad de la muerte me parecía casi familiar. Saber que tenía la suerte de estar viva, que con la misma facilidad podía haber muerto, cambió mi mentalidad. Seguir viva me parecía un regalo, un premio, una bendición: podía hacer con mi vida lo que quisiera. Y, además de engañar a la muerte, me había librado de quedarme paralítica. ¿Qué otra cosa podía hacer con mi independencia, con mi condición ambulatoria, sino sacarle todo el provecho posible?».

Tiene una especial intensidad «Recién nacida y torrente sanguíneo. 2005» acerca de un aborto espontáneo que tuvo. En ese texto dice: «Existe una corriente de pensamiento en el mundo que espera que las mujeres superen el aborto como si no hubiera pasado nada, que lo metabolicen rápidamente y sigan con su vida. “Es como una menstruación mala”, le dijo su suegra a una amiga mía con mucho desparpajo. Y yo digo: ¿por qué? ¿Por qué tenemos que seguir como si no hubiera pasado nada fuera de lo normal? Porque no es normal concebir una vida y después perderla. Estos sucesos tienen que señalarse, respetarse, hay que darles lo que les es debido. Se trata de una vida, por muy pequeña y germinal que sea. Es un conjunto de células tuyas y, en casi todos los casos, de alguien a quien amas. Sí, claro que pasan cosas peores todos los días, eso no lo puede negar nadie que esté en su sano juicio. Pero despreciar un aborto como si no fuera nada, como algo que hay que encajar, y seguir adelante es hacernos un flaco servicio a nosotras mismas, a nuestros hijos vivos, a esos seres incipientes que vivieron tan poco en nuestras entrañas, a que nos imaginamos durante las pocas semanas de embarazo, a esos niños fantasma que todavía llevamos en la cabeza, a los que no lo consiguieron».

También es conmovedor «Hija (Hoy en día)» cuyo hilo es un episodio angustioso cuando, durante un viaje que hizo a Italia con su marido y su hija y a esta, enferma de anafilaxia, se le presenta una crisis aguda inesperada y deben encontrar a toda prisa un hospital. En la narración recuerda situaciones por las que su hija, y su marido y ella, han pasado antes y dice: «Estarás tan agradecida a las personas que demuestran bondad y compasión con ella que casi no podrás contenerte. Tienes que recordarte que debes ser sensata, no emocionarte, cuando encuentras a estos ángeles terrenales, que no debes abrazarlos con una fuerza alarmante ni darles las gracias una y otra vez». Y, pasada cada crisis, dice, de nuevo con un optimismo de lo más alentador, que «te vas a la cama por la noche y respiras en la oscuridad y piensas: un día más. La he mantenido viva un día más. No te perturbarán la amigdalitis, la apendicitis, un niño calado hasta los huesos al principio de un paseo largo, los vómitos, unas rodillas con rasponazos, las astillas, los vaqueros tiesos de caca de perro, un yogur en todo el pelo en el preciso momento en que vas a embarcar en un vuelo internacional, un lago de champú derramado en el suelo del cuarto de baño, las visitas a urgencias por heridas, esguinces y golpes, garabatos de lápices de colores en una pared recién pintada, goteras en el tejado de casa, un aspirante a conductor que se carga un coche. Esas cosas son menudencias; lo crucial es la vida».

Maggie O’Farrell. Sigo aquí. Diecisiete roces con la muerte (I Am, I Am, I Am, 2017). Barcelona: Libros del Asteroide, 2018; 266 pp.; trad. de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera; ISBN: 978-8417007713.

jueves, 9 de enero de 2020

'Corazón que ríe, corazón que llora: cuentos verdaderos de mi infancia', de Maryse Condé

Como todo buen libro de memorias de infancia, y más si es de un lugar que me resulta poco familiar, me ha interesado Corazón que ríe, corazón que llora, de Maryse Condé, una autora que no conocía.

Con una prosa fluida y ágil, la autora recuerda su niñez en la isla francesa y caribeña de Guadalupe y también en Francia, pues su familia, de clase acomodada, viaja allí con alguna frecuencia. Se suceden juegos y descubrimientos infantiles, y el relato da cuenta de las emociones de niña y adolescente de la narradora. Al final, a mediados de los años 50 y cuando tiene unos 16 años, se marcha a París para estudiar allí, primero en el liceo y luego en la universidad. En favor de la protagonista, pero también para indicar que su relato no es complaciente, así se retrata en esos años finales: «Cuando me disponía a examinarme, con un año de adelanto, de segundo de bachillerato, era la auténtica personificación de la inteligencia disfrazada de maldad».

La narración introduce al lector en una sociedad que oscila entre la influencia francesa y las costumbres locales y acentúa cómo la narradora se va dando cuenta de los resabios clasistas de sus propios padres —«mis padres jamás eran espontáneos»—, a la vez que percibe cómo en Francia su familia, por más que tuvieran ínfulas de clase alta, era tratada con desdén —«nadie nos prestaba atención»—. La narradora señala la forma de ser dominante de su madre y, a la vez, su propia insolencia hiriente con ella, de forma que, dice, «invariablemente terminaba balbuciendo hecha un mar de lágrimas: "¡Si te muerdes, te envenenas!"».

Maryse Condé. Corazón que ríe, corazón que llora: cuentos verdaderos de mi infancia (Le coeur à rire et à pleurer – Souvenirs de mon enfance, 1999). Madrid: Impedimenta, 2019; 170 pp.; trad. y prólogo de Martha Asunción Alonso; ISBN: 978-84-17115-99-9.

jueves, 2 de enero de 2020

'Un adolescente en la retaguardia. Memorias de la Guerra Civil (1936-1939)', de Plácido Gil

Un libro que vale la pena conocer: Un adolescente en la retaguardia. Memorias de la Guerra Civil (1936-1939), de Plácido Gil. El autor, monje benedictino en la abadía de Leyre, Navarra, tenía 15 años el 18 de julio de 1936 y entonces era novicio en el Monasterio de El Pueyo, Barbastro. Tras el asesinato de todos los monjes, él trabajó primero en los comedores de los milicianos en Barbastro; luego se trasladó a Caspe, donde también fue camarero en el casino, centro de operaciones de los anarquistas y republicanos; después vivió en Poal, un pueblo leridano, con una familia que le acogió; finalmente, al terminar la guerra, pudo regresar a su casa de Lumbier, Navarra, donde le creían muerto.

El autor explica en el prólogo que sólo pretende narrar lo que vivió y que no es su intención realizar juicios políticos. Así actúa en su relato, que respira la veracidad de quien cuenta las cosas tal como las siente y las ve, y de quien no esconde la ignorancia que tenía entonces de las realidades del mundo en el que vivía. Además, aunque la historia está bien escrita, su fuerza se deriva de que no hay propósitos de armarla ni de darle color literario; incluso cabría señalar que la bondad y la fe del narrador, así como la distancia de los hechos, le llevan a mirarlo todo con altura infrecuente.

Plácido Gil. Un adolescente en la retaguardia. Memorias de la Guerra Civil (1936-1939) (2006). Madrid: Encuentro, 2006; 213 pp.; col. Memorias; ISBN: 84-7490-778-0.

jueves, 31 de octubre de 2019

Conversaciones con J. M. Ibáñez Langlois

CONVERSACIONES CON JOSE MIGUEL IBAÑEZ LANGLOIS
Me dejaron hace unos meses el libro Conversaciones con J. M. Ibáñez Langlois, un panorama de la vida y ocupaciones del autor en el que me hubiera gustado que tuviera más presencia su faceta de crítico literario... Está muy bien comentado aquí y aquí.

En esta nota sólo quería dejar constancia de una pequeña anécdota.

Cuenta el entrevistado que el presidente de Chile, Frei Montalva, «convidó una noche a un grupo de escritores a comer en La Moneda, unos ocho o nueve, para pedirnos ideas sobre política cultural. Lo que ellos empezaron a formular fue más bien un pliego de peticiones: una editorial del Estado que publicara sus obras, subvenciones y adelantos para los autores que empezaban a escribir un libro, en fin, el oro y el moro».

¿Qué dijo usted?, le preguntan.

«Poco y nada: yo estaba avergonzado. Sólo quedábamos por hablar Carlos León, ese maestro de la novela corta, y yo. Frei preguntó a Carlos León qué pensaba, y él dijo que no entendía mucho lo que pedían sus colegas, considerando las condiciones penosas de pobreza, enfermedad, cárcel, en que habían escrito Cervantes, Dostoievski, Spinoza sus grandes obras. Siguió un silencio sepulcral. Luego Frei pidió mi opinión, y yo me excusé; estaba ya todo dicho por León, y se cambió de tema».

Conversaciones con José Miguel Ibáñez Langlois (2015). Santiago de Chile: Librería Universitaria, 2015; 223 pp.; entrevista de Braulio Fernández Biggs, Patricio Fernández Ugarte y Sebastián Urruticoechea Ríos; ISBN: 978-956-11-2480-6.

jueves, 24 de octubre de 2019

'Una Odisea. Un padre, un hijo, una epopeya', de Daniel Mendelsohn

Una Odisea. Un padre, un hijo, una epopeya, de Daniel Mendelsohn, es un libro con una parte autobiográfica y otra explicativa sobre la Odisea. El autor, profesor de Clásicas, da un curso sobre la Odisea y su padre, un científico ya mayor, le pide asistir como un alumno más. Al terminarlo, ambos hacen un crucero que recorre los lugares citados en la obra de Homero. La narración, en sí misma excelente, va y viene del presente del curso, en el que los alumnos y el padre van repasando por orden la Odisea, a las anécdotas de vida familiar del padre y el hijo en el pasado, a los incidentes que ocurrirán y las conversaciones que ambos tendrán durante el crucero.

Entre las numerosas observaciones técnicas sobre la composición de la Odisea se puede destacar cómo el autor subraya la sabiduría del narrador que, introduciendo estratégicamente historias dentro de la historia, hace crecer el poema en una composición anular, como en espiral, para ir subrayando así los temas que cree importantes. El autor expone matices y significados que tiene claros pero también descubre otros nuevos que surgen, unos al hilo de las discusiones en clase, también de las provocadas por su padre, otros de sus reflexiones acerca del pasado, y otros con motivo de algunos incidentes en el crucero.

No faltan comparaciones con obras como la Eneida y, más aún, como es lógico, la Iliada. Por ejemplo, el autor señala que una de las propuestas de la Odisea es redefinir en qué consiste ser un héroe: frente a la propuesta de la Iliada en donde Aquiles opta por «una vida corta y gloriosa en vez de una vida larga y sin lucimiento» se podría decir que la pregunta de la Odisea es «en qué puede consistir el heroísmo de supervivencia»; a esto, en la Odisea es Aquiles mismo quien rechaza su propia postura: «Es como si la Iliada le dijese a la Odisea: “de acuerdo, tú ganas”».

Como el título del libro anuncia, el interés del autor es, al contar la relación con su padre a lo largo de los años, ver los paralelismos que se dan con lo que la Odisea cuenta y, por tanto, subrayar el sentido universal y permanente de sus enseñanzas. Al final concluye afirmando la verdad de uno de los más famosos versos de la Odisea: el de que pocos hijos son iguales a su padre y el de que casi todos son peores y solo unos pocos los superan pues, a fin de cuentas, el padre siempre ha vivido más que el hijo y el hijo nunca puede alcanzarlo.

Algunos aspectos de la vida matrimonial de Ulises y Penélope también se ponen en paralelo con la de los padres del narrador, un matrimonio estable y fiel que contrasta con el de otros miembros de la familia, y diferente a la situación del autor, que declara ser homosexual desde joven aunque hable también de su mujer e hijos. Una de las preguntas que se formulan es la de «¿qué aspecto tiene un buen matrimonio a los ojos de quienquiera que compusiese la Odisea?» y la respuesta, que luego lo que se narra subrayará, es la que dice Odiseo a Nausicaa: «Nada hay más poderoso ni mejor que cuando un hombre y una mujer gobiernan la casa con el mismo parecer; gran dificultad para sus enemigos, alegría para sus amigos, origen de su buen nombre».

Todo el libro es una celebración de la enseñanza. El autor, al explicar que hubo personas que le influyeron mucho, y para manifestar también su entusiasmo por su materia, declara: «Qué suerte tuve con mis profesores, que me invitaron a añadirme como un eslabón más a la cadena que conecta el pasado con el presente». No todas las genealogías son genéticas, se dice a sí mismo. Al mismo tiempo, según se va dando cuenta de cosas que desconocía y de algunos de sus errores de juicio —«en realidad, uno nunca sabe adónde nos llevará la enseñanza, quién la escuchará y, en ciertos casos, quién será el que enseñe»—, muestra cómo la Odisea habla de saber escuchar, del modo en que nuestras perspectivas personales afectan al modo en que oímos y entendemos las cosas.

Un comentario mejor al libro es este, de Enrique García Máiquez, que concluye señalando que la lectura del libro de Mendelsohn deja en el lector «la convicción de la urgente necesidad que tenemos de los clásicos para vivir bien y con intensidad». Poco antes de este libro había leído, y me sirvió mucho para una mejor comprensión del tema, leer Homero, un libro de 1972 del profesor de Oxford C. M. Bowra.

Daniel Mendelsohn. Una Odisea: un padre, un hijo, una epopeya (An Odyssey: A Father, a son, and an epic, 2017). Barcelona: Seix Barral, 2019; 410 pp.; trad. de Ramón Buenaventura; ISBN: 978-84-322-3467-5.
C. M. Bowra. Homero (Homer, 1972). Madrid: Gredos, 2013; 799 pp.; col. Biblioteca de estudios clásicos; nota de Hugh Lloyd-Jones; trad. de Marc Jiménez Buzzi; ISBN: 978-84-2493-671-6.

sábado, 19 de octubre de 2019

'John Henry Newman: El viaje al Mediterráneo de 1833'

Cualquier libro de o sobre John Henry Newman es siempre interesante. Incluso uno tan singular como John Henry Newman: El viaje al Mediterráneo de 1833, que contiene todas sus cartas respecto al episodio que se menciona en el título. Sobre él se puede leer este comentario, que da idea de su contenido. Yo quería, simplemente, poner aquí un párrafo tomado de una carta del 4 de septiembre de 1832 a un amigo:

«La gente ve que esas partes del sistema nacional que realmente dependen de la virtud personal y privada (esas que son, con mucho, las más importantes y las que más aspectos abarcan) no funcionan bien; y al no ver en qué consiste el fallo (es decir, en la falta de virtudes personales), se creen que pueden arreglar las cosas a base de aplicar sus conocimientos científicos al mejoramiento del sistema actual. De ahí que la Economía política vaya a sustituir a la moralidad; de ahí también que se nos prometan leyes que evitarán los sobornos y la corrupción; y de ahí, los proyectos de reformas en la Iglesia. Sí, sé que piensas que el sistema actual se puede mejorar en lo material, y lejos estoy yo de no querer mejorarlo en lo que se pueda, y deseoso de conceder todo lo que cualquier hombre sensato y recto pueda conceder en materia de reformas; pero, a pesar de todo, afirmaré un principio que me parece muy importante y muy olvidado: que lo mismo da un sistema que otro, si se tienen en cuenta los efectos de la voluntad humana sobre ellos; que hasta que la voluntad de los hombres no cambie el mal por el bien, la diferencia entre dos sistemas será imperceptible; y que todos los sistemas funcionan bien si se administran bien. Pero es la moda del día considerar que la mente humana es una máquina y que la educación puede hacer con ella lo que quiera; y que, de hecho, el hombre no tiene responsabilidad».

Víctor García Ruiz. John Henry Newman: El viaje al Mediterráneo de 1833 (2018). Madrid: Encuentro, 2018; 460 pp.; col. 100XUNO; ISBN: 978-8490559444.

jueves, 26 de septiembre de 2019

'Iluminada', de Mary Karr

Después de sus muy tormentosas memorias de infancia y juventud —sus padres bebían mucho, su madre se casó siete veces, de niña fue violada en dos ocasiones…—, la norteamericana Mary Karr (1955-) publicó Iluminada para contar los años posteriores de su vida, no menos tortuosos. Es un relato cuyos dos primeros tercios pueden resultar deprimentes pero cuyo tramo final acaba siendo luminoso y emocionante. En la nota introductoria la escritora indica que narrará hechos verídicos de su vida tal como los recuerda, por más que haya cambiado algunas circunstancias y nombres de personas, y en las primeras páginas indica que hablará de cómo empezó a emborracharse y de lo imposible que llegó a resultarle no beber. Ahí no anuncia, sin embargo, como sí figura en todas las noticias y entrevistas acerca del libro, que su relato termina con una inesperada conversión al catolicismo: «si me llegan a decir (…) que acabaría susurrando mis pecados en un confesonario o rezando el rosario de rodillas, me habría meado de risa. ¿Pasatiempos menos improbables? Bailarina de striptease. Espía internacional. Mula. Asesino a sueldo».

Después de contar episodios de juventud con bebidas, drogas y demás, conoce a un joven poeta, de una familia rica, de quien primero se hace novia y luego se casa. Después llegan el embarazo y nacimiento de su hijo, época en la que deja de beber. Pero pronto tiene una fuerte recaída en el alcoholismo, digamos que favorecida por los problemas de compaginar trabajo, maternidad y matrimonio. En grupos de ayuda para alcohólicos hace amistad con algunas mujeres que serán su apoyo en el futuro. Tiene un accidente de tráfico y ha de ingresar en un hospital. Con motivo de pensamientos suicidas es internada en un psiquiátrico. Acepta un trabajo como profesora en la universidad de Siracusa y allí se traslada con su marido, pero enseguida deciden romper amistosamente. Comienza a rezar a su modo y hace amistades decisivas, para dejar de beber y para acercarse a la fe católica, como el escritor Tobias Wolff, que había sido su profesor, y cuya agente literaria será más adelante la suya también, y el padre Kane, el párroco católico. Se publican sus primeras memorias en 1995, libro que tiene un éxito abrumador, e ingresa en la Iglesia católica.

En la enumeración anterior no se indica lo más importante: como queda claro en el relato, y cómo contó en sus otros libros, la autora tuvo problemas muy graves en su infancia y juventud, personales y familiares, y los años posteriores continuó la «carnicería psicológica» con su madre. En el libro revive momentos del pasado con motivo de la muerte de su padre y de las muchas extravagancias de su madre, con la que tiene feroces discusiones; en una le recuerda que no fue su padre quien una vez «se plantó delante de mí blandiendo un cuchillo de carnicero», e indica que «una parte de mí sabe que resulta patético que no intentar asesinarme sea lo único que mi padre tuvo que hacer para ganar el premio al mejor progenitor»; mi madre, continúa, «no se viene abajo en operísticos sollozos, como había sido su costumbre en el pasado», pero aún así «me desahogo, dando vueltas por la estancia, vociferando como un predicador pentecostal». En fin, al final de su relato hará notar al lector que cuando te han hecho mucho daño de niño, o de no tan niño, «tu lado herido y derrotado puede aflorar en cualquier momento».

La narración está muy bien construida. Por un lado, tanto los recuerdos como los olvidos están elegidos, más allá de que haya etapas de la vida de Karr en las que, dice, su memoria tiene «más lagunas que las cintas de Nixon»; en otro momento advierte al lector que «hace décadas me entrené para desconfiar de las percepciones de aquella muchacha» pues no en vano muchas veces «iba ciega perdida»; de ahí también, dirá la escritora en una entrevista, que nunca ponga comillas a lo que dice nadie. Por otro, el tono narrativo es crudo pero está impregnado de un humor desgarrado y autoirónico que gana la simpatía del lector, y no hay autoindulgencia ni disimulo al presentar sus propias reacciones violentas: en una reunión un tipo corrige la pronunciación de otro asistente y la narradora escribe «petimetre pretencioso, pienso. Así te pegasen un tiro»; al final, después de su conversión, dirá que «cuando un tipejo hace sonar el claxon o se interpone en mi camino (…) mi mano ya no saca el dedo corazón automáticamente; un cambio pequeño, tal vez, pero de gran calado para mí».

Un aspecto notable del relato son las consideraciones que hace, al paso, acerca de algunos aspectos de la vida matrimonial. Por ejemplo, cuenta una ocasión en la que opta por algo que le incomoda como con la mente de anotarse «otro punto positivo en mi columna en este juego de tragar mierda en el que he convertido mi matrimonio. Quien se trague el bocadillo de mierda más grande, gana». Otra vez afirma: «Si le mientes a tu marido —incluso en algo tan banal como la cantidad de alcohol que consumes—, cada embuste es un ladrillo en un muro que va levantándose entre vosotros, y cuando él dice que te quiere, el muro desvía las palabras». En otro momento, cuando le dice a su marido que es un maniático y él le responde un «eso ya lo sabías cuando te casaste conmigo», la narradora concluye: «la justa protesta del hombre casado a nivel mundial, pues es un cliché que todas las mujeres firman pensando que su marido cambiará, y todos los maridos firman pensando que su mujer no; los dos se equivocan de pleno». En favor de la narradora se ha de decir que intenta ser objetiva y evitar cualquier resentimiento: no es que las quejas contra mi marido no tengan fundamento, dice, sino que ella continuamente alimenta sus rencores «como si fueran niños expósitos».

Pero lo que alza la historia muy arriba es el proceso de abandonar el alcoholismo y de acercarse a Dios. Cuando quienes intentan ayudarla a dejar la bebida le dicen que tiene que recurrir a la oración, a cualquier clase de oración, se resiste porque le repele profundamente «cualquier tipo de conversación sobre sandeces espirituales». Un día, sin embargo, enumera los motivos pequeños que tiene para estar agradecida y entonces, «por primera vez en una semana, más o menos, no me apetece nada beber»: «un ateo diría que se trata de autohipnosis; un creyente lo atribuiría a la presencia de Dios. Vamos a dejarlo en tablas y reconozcamos que el proceso de hacer una lista con mi buena fortuna detuvo el miedo cerval, y al renunciar a él, una plataforma sólida se deslizó bajo mis pies». Le parece ridículo ponerse de rodillas, como le aconsejan, porque no cree en Dios y porque además, pregunta, «¿qué clase de Dios quiere que me arrodille y suplique como una sierva?»; a lo que una de las presentes le responde: «¡Pues no lo hagas por Dios! Tienes que hacerlo por ti. Todo es por ti: las oraciones, la meditación y el voluntariado. Yo también lo hago por mí. No soy tan bondadosa»; ponerte de rodillas, continúa su interlocutora, «te da tu verdadera medida. Lo haces para enseñarte algo a ti misma. Cuando la enfermedad se apodera de mi, me dice que mi sufrimiento es especial o único, pero en realidad es como el de todo el mundo. Me arrodillo para poner mi cuerpo en ese lugar, porque de lo contrario mi cuerpo no lo capta».

En varios momentos del relato, cuando está en situaciones críticas en las que teme recaer, se encierra en el váter y allí reza desesperadamente «por favor, no me dejes acercarme al alcohol. Sé que no lo he pedido con mucho ahínco hasta ahora, pero lo necesito, de verdad. Por favor, por favor, por favor. Hago amago de levantarme, pero me arrodillo de nuevo. Y no permitas que me sienta tan gilipollas». En otra ocasión experimenta la necesidad de ponerse de rodillas y como le resulta obsceno hacerlo en público lo hace en el baño: «Gracias, quien coño seas, por mantenerme sobria»; y la narración continúa: «Y entonces lo veo. Estoy arrodillada en un retrete. El trono, como lo llaman los borrachos. Cuántas noches de borrachera y mañanas de resaca he adorado este altar, vaciándome de veneno. Y sin embargo, antes, rezarle a algo que está por encima de mí, algo invisible, me había parecido degradante». Comienza entonces a reírse de sí misma como una loca y se calla porque teme que alguien entre y piense que se le ha «ido la pinza». Da un nuevo paso para creer en Dios cuando el escritor Tobias Wolff le dice que actúa como quien no cree en Bob Dylan porque solamente ha oído los cedés y nunca lo ha visto en un concierto. Y otro más cuando el padre Kane despeja sus reticencias sobre Jesucristo explicándole algunas escenas del Evangelio que no comprende. También le convencen las actividades de voluntariado y activismo social que algunas personas de la parroquia emprenden.

No es raro que un libro como este haya sido tan aplaudido. En primer lugar, debido a su categoría literaria, nada común. En segundo lugar, por lo que tiene de testimonio inclemente de una época y unos ambientes determinados. Luego, porque respira sinceridad el modo en que la autora habla de su creciente trato con Dios y cómo enfoca su acercamiento al catolicismo; esto es más convincente todavía porque su tono está lo más alejado que uno pueda imaginarse de cualquier blandenguería y porque la historia de tantos sufrimientos pasados parece que da más legitimidad a lo que narra. De todos modos, también es claro que su popularidad no sería la misma si no fuera una católica de las que gusta tanto a medios como The New York Times: ella misma se define como una católica de cafetería —favorable al aborto y a la ordenación de mujeres, entre otras cuestiones controvertidas…—, y como una feminista combativa de las que tiene mucho que reprochar a los hombres (y sin duda tiene motivos si nos basamos en las tristes experiencias que ella y otras personas de sus mismos ambientes han tenido, aunque haya que decir en su favor que, por su parte, tampoco elude sus propias responsabilidades).

Mary Karr. Iluminada (Lit, 2009). Madrid: Periférica y Errata Naturae, 2019; 581 pp.; trad. de Regina López Muñoz; ISBN: 978-84-16291-78-6 (Periférica), 978-84-16544-98-1 (Errata Naturae).