jueves, 2 de julio de 2020

'Eugenia Grandet', de Honoré de Balzac

Eugenia Grandet es, tal vez, la novela más popular de Honoré de Balzac. Forma parte de La comedia humana, pero es una narración completa en sí misma, y se suele decir que, después de El avaro, de Molière, en ella figura el avaro más famoso de la literatura.

Se sitúa en la época de la restauración borbónica y se centra en el tío Grandet, un bodeguero provinciano que se hace muy rico gracias a su habilidad y a su dureza. Vive con su mujer, su hija Eugenia, y una fidelísima criada. Eugenia es una chica que vive recluida e ignorante de los manejos de su padre, y que tiene varios pretendientes que buscan, tanto ellos como sus familias, acceder a su futura fortuna. Ella no les hace mucho caso hasta que, un día, llega a su casa, desde París, su primo Charles, y ambos se enamoran. Pero, debido a las noticias que le llegan acerca del padre de Charles, el tío Grandet se opone rotundamente a la relación y a cualquier futuro compromiso.

Los dos primeros tercios de la narración muestran el aumento progresivo de la avaricia, y de la habilidad sin escrúpulos para los negocios, de Grandet. Así, al principio se habla de que «financieramente hablando, el señor Grandet tenía algo del tigre y de la boa; sabía tenderse en el suelo, encogerse, observar largo rato su presa, arrojándosele encima, después abría las fauces de su bolsa, engullía una carga de escudos y se acostaba tranquilamente, como la serpiente para digerir, impasible, frío, metódico». Hacia la mitad de la historia Eugenia empieza a mirar a su padre con otros ojos y, poco a poco, el relato mostrará la evolución de su carácter. Al final el narrador dirá que, a pesar de «las mezquindades de su educación y de su vida primera», fue una mujer que demostró una singular grandeza de alma.

Honoré de Balzac. Eugenia Grandet (Eugénie Grandet, 1833). Madrid: Siruela, 2010; 232 pp.; col. Tiempo de clásicos; trad. de Mauro Armiño; ISBN: 978-8498413762.

jueves, 25 de junio de 2020

'Lector, vuelve a casa', de Maryanne Wolf

Dejo aquí constancia de la reseña que hace unas semanas publiqué en Aceprensa sobre Lector, vuelve a casa, de Maryanne Wolf.

Para quien no lo conozca, aconsejo también, e incluso más, el libro anterior de la autora, Cómo aprendemos a leer.

jueves, 18 de junio de 2020

'El infinito en un junco', de Irene Vallejo

Son muchos los que han hablado bien de El infinito en un junco, de Irene Vallejo: por ejemplo, Alberto Manguel, Luis Alberto de Cuenca o Adolfo Torrecilla. Es un libro inclasificable que trata de la historia del libro y de las bibliotecas y en el que van entretejidas con gran habilidad los datos eruditos con las anécdotas, unos bien traídos episodios autobiográficos y comparaciones con, o referencias a noticias de los últimos tiempos.

Quien haya leído alguna de las reseñas citadas, o entrevistas con la autora, no necesita ya que yo detalle más cosas acerca del contenido y el estilo del libro. Así que, de mis muchas notas, rescato dos que tienen que ver con mis temas de principal interés.

Una, esta interesante observación de la autora que se le ocurre cuando consigue entrar por primera vez en la biblioteca bodleiana de la universidad de Oxford y cuando piensa en Lewis Carroll trabajando allí un siglo y medio antes: «comprendí un gigantesco malentendido: Alicia en el país de las maravillas es puro realismo literario. De hecho, describe a la perfección mis experiencias durante aquellas primeras semanas. Los lugares tentadores que podía entrever por el hueco de la cerradura, donde habría necesitado una pócima mágica para cumplir los requisitos de acceso. Mi cabeza chocando contra los techos. Habitaciones tan asfixiantes que sentía deseos de sacar los brazos por las ventanas y asomar el pie por la chimenea. Túneles, letreros, meriendas de locos, conversaciones de una lógica escurridiza. Y personajes anacrónicos absortos en ceremoniales imprevisibles».

Otra, este comentario a propósito de la versión de la obra de Mark TwainLas aventuras de Huck Finn, en la que un profesor preocupado retiró la palabra “nigger”: «¿Los libros infantiles y juveniles son obras literarias complejas o manuales de conducta? Un Huck Finn saneado puede enseñar mucho a los jóvenes lectores pero les hurta una enseñanza esencial: que hubo un tiempo durante el cual casi todo el mundo llamaba “negratas” (“nigger”) a sus esclavos y que, debido a esa historia de opresión, la palabra se ha convertido en tabú. No por eliminar de los libros todo lo que nos parezca inapropiado salvaremos a los jóvenes de las malas ideas. Al contrario, los volveremos incapaces de reconocerlas. Al contrario de lo que cree Platón, los personajes malvados son un ingrediente crucial de los cuentos tradicionales, para que los niños aprendan que la maldad existe. Tarde o temprano tendrán noticias de ella (desde los matones que les acosan en el patio del colegio a los tiranos genocidas)». Cita después un texto de Flannery O’Connor —«quien solo lea libros edificantes sigue un camino seguro pero sin esperanza», tomado de su ensayo «Naturaleza y finalidad de la narrativa», contenido en El negro artificial y otros escritos (Madrid: Encuentro, 2000)—. Y continúa: «Sentir cierta incomodidad es parte de la experiencia de leer un libro; hay mucha más pedagogía en la inquietud que en el alivio. Podemos hacer pasar por el quirófano a toda la literatura del pasado para someterla a una cirugía estética, pero entonces dejará de explicarnos el mundo. Y si nos adentramos por ese camino no debería extrañarnos que los jóvenes abandonen la lectura y, como dice Santiago Roncagliolo, se entreguen a la PlayStation, donde pueden matar a un montón de gente sin que nadie ponga problemas».

Irene Vallejo. El infinito en un junco: la invención de los libros en el mundo antiguo (2019). Madrid: Siruela, 2019; 449 pp.; col. Biblioteca de ensayo; ISBN: 978-84-17860-79-0.

jueves, 11 de junio de 2020

'Por donde sale el sol', de Blanca García-Valdecasas

Por donde sale el sol, de Blanca García-Valdecasas, es una novela española de hace ya unas décadas cuyo valor se aprecia más según pasa el tiempo.

Trata sobre una familia española, formada por Rogelio Díaz, un conocido pintor, su mujer Violeta, y sus siete hijos, que planean trasladarse a vivir a Chile: Violeta piensa que a su marido le vendrá bien un radical cambio de aires. Organizan las cosas a distancia y, aunque Violeta fallece poco antes, deciden irse porque había hecho prometer a su marido que se irían allí pasase lo que pasase. La novela cuenta los primeros años de estancia en su nuevo país: llegada, traslados de casa hasta que encuentran una granja de su gusto, crecimiento de los hijos y noviazgo de las dos mayores, nuevas amistades, etc. Rogelio sigue muy unido a su mujer hasta el punto que dice verla con alguna frecuencia, para disgusto de sus hijos mayores que intentan hacerle ver que son imaginaciones suyas sin fundamento. 

El narrador utiliza un estilo sincopado, de frases consecutivas yuxtapuestas como pinceladas, y tiene un tono bienhumorado al que le da un gran sabor el lenguaje propio del lugar. El título de la novela responde a que, como hará notar un personaje, Andes, en lengua araucana, quiere decir «lugar “por donde sale el sol”». Se siguen con interés las peripecias propias de la adaptación de toda la familia a un nuevo ambiente y, al hilo de los acontecimientos, va quedando claro el pasado familiar y van surgiendo comentarios de distinto tipo. Unos, que son sobre la pintura, conducen a la conclusión que saca uno de los amigos de Rogelio, también pintor: «a la mitad de nosotros, por lo menos, nos ha podrido el esnobismo, el afán de modernidad».

Otras son reflexiones sobre la vida. Por ejemplo, cuando ve a un niño pequeño, al que conoce en un orfanato y que tiene un tiempo viviendo con su familia, Rogelio piensa: «Un niño pequeño, ¿no era el mundo empezando, otra vez y siempre? Lujo de la creación, tan indefensito y a la vez con la seguridad de que las personas a su alrededor son todas buenas, que todo se lo dan. La mirada de un niño nadie puede pintarla, el brillo de los inmortales. Ningún niño ha pensado en su muerte, por eso, tal vez, en su debilidad, tienen toda la fuerza».

Pero, sobre todo, para Rogelio lo domina todo la figura impalpable de su mujer: «¿Cómo explicarles? Aquella sensación de su presencia: Violeta estaba ahí, en los alrededores de nosotros. No nos había dejado, del todo no. Algo de ella, quizás imagen, ¿imaginación?, no lo sabía. Pero ella nos acompañaba, rondaba nuestro mismo aire, no andaba nunca muy lejos. Que yo la viera era lo que los niños no podían creer, no querían aceptarlo... Cedí, por su tranquilidad. "Bueno, hijos, serán imaginaciones mías"».

Blanca García-Valdecasas. Por donde sale el sol (1987). Madrid: BibliotecaOnline, 2018; 292 pp.; ISBN: 978-8415998815.

miércoles, 3 de junio de 2020

'Warlock', de Oakley Hall

El argumento deWarlock, una novela del Oeste de Oakley Hall, es difícil de resumir pues, aunque todo esté centrado en lo que pasa en una ciudad durante más o menos un año, es una historia con muchos actores cuyas personalidades van revelándose progresivamente, y en la que tienen cabida también las distintas interpretaciones que la gente da sobre los hechos.

Debido a las trifulcas que, sobre todo, causa la cuadrilla del rancho San Pablo con su jefe Abe McQuown a la cabeza, el Comité de Ciudadanos de Warlock nombra comisario a un reconocido pistolero llamado Clay Blaisedell. Con él viene su amigo Morgan, que monta un local de juego. A partir de ese momento, la novela se ramificará: se producirán enfrentamientos entre Blaisedell y Morgan con McQuown y sus hombres, llegará una mujer con la intención de vengarse de Blaisedell, irá en aumento el descontento de los mineros con el apoyo del doctor Wagner y de la señorita Jessie, irán teniendo cada vez más protagonismo los ayudantes del sheriff Carl Schroeder y, sobre todo, John Gannon, antiguo cuatrero a las órdenes de McQuown y hermano mayor de otro de sus pistoleros.

Algunos capítulos se presentan como el diario de un ciudadano de Warlock y tienen claros acentos shakespearianos: «El mundo es un lugar horrible, absurdo, brutal, cruel e implacablemente inclinado a la destrucción del alma de los hombres», dirá; o, en otro momento: «¿Acaso no es la historia del mundo sino una narración de violencia y muerte tallada en piedra?». Pero la mayoría de la narración está en tercera persona, con diálogos sobrios, comentarios de unos personajes sobre otros, y un foco especial sobre Gannon, un tipo arrepentido de acciones del pasado y, también por eso, dispuesto a no engañarse más a sí mismo y a cumplir siempre con su deber: «un ayudante del sheriff que se precie no puede esconderse cuando hay problemas».

Oakley Hall. Warlock (1958). Barcelona: Círculo de Lectores: Galaxia Gutenberg, 2009; 687 pp.; col. Serie Narrativa; trad. de Benito Gómez Ibáñez; introd. de Robert Stone; ISBN: 978-84-672-3494-7 (Círculo de Lectores) , 978-84-8109-802-2 (Galaxia Gutenberg).

miércoles, 27 de mayo de 2020

'Los bienes de este mundo', de Irene Némirovsky

Los bienes de este mundo, de Irene Némirovsky, es una buena novela, de las que conmueven y hacen pensar, ya desde su excelente título. Se publicó en 1941 por entregas, poco antes de la muerte de la autora, y vio la luz como libro en 1947.

Saint-Elme, ciudad del norte de Francia, en 1914. Pierre Hardelot está a punto de casarse con Simone, una rica heredera que su abuelo, propietario de una potente industria papelera, ha elegido para él. Pero Pierre precipita los acontecimientos y se compromete con Agnès, una amiga de la infancia, de familia modesta, lo que le gana la enemistad permanente de su abuelo. Estalla la primera Guerra Mundial y Pierre se ha de incoporar a filas. También Simone se casa con Roland Burgères, un soldado a quien conoció durante los años de guerra. Después, a buen ritmo, en capítulos cortos, se cuenta la vida de las dos familias y los sucesos que marcan el crecimiento de los hijos, Pierre y Colette Hardelot y Rose Burgères, hasta el año 1941, cuando ha estallado la segunda Guerra Mundial y los alemanes han entrado ya en Francia.

El marco social se pinta con pocas pero suficientes líneas. Los personajes resultan cercanos pues el narrador logra retratarles bien y transmitir con fuerza sus emociones. El tramo final tiene la fuerza propia de una narración testimonial que presenta de forma vívida las reacciones de la población ante los acontecimientos de los años 40 y 41 y el progresivo desmoronamiento del orden social.

Irene Némirovskiy. Los bienes de este mundo (Les Biens de ce monde, 1941-1947). Barcelona: Salamandra, 2014; 221 pp.; col. Narrativa; trad. de José Antonio Soriano Marco; ISBN: 978-84-9838-575-5.

jueves, 21 de mayo de 2020

'Desierto sonoro', de Valeria Luiselli

Desierto sonoro, de la mexicana Valeria Luiselli, es un libro con bastante de autoficción, aunque a la escritora no le gusta el término, por lo que habla de su vida familiar y del trabajo que compartió con quien fue su marido, el también escritor mexicano Alvaro Enrigue; con bastante de crónica periodística sobre, y de protesta contra, las políticas estadounidenses para frenar la inmigración.

Una pareja formada por dos documentalistas de sonido, a los que no se da nombre, viaja de Nueva York a Arizona con distintos objetivos. El del marido es acudir a los lugares donde los últimos apaches se rindieron —esto se corresponde con el libro Ahora me rindo y eso es todo—. El de ella, que es la narradora de la primera parte de la novela, documentar la situación de los niños migrantes que intentan atravesar la frontera entre México y los Estados Unidos. A la vez, la autora reflexiona sobre el casi seguro final de su actual vida matrimonial y familiar: sus intereses y los de su marido divergen y todo parece indicar que, al terminar el viaje, se separarán.

La novela empieza contando, de modo muy reflexivo, los pormenores del viaje: las paradas que hacen, las conversaciones que tienen en el coche, incidentes de vida pasada de los hijos —el mayor, de diez años, es hijo de su marido; la pequeña, de cinco, es hija de la narradora—, las formas que tienen de sobrellevar el trayecto y las canciones y los audiolibros que ponen —en especial, El señor de las moscas, de William Golding—. Se van contando cosas de las investigaciones respectivas y las reflexiones apuntan paralelismos entre ambas. A la vez, durante esa primera parte del libro, a veces leen en el coche las primeras «Elegías para los niños perdidos», relatos que cabría calificar de poéticos y periodísticos, que más adelante compondrán una sección propia, en los que la escritora utiliza y menciona obras literarias de distinto tipo. Y otra sección, que dará término al viaje, tendrá como narrador al niño.

Estas dos últimas secciones llegan cuando la narradora cambia de perspectiva y comprende que no ha de contar las muchas situaciones por las que pasan los niños migrantes, ni las de los niños que finalmente llegan a su destino, ni las de los niños en las cortes migratorias, sino las «de los niños que no llegan, aquellos cuyas voces han dejado de oírse porque están, tal vez irremediablemente, perdidas». Y dice que, «ahora me doy cuenta, quizá demasiado tarde, de que los juegos y representaciones de mis hijos en el asiento de atrás tal vez sean la única manera de contar realmente la historia de los niños perdidos, una historia sobre los niños que desaparecieron en su viaje hacia el norte. Tal vez sus voces sean la única forma de registrar las huellas sonoras, los ecos que los niños perdidos han dejado a su paso».

En lo que se refiere a los contenidos, me ha parecido brillante la primera parte pues en ella se transmiten bien el contenido y el propósito de la novela. Pienso que las demás partes, por más que tengan calidad, y revelen ambición y dominio, dificultan las cosas a muchos lectores. En particular no resulta creíble la voz narrativa del niño en la última parte de la novela (tal vez por contraste con la solidez de la primera narradora). Me ha parecido innecesaria, por más que tenga su lógica, la sofisticación constructiva: cada uno de los capítulos del libro se corresponde con cada una de las cajas del equipaje de la familia: las primeras del marido, una de la narradora, cada una con libros y documentos de su investigación propia, otra con fotos de una Polaroid que va haciendo el niño y que tienen algo también de documentación del viaje.

Una aspecto interesante de la narración la forman las reflexiones de la narradora sobre su trabajo y el de su marido acerca de cómo documentar las cosas: cómo «las fotografías crean sus propios recuerdos y suplantan el pasado»; cómo en las fotografías normalmente «los adultos posan para la eternidad. Los niños para el instante»; cómo a veces no comprendemos lo que nos pasa porque nos atoramos «en nuestras narrativas personales (…) intentando construir una historia demasiado enredada en las hebras del detalle»… En esa dirección apunta la conclusión con la que la narradora da paso a las otras partes de la novela: «Los niños obligan a los padres a buscar un pulso específico, una mirada, un ritmo, la manera correcta de contar una historia, a sabiendas de que las historias no arreglan nada ni salvan a nadie, pero quizás hacen del mundo un lugar más complejo y a la vez más tolerable. Y a veces, sólo a veces, más hermoso. Las historias son un modo de sustraer el futuro del pasado, la única forma de encontrar la claridad en retrospectiva».

Otra parte valiosa tiene que ver con el autocuestionamiento de su trabajo que hace la narradora. Hay un momento en el que escribe lo siguiente: «Preocupación política: ¿Cómo puede un documental radiofónico contribuir a que más menores indocumentados obtengan asilo? Problema estético: Por otro lado, ¿por qué una pieza sonora, o cualquier otro modo de contar historias, para el caso, tendría que ser un medio para alcanzar un fin? Ya debería saber, a estas alturas, que el instrumentalismo, aplicado al arte, sólo garantiza pésimos resultados: material ligero y didáctico, novelas moralistas para jóvenes adultos, arte aburrido en general. Duda profesional: Al mismo tiempo, ¿no sucede a menudo que aquello del arte por el arte es sólo un ridículo despliegue de arrogancia y onanismo intelectual? Preocupación ética: ¿Y por qué se me ocurre siquiera que puede o que debo hacer arte a partir del sufrimiento ajeno? Preocupación pragmática: ¿No debería más bien limitarme a documentar, sin más como la periodista seria que era cuando empecé a trabajar en radio y producción sonora?». Y la reflexión continúa durante la página que sigue.

Luego, hay muchas observaciones incidentales que resultan luminosas. Por ejemplo, cuando la narradora toma entre sus manos un libro subrayado por ella misma y entonces comenta cómo esos subrayados nacieron cuando «experimentaba cada tanto uno de esos éxtasis repentinos, sutiles y tal vez microquímicos —pequeñas luces centelleando en lo más hondo del tejido cerebral— que ocurren cuando encontramos finalmente las palabras para expresar un sentimiento muy simple que, sin embargo, había permanecido innombrable hasta ese momento. Cuando las palabras de alguien más entran en la conciencia de ese modo, se convierten en pequeñas marcas de luz conceptuales. No es que sean necesariamente iluminadoras. Un cerillo encendido de pronto en un pasillo oscuro, la brasa de un cigarro cuando se fuma en la cama a media noche, los rescoldos en una chimenea que se apaga: ninguna de esas cosas tiene luz suficiente como para revelar nada. Pero a veces una luz, por chica y tenue que sea, puede evidenciar la oscuridad, ese espacio desconocido que rodea, y la ignorancia sin bordes que envuelve todo aquello que creemos saber. Y esa admisión y aceptación de la oscuridad es más valiosa que todo el conocimiento factual que podamos acumular».

Por último, el libro se podría poner en continuidad con El guardián entre el centeno: si esta novela se centra en que Holden se da cuenta del desamparo de su hermana pequeña, y en cuánto desearía protegerla del futuro que le espera, Desierto sonoro habla también de que los adultos no somos capaces de proteger a los niños como deberíamos hacerlo. Esto se aplica tanto a los niños migrantes que acaban lejos de sus padres y que incluso desaparecen, como a los propios niños del matrimonio protagonista de la novela. La narradora (como la escritora en entrevistas), que recuerda cuánto le dolió la desaparición de su propia madre cuando tenía diez años y cómo no supo perdonarla durante años, aunque más tarde sí comprendió sus motivos y lo hizo, se plantea en términos parecidos la relación con sus hijos: «Espero que también mis hijos me perdonen, nos perdonen, algún día, por todas nuestras decisiones».

Valeria Luiselli. Desierto sonoro (Lost children archives, 2019). Madrid: Sexto Piso, 2019; 458 pp.; trad. de Daniel Saldaña París y Valeria Luiselli; ISBN: 978-84-17517-51-9.

jueves, 14 de mayo de 2020

'Almas muertas', de Nicolai Gógol

Hace tiempo empecé a leer Almas muertas, la gran novela satírica que, lamentablemente, Nikolai Gógol dejó inacabada. Años después volví a ella y no entendí por qué no la terminé en su momento pues es muy amena: lo es el hilo argumental en sí mismo, los son todos los episodios que se cuentan, y lo son también las justificaciones, comentarios y digresiones de todo tipo que va colocando el narrador a tiempo y a destiempo.

Un antiguo funcionario llamado Chichikov hace un plan para comprar «almas muertas», siervos fallecidos que todavía figuran en el censo como vivos, pues si se presenta como propietario de unos cuantos cientos de siervos antes del próximo censo puede conseguir más tierras de las que facilita el Estado. La novela comienza cuando, con ese objetivo, que ni para el lector ni para sus interlocutores es claro todavía, va visitando a varios terratenientes proponiéndoles, con mucho cuidado, que le cedan o le vendan a bajo precio a los siervos que se han muerto desde el último censo, pues les explica que así no tendrán que pagar por ellos. Según avanza el relato los rumores crecen en todas direcciones: nadie sabía «si se trataba de un hombre al que se tenía que detener y encarcelar por sospechoso, o si se trataba de un hombre que podía él mismo detenerles y encarcelarles a todos por sospechosos».

Por lo que se sabe, Gogól se dejó llevar espontáneamente por la narración y, sólo cuando dio su libro a Pushkin y este le hizo un comentario sobre lo triste que era la vida en Rusia, se dio verdadera cuenta del alcance crítico de su obra. Porque, aunque su héroe sea Chichikov —y poco a poco se va desvelando su pasado y cómo llegó a pensar y poner en práctica su plan—, lo que acaba importando de la historia es la presentación realista y caricaturesca que se hace de la vida rusa por medio de los episodios que se suceden, muchos muy cómicos, en los que van apareciendo terratenientes, funcionarios, campesinos, criados, etc. La sensación que va quedando en el lector es que tal vez las almas verdaderamente muertas no son las de los siervos fallecidos sino las de muchos vivos.

El narrador sabe bien que su héroe no es virtuoso y da un motivo literario para eso: «Hasta podemos decir por qué razón no hemos querido hacerlo así. Porque comienza ya a ser hora de dejar descansar al hombre virtuoso, porque las palabras “hombre virtuoso”, sin cesar en los labios de todos, nada significan; porque el ser virtuoso ha sido transformado en un caballo en el que no existe escritor que no haya montado, arreándolo con la fusta y con todo cuanto halla a mano; porque se ha hecho sudar al hombre virtuoso hasta tal punto que en él no queda ya ni una pizca de virtud, el cuerpo ha desaparecido y no conserva más que las costillas y el pellejo; porque con toda hipocresía invocan al ser virtuoso; porque al ser virtuoso ya no se le respeta. No, hora es de que también el miserable sea uncido al yugo».

Sabe también que su héroe «no abunda en virtudes y perfecciones, eso de sobras se ve. Pero entonces, —se pregunta— ¿qué es? ¿Un canalla? ¿Por qué un canalla? ¿Por qué ser tan severos con nuestros semejantes? En nuestro país no hay actualmente canallas, hay gentes bien intencionadas y agradables; los que, para vergüenza suya, merecerían que se les abofeteara en público, no serán más de dos o tres, y aun éstos hablan ya de la virtud. Al hombre de esta clase sería más justo llamarle dueño de su casa, espíritu aficionado a las adquisiciones. Las ansias de adquirir son las culpables de todo; son las culpables de que se realicen los negocios a los que se da el nombre de “no muy limpios”». Y entre esas gentes bien intencionadas y agradables con grandes ansias de tener, viene a preguntarse el narrador, ¿no estará también el lector? «¿Quién de entre vosotros, impulsado por la humildad cristiana, se ha preguntado en silencio, sin palabras, en los momentos de conversación consigo mismo, profundizando en vuestra propia alma, si tiene algo de Chichikov?»

De los rasgos propios de la novela comento dos. Uno es que son muchas las veces en las que el narrador habla de reacciones y modos de actuar que describe como propiamente rusos... Nos dice que «en los momentos de gran importancia, [los rusos] resuelven sin entrar en consideraciones»; que sólo en Rusia puede suceder que uno se vuelve a encontrar «con los mismos que le habían zurrado a base de bien» y reunirse con ellos como si nada; que en Rusia «todo el mundo muestra más tendencia a expansionarse que a comprimirse»; que al ruso «le hace falta un acicate, de lo contrario, la pereza hace presa en él y se convierte en un ser inútil»; que «el ruso, incluso el peor de ellos, tiene el sentimiento de lo que es justo», etc.

Otro es que son muchas las excelentes descripciones. Por ejemplo, esta de los «adornos que cualquiera halla en los pequeños mesones de madera que tan frecuentes son en los caminos, a saber: el samovar cubierto de escarcha, los muros de pino perfectamente cepillados, el armario adosado a un rincón con sus tazas y teteras, los huevos de porcelana sobredorada frente a los iconos, suspendido de cintas azules y rojas, la gata que ha parido recientemente, el espejo que refleja a uno no con dos ojos, sino con cuatro, y una especie de torta en lugar de cara; los ramos de hierbas aromáticas y de claveles secos, por último, a los dos lados de las imágenes, unas hierbas y unos claveles secos hasta tal punto que quien se aproxima a ellos para olerlos tiene que estornudar por fuerza».

Nikolai Gógol. Almas muertas (Miórtvyie dushi, 1842). Madrid: Alianza, 2015; 544 pp.; col. 13/20; trad. y notas de Augusto Vidal; ISBN: 978-8491040941. Nueva edición en Madrid: Nórdica, 2017; 400 pp.; col. Ilustrados; ilust. de Alberto Gamón; trad. de Marta Rebón; ISBN: 978-8416830138.

jueves, 7 de mayo de 2020

'El nervio óptico' y 'La luz negra', de María Gaínza

El nervio óptico, de María Gaínza, un libro que cabe llamar de autoficción, es el debut literario como escritora de una conocida crítica de arte argentina. En él presenta once escenas de su vida personal y familiar entreveradas con información y comentarios de pintores y cuadros. Lo que caracteriza el libro, y lo que gana la simpatía y el interés del lector desde el primer párrafo, es una prosa fluida y autoirónica, llena de momentos divertidos y de comentarios agudos sobre la vida y el arte, de los que tampoco se pretenden concluir muchas cosas: «hay detalles que se pierden en la noche de los tiempos y es mejor así: terminar de entender las cosas vuelve rígida la mente».

Puede dar idea del tono bromista y del lenguaje repleto de argentinismos de la autora esta descripción de una amiga: «en lo de Amalia no hay objetos de decoración: ella pertenece a La Raza de Los Ligeros, un grupo de gente desperdigada por el mundo que evita el adorno como el resfriado. (...) Amalia no guarda perfumeros con zócalos de plata en el baño, no tiene budas de porcelana en los estantes de la cocina, ni acumula máscaras africanas en las paredes. No sé si su austeridad monacal es genética o lo que un amigo consideraría un coletazo de abajismo: años de entrenamiento en la ética de la renunciación, una disciplina cuyo propósito no es acceder a una clase inferior sino evitar religiosamente cualquier ascenso». (En las gateras)

Algunos ejemplos de las consideraciones sobre arte y sobre pintores que puntúan el relato son estos:

—«Creo que el arte que depende demasiado del subidón de un descubrimiento inexorablemente declina cuando se lo logra dominar por completo. Al confinar la pintura a una sensación visual, Monet tocaba solo la epidermis de las cosas». (En las gateras)

—Las declaraciones grandilocuentes de Rothko ahogarían sus obras, «las convertiría en opacos menhires. (...) Olvidaba que los elementos más poderosos de una obra con frecuencia son sus silencios, y que, como dicen por ahí, el estilo es un medio para insistir sobre algo. Puede que mirar un Rothko tenga algo de experiencia espiritual, pero de una clase que no admite palabras. Es como visitar los glaciares o atravesar un desierto. Pocas veces lo inadecuado del lenguaje se vuelve tan patente». (Una vida en pinturas)

—Cuando Picasso organizó un famoso banquete en honor de Henri Rousseau, todos aplaudieron al genial Aduanero. «Después Picasso, con la crueldad de la que hacen gala los cobardes, dijo que todo había sido un chiste, una blague. El mismo Picasso que después amarrocó Rousseaus como si fueran coca-colas en el desierto y veinte años después, cuando tuvo que pintar su Guernica, se encerró en su taller a estudiar en secreto La guerra de Rousseau, aunque en público jamás lo admitiera. En términos artísticos, las vanguardias tomaron más de Rousseau de lo que Rousseau tomó de ellas: uno hubiera esperado que en algún momento el recién llegado adoptara algunos de los tics de los dueños de casa, pero nada más lejos». (El cerro desde mi ventana)

—«¿No son todas las buenas obras pequeños espejos? ¿Acaso una buena obra no transforma la pregunta “qué está pasando” en “qué me está pasando”?» (Ser “Rapper”)

El libro, igual que sucederá con el que comentaré a continuación, está repleto de citas de otros autores, una consecuencia, dice la escritora en una entrevista, de la educación que recibió, donde les hacían aprenderse muchas citas de memoria. Por ejemplo, en el texto que dedica a comentar El Greco (Los pitucones) —no sé si el mejor pero sí el que más me ha gustado, junto con el que habla de Rothko— se acuerda de algo que Cyril Connolly decía: «A quien los dioses desean destruir, al principio lo llaman promesa».

Poco tiempo después de El nervio óptico la autora publicó La luz negra, una especie de novela policial cuya narradora cuenta, primero, el aprendizaje de su oficio con Enriqueta Macedo, una importante tasadora de obras de arte que daba de paso a obras falsificadas, y, después, su búsqueda de una elusiva falsificadora de arte mítica llamada la Negra. En realidad, a los entusiastas de lo detectivesco enseguida se les anuncia pronto que tienen entre las manos un relato singular: «No esperen nombres, estadísticas, fechas. Lo sólido se me escapa, solo queda entre mis dedos una atmósfera imprecisa, técnicamente soy una impresionista de la vieja escuela. Además, todos estos años en el mundo del arte me han vuelto un ser desconfiado. Sospecho en especial de los historiadores que con sus datos precisos y notas heladas a pie de página ejercen sobre el lector una coerción siniestra. Le dicen: “Esto fue así.” A esta altura de mi vida yo aprecio las gentilezas, prefiero que me digan: “Supongamos que así sucedió.”»

El relato plantea qué es arte y qué no lo es. Según Enriqueta Macedo «falsas (…) eran las obras de calidad discutible. “¿Una buena falsificación no puede dar tanto placer como un original? ¿En un punto no es lo falso más verdadero que lo auténtico? ¿Y en el fondo no es el mercado el verdadero escándalo?”», le dijo a la narradora la primera vez que charlaron. Ella acepta los argumentos de su jefa y dirá que «en el fondo éramos dos románticas que creíamos que con estas travesuras atentábamos contra las concepciones burguesas, contra la forma de ver el mundo que tiene esa gente: la que compra». Pues, dirá de nuevo después, «cuando un coleccionista compra no está comprando arte, está comprando una confirmación social de su inversión. Paga para estar seguro, y estar seguro es caro».

También describe cómo es alguna crítica de arte, tarea que desempeña la protagonista un tiempo. Lo cuenta así: «Al poco tiempo me di cuenta de que escribir sobre arte es relativamente fácil cuando uno aprende la mecánica. Ves el objeto de arte, traducís esa visión en palabras y le agregás cualquier especulación que considerás apropiada. Si la visión no llega, también se puede escribir sobre la obra usando palabras que no existen dentro de una, palabras ajenas reunidas con destreza. Creo que la gente desprecia a los críticos porque la gente detesta la debilidad y la crítica es el género más bajo en el escalafón de la literatura. Pero justamente por ser el más débil tiene una atractiva impunidad».

Y las relaciones sociales propias de la crítica de arte las describe del siguiente modo: «la misma rutina de siempre, que era como la nada. Ir a muestras de dudosa calidad, tomar vino malo, sonreír, fingir entusiasmo, prometer visitas a talleres que nunca sucederían, repetir qué genial, qué maravilla, los resortes de la charla de arte, volver a casa, tomar un vaso de agua para desintoxicarme, sentarme frente a la computadora, escribir la reseña con fingido interés, una sucesión de expresiones gastadas del tipo “la obra dialoga con el entorno”, “la instalación pone en jaque el espacio-tiempo”, “el video cuestiona de manera radical nuestra percepción”, lenguaje leguleyo, vacío, come caracteres, en fin, algún remate rapsódico y mandar la nota antes de empezar a olvidar lo que se ha visto».

Como se puede apreciar, al final el libro vuelve a tratar de lo mismo que El nervio óptico y en él lo que acaba interesando no es la intriga con la que comienza sino la visión de la narradora y el magnetismo de su lenguaje. Hay sí, a pesar del escepticismo confeso de la narradora, una intención de comprenderse y de comprender: al final de su relato dice que «he notado que una no escribe ni para recordar ni para olvidar, ni para encontrar alivio ni para curarse de una pena. Una escribe para auscultarse, para entender qué tiene dentro. Así, por lo menos, he escrito yo, como si un endoscopio recorriera mi cuerpo».

María Gaínza. El nervio óptico (2017). Madrid: Anagrama, 2017; 160 pp.; col. Narrativas hispánicas; ISBN: 978-8433998446.
María Gaínza. La luz negra (2018). Madrid: Anagrama, 2018; 144 pp.; col. Narrativas hispánicas; ISBN: 978-8433998637.

jueves, 30 de abril de 2020

'La fruta del borrachero', de Ingrid Rojas

La fruta del borrachero es la primera novela de la colombiana Ingrid Rojas Contreras, actualmente profesora en los Estados Unidos, donde su familia emigró, cuando ella era pequeña, huyendo de la violencia en Colombia durante los años noventa.

La historia está narrada en primera persona por Chula, una niña de siete años cuando comienza, y algunos capítulos por Petrona, una chica silenciosa y tímida de trece años contratada por su familia para que acompañe y cuide a Chula y su hermana mayor Cassandra. Viven en un barrio de Bogotá de buen nivel con su madre, mientras su padre, ingeniero, trabaja lejos y solo viene a casa de vez en cuando. La vida social está muy alterada: abundan los problemas como cortes de luz y agua y hay noticias continuas de violencias de distinto tipo. En el jardín de la casa hay un ejemplar de borrachero, un árbol de cuyas semillas se hace la burundanga. Mientras se va estrechando la relación de Chula con Petrona, esta se ennovia con un chico vinculado al narcotráfico. Un incidente provoca que la madre de Chula despida a Petrona y esto desencadena los acontecimientos que terminarán con Chula y su familia en los Estados Unidos.

La narración es ágil y está llena de modismos propios del habla local. Los personajes resultan cercanos, en especial las dos protagonistas y la madre, de quien Chula dice que «era alborotera y chillona» y «una coqueta incurable». El relato va ganando fuerza y tensión, en especial cuando se centra en Petrona —un personaje conmovedor—, se describen los modos de vida en el barrio de aluvión donde vive con su familia, y se ven venir todas las trágicas consecuencias de sus decisiones.

Un aspecto de interés para mí es la viveza con la que se describen algunas escenas de juegos, con sus diálogos, de las niñas y sus amigas del barrio. Por ejemplo, el humor negro —reflejo inconsciente de las escenas violentas que suceden a su alrededor— de sus juegos con barbies  sin brazos o piernas, porque Cassandra se los había arrancado, y, dice Chula, «inventábamos complejas historias sobre cómo se habían vuelto parapléjicas nuestras barbies. Pero, después, nuestro juego favorito fue el de hacer que eran veteranas y víctimas de la guerra». O, en otro momento, la descripción de una canción que les gustaba: «era fácil aprendérsela. Cortarle la cara al hombre traicionero con una navaja de afeitar era chistoso, pero apuñalarlo, arrancarle el ombligo y matar a su mamá el día de su boda era como para morirse de risa».

Ingrid Rojas Contreras. La fruta del borrachero (Fruit of the Drunken Tree, 2018). Madrid: Impedimenta, 2019; 410 pp.; trad. de Guillermo Sánchez Arreola; ISBN: 978-84-17553-01-2.

jueves, 23 de abril de 2020

'Del álbum de un cazador', de Iván Turguenev

Del álbum de un cazador, o Memorias de un cazador en otras ediciones, de Iván Turguenev, es una colección de veintidós relatos, publicados primero en una revista entre 1847 y 1851, que, cuando se reunieron en un libro, en 1852, dieron fama a su autor... y provocaron su arresto domiciliario.

En conjunto tratan del mundo rural ruso visto por un cazador que, al ir de un lugar a otro, va encontrándose y haciendo amistad con campesinos, siervos, pequeños propietarios y terratenientes. Tienen una base autobiográfica, pues corresponden a los años en los que Turguenev vivía en la hacienda de su madre, en Spasskoie. El narrador escribe anécdotas e incidentes, y hace jugosos retratos de personajes variados —algunos de los cuales aparecen en varios relatos—. Hay comentarios, del narrador o de las personas con las que se relaciona, que critican directamente, o muestran de modo irónico, muchas arbitrariedades e injusticias propias del sistema de servidumbre ruso de la época.

Así, en «Yermolái y la molinera», el señor Zerkov se queja de la que había sido doncella de su mujer argumentando que, aunque sabía que su mujer sólo deseaba doncellas solteras, tuvo el descaro de quedarse embarazada, y continúa: «La ingratitud de esta muchacha me hirió a mí, personalmente… Así es, a mí… Y el dolor duró un tiempo considerable. No me importa lo que usted diga, ¡pero no encontrará ni corazón, ni sentimientos en estas personas! No importa lo bien que se alimente a un lobo, siempre estará pendiente del bosque…».

Un tal «Ovsiánikov el Odnodvorets» (palabra que se refiere a un campesino acaudalado), dice: «ha habido muchos entre nosotros, granjeros, borrachos e incompetentes, que han sido serviles con sus señores y amos; ¡y mucho bien que les ha hecho eso! Solo han conseguido ponerse en evidencia. Les darán algún caballo de tercera que anda dando brincos y que les arrancará el sombrero de la cabeza una y otra vez, o bien los alcanzará alguna fusta supuestamente dirigida al animal, y tendrán que pretender reírse de todo y hacer que los demás se rían. No, como digo, cuanto más baja sea tu posición, más estrictamente deberás comportarte, si no terminas en el barro».

Además, no faltan estupendas descripciones: «¡Una hermosa mañana de verano del mes de julio! ¿Ha experimentado alguien, aparte de un cazador, las delicias de vagabundear entre los matojos al amanecer? Tus pies dejan huellas de verdes hojas sobre la hierba pesada y blanca de rocío. Apartas los matojos mojados, el aroma cálido acumulado durante la noche casi te asfixia; el aire se encuentra impregnado con la fragancia fresca y agridulce del ajenjo, el olor azucarado del trigo y del trébol; a lo lejos se alza un robledal como una pared, brillante y purpúreo bajo los rayos del sol; el aire aún es fresco, pero ya se presiente el calor que se aproxima».

O esta otra, justo para terminar el libro: «Y en un día de invierno, caminar a través de las altas pilas de nieve en busca de liebres, respirar el aire crudo y helado, cerrar los ojos de forma involuntaria contra el cegador brillo de la nieve suave; maravillarse ante el color verdoso del cielo sobre el bosque carmesí… Y luego están los primeros días de primavera, en los que todo brilla y el olor de la tierra cálida se eleva a través del humo pesado de la nieve que se disuelve, y las alondras cantan confiadamente bajo los rayos del sol sobre pedazos de suelo en los que la nieve se ha derretido, y con gorgojeos y rugidos alegres los ríos fluyen hacia los valles. Pero es hora de terminar. He mencionado la primavera a propósito; en la primavera es más sencillo despedirse; en la primavera incluso las personas felices se sienten tentadas a marcharse a lugares lejanos… Adiós, mi lector, te deseo eterna felicidad».

Iván Turguenev. Del álbum de un cazador (1852). El Aleph, 2011; 400 pp.; col. Modernos y Clásicos; trad. de James William Womack y Marian Via Rivera; ISBN: 978-8476699768.

jueves, 16 de abril de 2020

Libros que se van quedando atrás (2)

Libros que he leído hace semanas y de los que no he hablado aquí ni, al paso que voy, acabaré hablando. Pero, al menos, puedo dejar constancia de que me han parecido valiosos y remitir a comentarios mejores que los míos.

Uno es Breve historia de la literatura española, de Alberto de Frutos. La reseña a la que remito habla bien del libro: al leerla, hace ya tiempo, me di cuenta de que era un buen libro. Lo que no esperaba es que fuera, como es, tan bueno.

Otro libro que acabo de leer y que me ha parecido divertido, jugoso, bien escrito: Una cierta edad, un libro de Marcos Ordóñez cuyo subtítulo Cuadernos y diarios (2011-2016) explica bien su contenido. También es excelente la reseña a la que envía el enlace.

martes, 7 de abril de 2020

Libros que se van quedando atrás (1)

En una nota de diciembre de bienvenidosalafiesta me referí a varios libros de poesía que he recomendado mucho. Pensaba preparar algún comentario propio e incluirlo aquí pero la vida no me ha dado de sí o, como dicen en mi tierra, «no doy hecho». Así que, como son tan buenos libros, vuelvo a poner la noticia en este lugar, con enlaces a buenas reseñas ajenas:

—uno de poesía visual: Mar, de Echeve;

Bello es el riesgo, de Marcela Duque;

Mal que bien, de Enrique García Máiquez (otra reseña es esta);

Poesías completas 2019. Miguel D'Ors.

jueves, 2 de abril de 2020

'Intemperie', de Jesús Carrasco

Esta reseña informa más que bien de Intemperie, de Jesús Carrasco, una novela realmente poderosa. Yo no recuerdo ninguna novela española de los últimos años que me haya interesado tanto (esto no quiere decir mucho, sin embargo, pues leo más bien pocas). Su argumento es que un niño huye de su casa, perseguido por el alguacil del pueblo, y acaba con un anciano pastor de cabras, hosco pero que le da de comer y, al fin, le protege. Dos únicas prolepsis, una tranquilizadora y otra inquietante, dan alguna pista sobre lo que va a ocurrir. Su referencia más clara es, me parece, la obra de Cormac McCarthy: sin duda La carretera, por lo que tiene de viaje de un adulto y un niño por un mundo desolado, pero también sus primeras novelas violentas y desasosegantes como Hijo de Dios.

Uno de los aspectos que a mí me atrajo es lo que tiene de novela de aprendizaje, un aprendizaje singular ciertamente, que se sintetiza en una escena extraordinaria en la que el chico —después de haber huido de un extraño tullido que intentaba entregarle al alguacil, y de haberlo dejado malherido— vuelve junto al cabrero y este no se comporta con él como esperaba: «Entendió que el viejo no sería quien le entregara la llave al mundo de los adultos, ese en el que la brutalidad se empleaba sin más razón que la codicia o la lujuria. Él había ejercido la violencia tal y como había visto hacer siempre a quienes le rodeaban y ahora, como ellos, reclamaba su parte de impunidad. La intemperie le había empujado mucho más allá de lo que sabía y de lo que no sabía acerca de la vida. Le había llevado hasta el mismo borde de la muerte y allí, en medio de un campo de terror, él había levantado la espada en vez de poner el cuello. Sentía que había bebido la sangre que convierte a los niños en guerreros, y, a los hombres, en seres invulnerables. Creía que el viejo le haría pasar, coronado de laurel por un esclavo, bajo el arco de la victoria». Pero no es así.

Jesús Carrasco. Intemperie (2013). Barcelona: Seix Barral, 2013; 224 pp.; col. Biblioteca Breve; ISBN: 978-84-322-1472-1.

jueves, 26 de marzo de 2020

'Cinco novelas cortas', de Antón Chéjov

Antón Chéjov es uno de los muy pocos escritores de los que me interesa todo, pues los personajes y los conflictos que narra siempre me parecen verdaderos, algo que se puede comprobar en Cinco novelas cortas, historias todas ellas centradas en descubrimientos personales y giros vitales. 

En Una historia aburrida, un prestigioso catedrático de medicina que aguarda su muerte y no se siente comprendido por nadie, se da cuenta de que tampoco él comprende a quienes viven a su lado. En El duelo, Laievski, un funcionario quejoso en el Cáucaso, cansado de la mujer con la que vive y pensando sólo en escapar de la vida que lleva, cambia por completo después de ser desafiado a un duelo por un zoólogo darwinista llamado von Koren. En La sala número seis un médico de un psiquiátrico acaba siendo ingresado él mismo. En Relato de un desconocido, un revolucionario tuberculoso se hace sirviente de una casa noble con vistas a obtener información importante, pero acaba enamorándose de la mujer a la que su señor desprecia. En Tres años, después de una boda y una vida matrimonial triste, ambos cónyuges van reconduciendo sus vidas de un modo más esperanzador.

Una de las mejores cosas de Chéjov es cómo sabe captar el sufrimiento interior de sus personajes y cómo sabe luego mostrarlo en todo su patetismo para llevarnos a comprender mejor incluso aquellas conductas que no aprobamos o que (nos parece que) nosotros nunca tendríamos. Puede hacerlo, sobre todo, gracias a su talento para, en boca de unos u otros, desvelar debilidades humanas: en El duelo, el zoólogo Von Koren, un hombre duro que también acaba reconociendo la injusticia con la que a veces razona, arremete contra un débil diácono: «su juicio está tan pervertido por esa filosofía de seminario que ve niebla por todas partes»; o critica ferozmente a Laievski delante del médico Samóilenko: «Esos lujuriosos deben de tener en la cabeza una excrecencia peculiar, una especie de sarcoma que les oprime el cerebro y condiciona toda su psicología».

Antón Chéjov. Cinco novelas cortas. Son: Una historia aburrida (Skuchnaia istoria, 1889), El Duelo (Duel,1891), La sala número seis (Palata nomer 6, 1892), Relato de un desconocido (Rasskaz neizvestnogo cheloveka, 1893) y Tres años (Tri goda, 1895). Barcelona: Alba, 2015; 440 pp.; col. Alba Minus; introducción y trad. de Víctor Gallego; ISBN: 978-8490650844.

jueves, 19 de marzo de 2020

'El rebaño excelente', de William Deresiewicz

El rebaño excelente, de William Deresiewicz, es un libro que, como anuncia su subtítulo, habla de «cómo superar las carencias de la educación universitaria de élite» en los Estados Unidos. El autor critica la concepción utilitarista y práctica de la enseñanza superior, como si su objetivo fuera proporcionar buenos empleos a sus alumnos, y se detiene a glosar la importancia de cultivar las humanidades y el papel decisivo de los buenos profesores, entre otras cuestiones.

Unas notas:

«Estudiar el pasado es tener la continua experiencia de darse cuenta de por qué pensamos lo que pensamos. La historia es la que habla a través de nosotros cuando hablamos. El crítico Northrop Frye subrayó que una educación en artes liberales tiene que llevarnos a una escena de reconocimiento como las que se producen en el clímax de las obras de teatro. Pero al estudiar las artes liberales, dijo, lo que reconocemos es precisamente a nosotros mismos».

«"La tiranía más exitosa", dijo Allan Bloom, "es aquella que elimina la conciencia de otras posibilidades". El pasado dio lugar al presente, pero es también diferente del presente. Nos enseña que las cosas no tienen por qué estar como están ahora. Nos proporciona un puesto de observación aventajado desde el que poder ver que nuestra sabiduría convencional es solo convencional, y no es sabia. Nos ofrece una salida del presente. Nos dice que las cosas cambian: no solo es que no tengan que ser como son, sino que un día no serán como son ahora. El pasado, en definitiva, nos permite crear el futuro. Quien quiera ser un líder, quien quiera encontrar una nueva dirección, es ahí donde tiene que empezar a buscar».

«Lo crucial es estudiar, no los Grandes Libros, sino simplemente grandes libros. La idea es pasar por unos cuantos libros de Kafka, por ejemplo; valdrá cualquier cosa que tenga el filo y el peso necesarios. No importa quién creó ese libro o cuándo, siempre y cuando nos inflija esa herida. El canon es irrelevante a este respecto. Un lector de veras construye su propio canon, porque este consiste precisamente en los libros que ha utilizado para crearse a sí mismo».

William Deresiewicz. El rebaño excelente: Cómo superar las carencias de la educación universitaria de élite (Excellent Sheep: The Miseducation of the American Elite and the Way to a Meaningful Life, 2014). Madrid: Rialp, 2019; 278 pp.; col. Educación y Pedagogía; trad. de David Cerdá; ISBN: 978-8432151774.

jueves, 12 de marzo de 2020

'No Society', de Christophe Guilluy

Otro libro que recomiendo vivamente: No society. El fin de la clase media occidental, de Christophe Guilluy. Esta buena reseña explica de modo completo el contenido del libro, un conseguido intento de mostrar la situación de conflicitividad social y cultural actual, y de darle una respuesta que, sobre todo, acaba siendo un feroz, pero bien fundamentado, ataque a las clases dominantes que se colocan a sí mismas en una postura de superioridad moral al tiempo que ven y tratan a las clases populares con un «reduccionismo que recuerda al del indígena de la época colonial».

La clase dominante, afirma el autor, «en materia de inmigración o multiculturalismo ha remitido a los análisis de un mundo mediático-universitario (la mayoría de las veces) originario del mundo de arriba y (siempre) llevado por un fuerte desprecio clasista. Estos expertos autoproclamados e investigadores adheridos al modelo dominante han elaborado representaciones caricaturizadas de unos medios populares que, según ellos, estarían listos para reactivar las horas más oscuras de la historia. Así, las representaciones de salón de la inmigración y del multiculturalismo se han impuesto, representaciones que no tienen en cuenta la realidad de la inestabilidad demográfica y de la inseguridad cultural que esta inmigración y multiculturalismo generan en los entornos populares».

Sin embargo, dirá más adelante, «la actitud moral del mundo de arriba no convence ya a nadie. La desconfianza de las clases populares hacia los medios de comunicación, el mundo académico o el de los expertos anuncia el fin del magisterio de los pretenciosos». Hoy en día las clases populares están hartas de las lecciones de moral de los millonarios que, mientras predican la apertura y la diversidad, no dejan de reforzar su exclusivismo. Cada vez más, «la instrumentalización del inmigrante y los pobres por la clase dominante, el mundo del espectáculo y una parte del mundo intelectual (…) se muestra como lo que es: una escenificación indecente que trata de ofrecer a la nueva burguesía un barniz social en un momento en que está abandonando el bien común».

Christophe Guilluy. No society. El fin de la clase media occidental (No Society, 2018). Madrid: Taurus, 2019; 218 pp.; trad. de Ignacio Vidal-Folch; ISBN: 978-84-306-2283-2.

jueves, 5 de marzo de 2020

'La imaginación conservadora', de Gregorio Luri

Aunque tarde, he leído La imaginación conservadora, de Gregorio Luri, un libro que se subtitula «una defensa apasionada de las ideas que han hecho del mundo un lugar mejor» y que me ha gustado mucho leer aunque, igual que el autor de esta reseña, tampoco yo «tengo la cabeza amueblada para la teoría política». Así que, por mi parte, recomiendo el libro, remito a la reseña citada y a las otras dos que se citan en ella para quien desee saber más acerca de su contenido, y selecciono dos de las notas que yo he tomado pues creo que, además de dar idea del estilo diáfano y sensato del autor, son como buenas instantáneas del mundo en que vivimos.

Una es esta: «Los museos más paradójicos son los de arte moderno, que son monumentos estables a la vanguardia en los que descubrimos la rápida obsolescencia de lo nuevo. Un museo de arte moderno no deja de ser un entrañable monumento a la melancolía. Lo que nos dice es que todo lo que alberga ha dejado de ser vanguardia. Por eso, lo que esperamos del arte innovador es que sea diferente de lo que recogen los museos de arte moderno. Cuando más previsible sea el arte de mañana, más nos decepcionará. El museo de arte moderno merece su nombre si está continuamente abriendo nuevas salas que prolonguen el relato de la modernidad con capítulos inéditos. Todas las contradicciones de nuestro presente se exponen en un museo de arte contemporáneo. Ahí está su valor: es un museo de antropología. Nos revela que el mundo humano no puede reducirse a la innovación sin negarse a sí mismo. Lo nuevo no parece ser posible sin la memoria de lo viejo. La capacidad humana para soportar la innovación es mucho más limitada de lo que los innovacionistas suelen pensar».

Otra es esta: «La corrección política (...) no es más que el blindaje de ciertos límites ideológicos frente al flujo de la historia. Lo que es nuevo es la voluntad de imponerle un correctivo a la naturaleza mediante la retórica de una razón victimológica; la convicción de que basta presentarse como víctima para tener razón. De esta manera la condescendencia se impone, aunque sea hipócrita y, aunque, de hecho, acentúe la humillación objetiva de la víctima. El lenguaje políticamente correcto es la moralización del lenguaje de los espectadores de la teatrocracia ante las escenas que hieren sus susceptibilidades, pero que no puede dejar de buscar para denunciarlas. Es políticamente correcto asegurar que el islamismo radical es cosa de cuatro fanáticos que no tienen nada que ver con el islam, que es una religión de paz y amor. Eso es, desde luego, lo que todos desearíamos, pero es más que dudoso que sea verdadero si tenemos en cuenta la pena de muerte que el islam reserva para los apóstatas, que es un mandato absolutamente incompatible con los valores occidentales. Es políticamente correcto decir que la familia tradicional, fundada por un padre y una madre, ha caducado, aunque los que tenemos una familia normalica creamos que nos ha tocado la lotería. Es políticamente correcto decir públicamente que sexo y género son cosas distintas, como si fueran universal y necesariamente distintas, pero no que un feto humano es un ser humano. Es políticamente correcto defender el aborto como un derecho aunque sea un derecho cuyo ejercicio no nos atrevemos a mirar a la cara. Es políticamente correcto decir que la emigración es una oportunidad para España, no un problema, cuando nada impide que sea ambas cosas al mismo tiempo. Es políticamente incorrecto decirle a un negro que es negro; a un gordo, que es gordo; a un ciego, que es ciego; a un viejo, que es viejo… No se le puede llamar ilegal al «sin papeles», no hay populismos de izquierdas, etc. Decir que los asiáticos son buenos en matemáticas, que los resultados escolares de los niños divergen de los de las niñas o que los juguetes bélicos no son micromachismo, hace levantar más de una ceja de sospecha en la conciencia del respetable censor público. No hay perdón para el disidente. Cualquiera que hable en público sabe que si supera ciertos límites de corrección política, nadie va a salir en defensa de su libertad de expresión. Ni tan siquiera en la universidad. Toda disidencia se paga cara. El lenguaje políticamente correcto es, en resumen, un proyecto de edulcorar las palabras para evitar que la realidad resulte amarga. Es otro intento político de ponerle límites a la naturaleza de acuerdo con nuestros prejuicios, olvidándonos de que ella siempre vuelve».

Gregorio Luri. La imaginación conservadora (2018). Barcelona: Ariel, 2018; 344 pp.; ISBN: 978-8434429611.

jueves, 27 de febrero de 2020

'Un pequeño empujón', de Richard H. Thaler y Cass R. Sunstein

Un interesante libro de hace tiempo es Un pequeño empujón, o nudge, de Richard H. Thaler y Cass R. Sunstein, un libro que propone lo que los autores llaman un «paternalismo libertario». Dicen que aspiran a diseñar políticas que mantengan o aumenten la libertad de elección, de ahí la palabra libertario, y que, sin coerción de ninguna clase, pretenden orientar esas políticas en direcciones que mejorarán las vidas de los ciudadanos, de ahí la palabra paternalista. En un momento de sus explicaciones, en un nota al pie, hablan de que su propuesta coincide, en su espíritu, con la de otros autores que proponen un «paternalismo asimétrico», o tomar medidas a favor de las personas menos educadas o conscientes que, a la vez, causen los menos perjuicios posibles a los demás.

En general afirman que hay que sustituir exigencias y prohibiciones por incentivos y nudges, y eso hará que el gobierno será más pequeño y más modesto y que mejore de verdad la vida de los ciudadanos. Y definen nudge así: «cualquier aspecto de la arquitectura de las decisiones que modifica la conducta de las personas de una manera predecible sin prohibir ninguna opción ni cambiar de forma significativa sus incentivos económicos. Para que se pueda considerar como nudge, debe ser barato y fácil de evitar. Los nudges no son órdenes. Colocar la fruta de forma bien visible es un nudge. Prohibir la comida basura no lo es». Al terminar el libro queda claro que «por todas partes hay nudges, aunque no los veamos. La arquitectura de las decisiones, tanto la buena como la mala, es ubicua e inevitable, y afecta en gran medida nuestras decisiones».

Para explicar el interés de los nudges ponen ejemplos de distinto tipo, algunos de vida cotidiana —la presentación de los platos en los comedores escolares cambia la forma en que se alimentan los niños—, otros publicitarios —un eslogan que, apelando al orgullo local, consigue reducir la basura en las carreteras de Texas—, otros de diseño. De estos últimos, por ejemplo, el de que, al poner una mosca dibujada en los urinarios para hombres del aeropuerto de Amsterdam, se redujeron las salpicaduras en un 80 por cien (y que en Bonn imitaron la idea poniendo una portería de fútbol…) También se detienen a explicar, por ejemplo, el poder que tienen las opciones por defecto, en los programas de ordenador que usamos, o en las hipotecas que contratamos, o en tantos otros productos, para hacer la vida más complicada o más fácil al usuario.

Están muy bien las observaciones que hacen los autores sobre las limitaciones que tenemos los seres humanos para elegir bien. Ponen ejemplos de cómo todos sufrimos tentaciones y subestimamos nuestra debilidad en momentos de excitación, y cómo somos, con frecuencia, negligentes o descuidados. Hablan de cómo se pueden contrarrestar un poco esas debilidades de distintos modos, por ejemplo con los que han sido llamados «factores canal», esas «pequeñas influencias que pueden facilitar o inhibir ciertas conductas», del mismo modo que los cambios en el paisaje puede conducir de un modo u otro la nieve que se derrite.

Los autores terminaron su libro en 2007 y publicaron su primera edición a principios de 2008. Para una edición posterior a finales de ese año pusieron un epílogo titulado «la crisis financiera de 2008». Al final concluyen esto: «La codicia y la corrupción contribuyeron a crear la crisis, pero las simples flaquezas humanas desempeñaron un papel clave. No podemos protegernos de futuras crisis si denunciamos la codicia, la corrupción y la injusticia sin mirarnos en el espejo y comprender los efectos potencialmente devastadores de la racionalidad limitada, la falta de autocontrol y las influencias sociales»

Richard H. Thaler y Cass R. Sunstein. Un pequeño empujón (Nudge): el impulso que necesitas para tomar las mejores decisiones en salud, dinero y felicidad (Nudge. Improving Decisions About Health, Wealth, and Happiness, 2008). Madrid: Taurus, 2009; 332 pp.; trad. de Belén Urrutia; ISBN: 978-84-306-0684-9. Nueva edición en 2017.

jueves, 20 de febrero de 2020

'Agencia matrimonial para ricos', de Farahad Zama

Agencia matrimonial para ricos, la primera novela de Farahad Zama, es un relato que deja buen sabor de boca pues tiene todas las cualidades de una narración sonriente y bien llevada, y el atractivo de unos protagonistas convincentes y bien dibujados.

Vizag, ciudad costera del sureste de la India. El señor Ali, funcionario jubilado, decide poner en marcha una «Agencia matrimonial para ricos», cuya sede está en su casa. Le ayuda su mujer y acaba contratando a una chica muy eficiente de nombre Aruna. Los criterios que tienen para encontrar la pareja adecuada son sencillos: los deseos que formula quien acude a la agencia, la compatibilidad de casta y religión, un estatus económico parecido, y también una cierta coincidencia de rasgos físicos como la altura y la complexión. El orden y la seriedad con que llevan los asuntos les va ganando una clientela cada vez mayor. La narración se centra en las peculiaridades de los clientes que les van llegando y en los problemas que a veces les plantean, pero sigue al mismo tiempo dos hilos principales: que los señores Ali están preocupados por el activismo político de su hijo mayor y que a Aruna, que tiene graves dificultades económicas en su casa, le surge un pretendiente inesperado y socialmente imposible.

La novela es un gran retrato social: se cuentan muchas costumbres locales y se acaban describiendo con detalle una boda musulmana y otra brahmana a las que asisten los protagonistas. Los diálogos son claros y, en ellos, un tema que aparece una y otra vez, como era de esperar, es el de las condiciones para que la convivencia matrimonial funcione: vale la pena leer los consejos sensatos que dan el señor Ali y su mujer a quienes acuden a ellos con pretensiones excesivas, o a quienes, por distintos motivos, actúan de modo egoísta o desconsiderado.

Farahad Zama. Agencia matrimonial para ricos (The Marriage Bureau for Rich People, 2009). Barcelona: Ediciones B, 2009; 330 pp.; trad. de Pablo M. Migliozzi; ISBN: 978-84-666-3970-5.