
El relato está cuidado: se cuentan las cosas con sencillez y precisión, las descripciones son las justas, y no se intentan disimular ni el odio que mueve a la heroína y a los partisanos, ni las crueldades que unos y otros cometen. En el epílogo, titulado «La historia de Agnese no es ficción», la escritora cuenta que ella vivió 18 meses en la clandestinidad, que «así era el clima en la vida partisana de entonces, antirretórico, antidramático, hogareño y familiar, aunque estuviésemos en la clandestinidad», y que, aunque haya cambiado personajes y nombres, todo lo que narra existió, «incursiones y hombres, horizontes y pueblos, colores y temperatura».
Queda clara la antipatía visceral de los partisanos hacia los colaboracionistas y hacia los nazis: al oir la voz de un comandante la narradora lo describe como «uno de esos gritos quebrados, inhumanos y poseídos por los que todo el mundo reconoce de inmediato a los alemanes». Se muestra bien el espíritu de los partisanos: «Aquélla era la fuerza de la Resistencia: estar por todas partes, caminar entre los enemigos, esconderse entre las personas más anodinas y pacíficas. Un fuego sin llama ni humo, un fuego sin señales: los alemanes y los fascistas no se daban cuenta hasta que lo pisaban y se quemaban».
Renata Viganò. Agnese va a morir (Agnese va a moriré, 1949). Madrid : Errata Naturae, 2020; 352 pp.; trad. de Miguel Ros González; ISBN: 978-84-17800-47-5.