Después de comentar
la biografía de Max Perkins y
las memorias de Bennett Cerf, pongo ahora un comentario a las memorias de
Michael Korda (1933-), editor de Simon & Schuster durante la segunda mitad del siglo XX, y, brevemente, también a las de
Robert Gottlieb (1931-), que entró a trabajar también en Simon & Shuster en 1955, fue editor jefe en 1965, se trasladó tres años después a Alfred A. Knopf y, tiempo adelante, fue editor del
The New Yorker.

En
Editar la vida. Mitos y realidades de la industria del libro, Korda habla
de su aprendizaje primero y de su trabajo como editor de libros de toda
clase después; explica los cambios que se dieron en la industria
editorial a lo largo de cinco décadas; comenta las grandes diferencias
entre unos y otros aspectos de su trabajo —leer manuscritos y editarlos,
una profesión, y publicarlos y promocionarlos, un negocio—; y, sobre
todo, rememora incidentes, unos relacionados con la publicación de
libros y otros debidos a su trato con colegas, o escritores
profesionales, o escritores ocasionales como algunas estrellas
cinematográficas o presidentes como Nixon o Reagan.
Cuenta jugosas anécdotas ajenas y propias. Entre las ajenas una es
cuando dice que, a veces, llega un manuscrito inesperado en el momento
más inesperado: «Todos en el mundo editorial saben que si el editor de
Macmillan no hubiera tenido un resfriado mientras visitaba Atlanta, no
habría permanecido en cama leyendo el voluminoso manuscrito que una
mujer le había entregado en el vestíbulo del hotel, y que más tarde se
convertiría, después de mucho trabajo de edición y de cambiarle el
título, en
Lo que el viento se llevó. Los milagros existen». Otra es la de que hubo editores norteamericanos que rechazaron publicar
La colina de Watership, de
Richard Adams,
durante años: nadie creía que una larga novela sobre conejos, contada
desde el punto de vista del conejo, podría funcionar en EE.UU.; quienes
lo habían leído pensaban que podría funcionar si se recortaba
drásticamente o si se reescribía como libro infantil. «Esta forma
particular de ceguera no es poco común», dice Korda.
Entre las propias tal vez la mejor sea la que ocurrió cuando a su
editorial le ofrecieron el libro de memorias de Albert Speer, y Korda
intentaba convencer al propietario y editor, Max Schuster, de que lo
aceptaran porque, al margen de otras consideraciones, en sí mismo, e
incluso leyéndolo sólo como testimonio, era un libro extraordinario. El
editor escuchó atentamente sus argumentos y asintió: le dijo que estaba
en lo cierto y que no tenía dudas de que el libro sería un
best-seller.
Pero añadió: «Sólo hay un problema. No quiero ver el nombre de Albert
Speer y el mío en el mismo libro». Años más tarde, Korda usaría el mismo
argumento para un libro de Louis Farrakhan. Como diría después otro de
sus colegas: «una editorial tiene la obligación de creer en la Primera
Enmienda pero no tiene la obligación de publicar todo lo que se le
envía».
En relación al trabajo como editor Korda rememora cómo fue aprendiendo de sus colegas distintas cosas: de uno, «la
importancia del entusiasmo y la imaginación»; de otro, «la importancia
de poner atención a los pequeños detalles y a trabajar con ahínco
durante largas horas en manuscritos que no proporcionan ninguna
satisfacción».
Explica cómo «quienes saben de verdad de edición constituyen una curiosa
combinación de animador con conocedor de historias, saben arreglar una
prosa deficiente, inventar un final dramático para una escena (en lugar
del primero que se les ocurra), o mostrarse despiadados al cortar el
texto. Son la clase de personas que no dudan en desafiar al autor en un
intento de conseguir que el libro funcione de la mejor manera, o de la
manera en que supuestamente debería hacerlo, y que en ocasiones es capaz
de adivinar lo que un autor intentaba hacer y mostrarle cómo hacerlo».
Señala que, «para un auténtico editor, reducir un manuscrito de
setecientas páginas a cuatrocientas, inventar un nuevo título,
recombinar los capítulos para darle al libro un comienzo increíble y un
final sorprendente, resulta un reto cotidiano, como para un cirujano una
operación difícil. Los editores de verdad, si son buenos, también saben
dejar las cosas como están, lo que es aún más importante. “Si está
bien, no lo toques”, podría ser la primera regla de nuestro juramento,
si tuviéramos uno».
Al mismo tiempo, también hace notar que un editor muchas veces no sabe
qué ocurrirá con los libros que publica: «La única manera de saber si un
libro se venderá es publicándolo». Además, indica en otro lugar, «quizá
el mayor milagro en la industria editorial sea la forma en que, cuando
se le da la oportunidad, el público se lleva a casa un buen libro de un
autor desconocido y lo convierte en un sorpresivo
best-seller (a menudo el editor es el más sorprendido de todos)».

En
Lector voraz, Robert Gottlieb cuenta su vida: es un libro que también da muchos pormenores del mundo editorial norteamericano en las décadas centrales del siglo y cuenta jugosas anécdotas de autores y de la edición de libros famosos. No me atrajo tanto como el de Korda —de quien fue compañero— tal vez porque se nota más en él una clara intención de tratar a todo el mundo amablemente, con alguna excepción, y eso significa también que hay silencios que se ve que ocultan historias tristes detrás.
Uno de los autores de los que no habla bien es
Roald Dahl, cuyo comportamiento exigente e irrespetuoso con las personas de la editorial provocó que nadie quisiese trabajar con él, por lo que le acabó despidiendo, un acto estúpido desde el punto de vista de las ganancias pero que lo convirtió en un héroe ante los empleados de Knopf.
Otro de los autores que promovió desde el manuscrito de su primera novela,
La amenaza de Andrómeda, fue
Michael Crichton. De él dice que tenía una formación científica sólida, un gran olfato para estar a la última, que tenía grandes ideas pero, al principio, una escritura desastrosa, que le ayudaron a pulir en la editorial, y fueron llegando después sus mejores novelas, como
Parque Jurásico. Y aquí Gottlieb indica que el público sabe bien que autores como Stephen King, o John Grisham, o Michael Crichton en
tecnothriller «son los mejores en lo que hacen».
Gottlieb estuvo siempre muy interesado en el mundo de la danza y, al final de su vida, su gran ocupación e interés fue el
New York City Ballet. Al hablar de él está uno de esos párrafos donde se aprecia que hay muchas cosas que no ha contado del mundo editorial: «Uno de los motivos por los que vivir en el mundo de la danza me genera tanto placer es que hay muy pocas gilipolleces conectadas a él (en contraposición con el mundo del teatro). Los bailarines conocen la partitura. Se ven cada día en los espejos del estudio, no como un acto narcisista sino para identificar defectos y debilidades; saber mejor que tú si cierta actuación es deficiente; y saben cuándo su técnica comienza a debilitarse tras un parón largo o incluso unos días sin recibir lecciones. Ni un montón de halagos pueden oscurecer esas realidades».
Michael Korda.
Editar la vida. Mitos y realidades de la industria del libro
(Another Life: A Memoir of Other People, 2000). Barcelona: Random House
Mondadori, 2005; 377 pp.; trad. de Fernando González Téllez; ISBN:
84-8306-618-1.
Robert Gottlieb.
Lector voraz (Avid Reader. A Life, 2016). Barcelona: Navona, 2018; 419 pp.; trad. de Ainize Salaberri; prólogo de Javier Aparicio Maydeu; ISBN: 978-84-17181-47-5.