miércoles, 30 de diciembre de 2020

'Un hombre al margen', de Alexandre Postel

Un hombre al margen, de Alexandre Postel, es una novela extraordinaria, premio Goncourt. Su protagonista es un oscuro profesor de una universidad provinciana, Damien North, viudo, sin hijos, nieto de un prestigioso político ya fallecido. La novela comienza cuando es detenido porque todos los indicios apuntan a que ha descargado fotografías de una red pedófila en su ordenador. Eso le conduce a interrogatorios humillantes, a ser insultado desde la prensa, a que le abandonen a su suerte sus vecinos, colegas y su propio hermano. Además, su abogado le dice que le conviene declararse culpable para que la pena que le caiga sea menor, cosa que hace. Pasa luego un tiempo en la cárcel y es una de las personas elegidas para un programa piloto que desea prevenir la reincidencia en ese tipo de delitos cuando el condenado salga de nuevo a la calle.

Novela tan bien construida y tan bien contada que resulta, sobre todo en su primera parte, muy desasosegante: resulta facilísimo pensar en que algo así le puede ocurrir a cualquiera. Se retratan de modo admirable los comportamientos de las autoridades de todo tipo —policial, judicial, académica, política, periodística, médica—. También, diría que con una honradez inesperada en las ficciones actuales (en las de nuestro entorno al menos), se critica con acierto la hipocresía del representante del movimiento gay en la universidad donde trabaja el protagonista. Este queda bien descrito como un hombre sin recursos, ni personales ni de amistades, para poder enfrentarse a todo lo que se le viene encima. Cuando está en la cárcel escribe algunas reflexiones y, entre otras, hace la siguiente: «El hombre los tiempos prehistóricos no dejaba tras de sí archivos, sino una plétora de rastros. Yo no dejo rastro alguno, por así decirlo, pero sí una plétora de archivos. Él y yo nos parecemos en que ni él ni yo tenemos control de lo que vamos dejando detrás. Lo que nos convierte en presas».

Alexandre Postel. Un hombre al margen (Un homme effacé, 2013). Madrid: Nórdica, 2014; 213 pp.; trad. de María Teresa Gallego Urrutia; ISBN: 978-84-15717-85-0.

martes, 22 de diciembre de 2020

'Perros perdidos sin collar', de Gilbert Cesbron

Perros perdidos sin collar, de Gilbert Cesbron, fue una novela que tuvo un gran éxito en los años cincuenta y sesenta: vendió varios millones de ejemplares. Ambientada en la Francia posterior a la segunda Guerra Mundial, presenta las vidas de unos niños huérfanos, o pertenecientes a familias que viven en condiciones miserables, a veces delincuentes, y de las personas que los tutelan: jueces, médicos, policías, asistentes sociales, cuidadores de los orfanatos. Los principales protagonistas, aunque son muchos los personajes, son un niño huérfano llamado Alain Robert, un chico algo mayor llamado Marco Forgeot al que mandan a vivir lejos de sus padres, y, entre todos los adultos, el juez Lamy, del Tribunal de Menores.

La narración es una sucesión de incidentes e interrogatorios: envío de Alain y de Marco a un correccional en Terneray; sucesos de distinto tipo allí; escapadas de algunos por varias razones; escenas en las se nos dan a conocer los mundos interiores de los chicos; conversaciones de toda clase entre unos y otros. Se ponen de manifiesto las preocupaciones de los adultos que tratan con esos niños: se mueven con espíritu cristiano, tienen grandes deseos de ayudarles, una fuerte conciencia de lo poco que pueden hacer y de la importancia de lo que hacen. Afrontan sus deberes con abnegación ejemplar y espíritu dolorido: así, del inspector Marcelo se nos dice que «era un policía cristiano: tenía pocas posibilidades de éxito y ninguna de ser dichoso».

La novela está bien escrita pero no es fácil de leer para todos: el realismo periodístico con el que se describen los ambientes y la misma crudeza de los hechos contribuyen a que todo suene antiguo; el relato no tiene un hilo que tire del lector y está centrado no tanto en lo que ocurre como en los sufrimientos de todos; el tono enfático con el que se subrayan algunas cosas puede alejar a otros lectores. Sin embargo, es una novela poderosa, de las que dejan una fuerte impresión de sinceridad y honradez, de las que se ve que han sido construidas para conmover pero sin falsas trampas emocionales. También queda claro que el autor procura ser ecuánime a la hora de hablar del sufrimiento de los más pobres y a la hora de combatir las actitudes de superioridad de los que no tienen problemas y se consideran autorizados a juzgar a los otros.

El juez Lamy, al final, resume su modo de actuar en algunos consejos que transmite a quien le sustituirá en el Tribunal de Menores: «Juzgue usted siempre al niño por lo que es y no por lo que ha hecho»; «tenga usted paciencia para resolver los casos uno por uno»; «dé la sensación siempre de mirar por el niño: ¡respete hasta su vanidad! ¡Siente tal necesidad de crecer! Y no se crece sin romper la cáscara. No diga usted nunca: ¡Éste merece salvarse...! Todos tienen derecho a ello; ¡y usted tiene el deber de salvarlos a todos, uno por uno...! ¡Hacen el mal, pero sueñan con el bien... esté usted seguro!».

Gilbert Cesbron. Perros perdidos sin collar (Chiens perdus sans collier, 1953). Madrid: Encuentro, 2015; 293 pp.; col. Literatura; trad. de María Barbeito y Cerviño; ISBN: 978-84-9055-078-6.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

'Nudo de víboras', de François Mauriac

Nudo de víboras, de François Mauriac, es una larga carta que Louis, un abogado prestigioso, empieza dirigiendo a su mujer, Isa. En la primera parte repasa su vida —sus padres, su enamoramiento de Isa, sus tristes y distantes relaciones posteriores, su escaso apego a sus hijos, etc.—, poniendo de manifiesto todo el rencor acumulado y acariciando sus planes para dejarles, a sus hijos y nietos, lo mínimo posible de su gran fortuna. La primera parte termina cuando decide abandonar su casa por sorpresa, sin que lo sepa su familia, y marcharse a París, con la intención de resolver allí cómo disponer su herencia en favor de un hijo ilegítimo al que no conocía.

Narrativamente la obra está cuidada y conseguida. La doble intriga, la externa de saber qué ocurrirá con la herencia del protagonista, y la interna sobre cuál será el resultado de su feroz autoexamen, tiran con fuerza del lector. A la larga carta de Louis, que termina con una palabra decisiva truncada, se le añaden dos clarificadoras cartas más, una de su hijo comentando la carta de su padre, y otra de una nieta a su tío reclamándosela para leerla. Como suele ocurrir con este tipo de novelas, el contenido está bien armado para conducir los acontecimientos y las reflexiones hacia un final y unas conclusiones que, por supuesto, son posibles, pero a los que también cabría reprochar su artificiosidad.

El gran conflicto del protagonista está en su propia increencia —«he tardado sesenta años en componer este viejo que se muere de odio. … ¡Oh! Dios, Dios… ¡Si existieras!»—, que se alimenta también de su rechazo a la que le parece una religiosidad hueca, la de su mujer y sus hijos. El título del libro está tomado de unas lúcidas palabras suyas: «Conozco mi corazón, este corazón, este nudo de víboras: asfixiado por ellas, saturado de su veneno, sigue latiendo por debajo de este hormigueo. Este nudo de víboras que es imposible deshacer, que habría que cortar de un tajo con un cuchillo, con una espada: “No he venido a traer la paz sino la espada”».

Pero esa misma lucidez le hace ver su «fatal tendencia a simplificar a los demás» y constatar que, «a lo largo de medio siglo, no me había bastado con no conocer de mí más que lo que no era yo: había hecho otro tanto con los demás. Estaba fascinado por las miserables codicias que se reflejaban en los rostros de mis hijos», también ellos mismos otro nudo de víboras.

François Mauriac. Nudo de víboras (Noeud de vipères, 1932). Madrid: Homo Legens, 2007; 262 pp.; trad. de Almudena Montoro Picó; prólogo de Alejandro Caja; ISBN: 978-8493550615; en esta edición se contiene también el relato El beso al leproso (Le baiser au lépreux, 1922).

miércoles, 9 de diciembre de 2020

'Escenas de la vida parroquial', de George Eliot

Escenas de la vida parroquial contiene los tres primeros relatos de George Eliot: El triste destino del reverendo Amos Barton, La historia de amor del señor Gilfil, El arrepentimiento de Janet. Además, en un apéndice titulado «Cómo llegué a escribir relatos de ficción», habla de las dudas que le asaltaban al redactarlos, de lo que le decían sus conocidos, de cómo llegó a convencerse de su capacidad para ser novelista.

El primero tiene un argumento más directo que los otros dos y presenta unas dificultades de convivencia más cercanas a nosotros. El reverendo Amos Barton, un hombre bueno pero poco dotado para las relaciones sociales, tiene dificultades de aceptación en su parroquia y, sobre todo, sufre debido a la enfermedad grave de su mujer, Milly, una persona bondadosa y querida por todos. En el segundo relato el protagonista es el pastor Gilfil, unas décadas anterior a Amos Barton en la misma parroquia de Shepperton, y la historia cuenta cómo llegó a casarse con una desgraciada chica italiana, Caterina. En el tercero, que tiene lugar en la ciudad de Milby, asistimos a las tensiones «teológicas» y ciudadanas en torno al moderno reverendo Edgar Tryan, y a su influencia en Janet, la esposa de un hombre violento que ataca ferozmente a Tryan.

A George Eliot se la suele criticar por emplear su aguda ironía precisamente contra las mujeres —«¡Pobres corazones femeninos! Dios me libre de reírme de vosotros…»—, y por sus acentos de superioridad condescendiente cuando se refiere al mundo provinciano —en «el nivel intelectual de Shepperton es la repetición, no la novedad, lo que produce mayor efecto; y las frases, al igual que las melodías, tardan mucho tiempo en sentirse como en casa en el cerebro»—. Pero, sea como sea, sus observaciones al paso suelen ser pertinentes y certeras.

Por ejemplo: «Las distinciones sutiles son problemáticas. Es mucho más fácil decir que una cosa es negra que diferenciar el tono específico de marrón, azul o verde que realmente irradia. Es mucho más fácil decidir que tu vecino es un inútil que tratar de comprender unas circunstancias que le obligarían a uno a cambiar de opinión». O bien: «La calumnia puede derrotarse con la ecuanimidad; pero los pensamientos valientes no pagan la cuenta del panadero, y la fortaleza en ninguna parte se considera una moneda de curso legal para la carne». O esta otra: «Las emociones intensas gracias a las que la vida de un ser humano cambia de rumbo conquistan su victoria como lo hace el mar: aunque su avance sea seguro, a menudo, después de una ola más poderosa de lo habitual, parece retroceder hasta perder todo el recorrido ganado».

George Eliot. Escenas de la vida parroquial (Scenes of Clerical Life, 1858). Barcelona: Alba, 2013; 542 pp.; col. Alba Clásica; trad. de Marta Salís; ISBN: 978-84-8428-855-8.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

'Se llamaba Carolina', de José Jiménez Lozano

Se llamaba Carolina, de José Jiménez Lozano, se sitúa en un pueblo castellano poco después de terminada la Guerra civil española. Una compañía de artistas ambulantes prepara una representación de Hamlet y, por distintas razones, necesitan que actúen algunas personas del pueblo. En concreto, necesitan convencer a una joven maestra, Carolina, para que haga de Ofelia. La historia la narra uno de sus jóvenes alumnos y, al hilo de lo que va contando, surgen historias de amores y desamores en el pueblo que replican o recuerdan las de la obra de Shakespeare.

Igual que otros narradores de más novelas del autor, el de esta usa un tono coloquial y sencillo que, sin embargo, no le impide usar un vocabulario rico y hacer descripciones muy precisas. También, como es habitual en el autor, el modo expositivo conversacional puede hacer que muchos lectores no aprecien la enorme sofisticación narrativa de la novela ni su riqueza y profundidad. Tal como explica con brillantez el largo prefacio, «Se llamaba Carolina es un prodigio de arquitectura, de densidad semiótica, de gracia y armonía; es el típico texto literario que se lee más de una vez y que en cada lectura descubre relaciones y sentidos nuevos».

Pero, eso sí, conviene hacer caso a lo que se indica: es un «Prefacio para leer entre la primera y la segunda lectura de Se llamaba Carolina». Así que se recomienda mucho leer la novela antes de abordar el prefacio, igual que también conviene conocer antes Hamlet, al menos básicamente o, como en la representación que se hará en el pueblo, aunque sea con textos recortados. Tal como le dice un personaje a Carolina: «Se trata de que la gente se encariñe tanto con los personajes de la literatura como con los santos, aprenda su lenguaje, y pensemos todos luego lo que dicen. Son amistades imprescindibles para la alegría y la seriedad del vivir, y más ahora que los españoles nos acabamos de matar unos a otros, y tenemos que purificarnos con la vergüenza y el pesar de haberlo hecho».

José Jiménez Lozano. Se llamaba Carolina (2016). Madrid: Encuentro, 2016; 240 pp.; col. Literaria; prefacio de María del Camen Bobes Naves; ISBN: 978-8490551400.

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Cuentos, de Alexander Pushkin

Tiempo atrás, la lectura de Seis grandes escritores rusos me animó a buscar relatos cortos de Alexander Pushkin que no había leído: La dama de pique (1833), o La dama de picas en otras ediciones, una historia que abre camino a la novela psicológica, y los Cuentos del difunto Iván Petróvich Belkin (1831), cinco narraciones con una introducción en la que Pushkin finge ser el editor de los cuentos del tal Belkin, a quien, a su vez, se los contaron distintos narradores.

La excelente introducción explica que son relatos ceñidos al incidente que se narra, sin digresiones innecesarias y con una exposición sobria en la que no hay adornos ni didactismo alguno; que Pushkin suele caracterizar a sus personajes mostrando sus comportamientos y conduciendo los relatos al momento en el que se revela el carácter; que se podrían comparar con dibujos a pluma frente a los cuadros con más profundidad que lograría Gógol más tarde.

La dama de pique trata sobre un joven oficial de origen alemán que siempre observa jugar pero nunca juega, aunque un día le contaron las hazañas en la mesa de juego de una anciana condesa y se obsesiona con averiguar cómo lo hizo. Además, se enamora de la joven pupila de la condesa. Así que un día decide ir a ver a la anciana para pedirle que, antes de morir, le revele su secreto. Pero las cosas evolucionan de un modo inesperado.

Los Cuentos de Belkin son, después de la introductoria «Nota del editor», El disparo, La nevasca, El sepulturero, El maestro de postas, La señorita campesina. El disparo está centrado en un singular personaje llamado Silvio, jugador de cartas y extraordinario tirador, que acaba reclamando un duelo a un antiguo rival. La nevasca trata de una boda secreta, aparentemente frustrada por una gran nevada, y de cómo, pasado el tiempo, la novia vuelve a enamorarse y entonces sale a la luz lo que de verdad ocurrió entonces. El sepulturero es un tipo sombrío al que sus vecinos invitan a una cena, pero allí se siente ofendido y habla de organizar una cena con sus clientes…, que resultan ser los cadáveres que ha enterrado, nada satisfechos por cierto. En El maestro de postas el narrador habla de la hija del encargado de una casa de postas, a quien conoció en un viaje y de la que más adelante averiguó que se había ido de su casa y abandonado a su padre. La señorita campesina es una chica noble que, haciéndose pasar por aldeana, se tropieza con un vecino noble y ambos se van enamorando en encuentros sucesivos, pero ella no ve la manera de deshacer el enredo.

Menos los dos últimos los demás pueden calificarse de relatos de fantasía, bien porque contienen algún elemento de tipo más o menos sobrenatural, o bien porque sucede una casualidad asombrosa. Da idea del estilo directo de Pushkin, por ejemplo, el momento en el que, en La señorita campesina, el narrador indica que «por mi deseo, no dudaría en describir con todo detalle los encuentros de los dos jóvenes, la creciente inclinación mutua y confianza, sus ocupaciones y conversaciones; pero sé que la mayor parte de mis lectores no compartiría mi deleite. Estos pormenores por lo general resultan empalagosos, por tanto voy a omitirlos». Y, al final, termina del siguiente modo: «los lectores me excusarán de la innecesaria obligación de describir el desenlace».

Y un ejemplo de las muchas observaciones bienhumoradas que salpican las historias está en El maestro de postas, cuando el narrador habla de que se ha acostumbrado ya a que haya funcionarios o trabajadores que no lo atiendan a él, aunque tenga derecho, y siempre prefieran atender primero a la gente de clase alta: «En realidad, ¿qué sería de nosotros si en lugar de la regla comúnmente aceptada: las jerarquías deben respetarse, se introdujera otra, por ejemplo: la inteligencia debe respetarse? ¡Qué discusiones surgirían entonces! ¿Y a quién empezarían a servir los criados?»

Aleksandr Pushkin. Relatos contenidos en Narraciones completas. Barcelona: Alba, 2015; 568 pp.; col. Alba Minus; trad. e introducción de Amaya Lacasa; ISBN: 978-84-90651179.
Otra edición de La reina de picas en Madrid: Nevsky, 2016; 81 pp.; ilust. de Sandra Rilova; trad. de Marta Sánchez-Nieves; ISBN: 978-84-944555-5-1.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

'Historia del silencio', de Alain Corbin, y 'El secreto del silencio', de Rafael Gómez Pérez

Libros que pude leer durante los días del confinamiento: Historia del silencio, de Alain Corbin, y El secreto del silencio, de Rafael Gómez Pérez. 

Del primero aconsejo leer esta clara y completa reseña. Debo decir que no lo leí bien: tiene muchas referencias a escritores y pensadores franceses que no conozco bien y, por momentos, tuve la sensación (que se indica en la reseña citada) de que a veces el autor fuerza las reflexiones. Eso sí, el libro intenta ser completo, contiene muchas sugerencias valiosas y da pistas literarias que valdrá la pena seguir. Me gustaron especialmente los capítulos sobre la relación de la pintura con el silencio y las observaciones acerca de algunas obras literarias basadas en el silencio, como El silencio del mar, de Vercors, y La línea de sombra, de Joseph Conrad.

El secreto del silencio es una colección de reflexiones de grandes autores acerca del silencio, más asequible a todos, y creo que tan sugerentes como, aunque no tengan tanto relumbrón intelectual, las que llenan el libro de Alain Corbin. Pongo dos.

Una: «La soledad puede ser un bien o un mal. Es un mal la soledad obligada, en prisión, o la soledad resultante de la falta de familia y de amigos. Pero cuando la soledad es buscada libremente, lo que se pretende es “acompañar” a un silencio que se hace más denso y más rico. Montaigne escribió: "Encuentro más soportable estar siempre solo que no poder estarlo nunca". Por otro lado, hay una soledad congénita en el ser humano, que deriva de su individualidad. Los límites del cuerpo y de los pensamientos son también los límites de la propia soledad. Aunque el ser humano “es nacido”, muere siempre solo, por acompañado que esté. Mi dolor es solo mío, como también mi gozo. Podemos manifestarlos, pensar que lo compartimos, pero la vivencia es estrictamente personal. La estabilidad de carácter quiere decir que se está a gusto con uno mismo y que se sabe estar solo. Pascal, en los Pensamientos, quizá exagera, pero no demasiado, cuando escribe: "Todas las desgracias de los hombres proceden de una sola cosa, que es no saber estar solos, reposando tranquilamente en una habitación". La Bruyére dijo lo mismo poco después: "Todo nuestro mal proviene de no poder estar solos: de ahí el juego, el lujo, la disipación, el vino, las mujeres, la ignorancia, la maledicencia, la envidia, el olvido de sí mismo y de Dios". Hay un afán incontenido por salir, porque no se sabe estar en lo propio, alimentado de la propia intimidad. Salir equivale a escapar de uno mismo, con quien no se soporta estar».

Otra: «El silencio de Dios es el silencio ante la libertad humana, como ya había adelantado el Eclesiástés, 15, 14: "Desde el principio Dios creó al hombre y lo dejó en manos de su consejo". En el relato inicial del Génesis existe la prohibición de comer del árbol del bien y del mal, pero esa prohibición iba dirigida a la libertad, y prueba de eso es que pudo ser desobedecida. El silencio de Dios no es, por tanto, una ausencia, sino una presencia atenta a lo que el hombre decida».  

Alain Corbin. Historia del silencio (Histoire du silence, 2016). Barcelona: Acantilado, 2019; 152 pp.; trad. de Jordi Bayod Brau; ISBN: 978-8417346720.
Rafael Gómez Pérez. El secreto del silencio (2016). Madrid: Rialp, 2016; 96 pp.; col. Breves Rialp; ISBN: 978-8432146749.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

'El paso siguiente en el baile', de Tim Gautreaux


Esta gran reseña de José María Guelbenzu en Babelia me ahorra preparar un comentario sobre la que, sin duda y por el momento, es la mejor novela que he leído este año: El paso siguiente en el baile, de Tim Gautreaux. Otra reseña más, para quien desee más perspectivas, es la de Adolfo Torrecilla en su blog. 

El atractivo de la novela está en muchas cosas: en su lenguaje perfecto, en la fluidez y naturalidad con la que suceden las cosas, en la personalidad tan bien atrapada de los protagonistas, en la emoción que desprende la relación tensa entre ellos, en la intensidad de algunas escenas, en el magnífico desenlace. 

Otro motivo de interés para leerla es el de comprobar cómo hay norteamericanos tan distintos a los que retrata en sus relatos Richard Ford, entre otros buenos escritores. De Gautreaux son también excelentes sus relatos cortos reunidos en El mismo sitio, las mismas cosas, reseñados aquí y aquí.

Tim Gautreaux. El paso siguiente en el baile (The next step in the dance, 1999). Madrid: La Huerta Grande, 2019; 454 pp.; col. Las Hespérides; trad. José Gabriel Rodríguez Pazos; ISBN: 978-8417118594.
Tim Gautreaux. El mismo sitio, las mismas cosas (Same Place, Same Things, 1996). Madrid: La Huerta Grande, 2018; 302 pp.; trad. de José Gabriel Rodríguez Pazos; ISBN: 978-8417118112.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

'Hazlo tan bien que no puedan ignorarte' y 'Enfócate', de Cal Newport

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Hace tiempo leí, y me gustó, Hazlo tan bien que no puedan ignorarte, de Cal Newport, un libro subtitulado «por qué ser competente importa más que la pasión para alcanzar el trabajo de tus sueños».

En un comentario que hice indiqué cuatro cosas. Una, que varias personas en las que se fija el autor para llegar a sus conclusiones —el inevitable Steve Jobs y otros— pueden no resultar representativas para muchos, aunque los planteamientos que hace sí que son aplicables en muchísimos casos, por ejemplo a cualquiera que esté realizando sus estudios. Dos, que el comienzo es engañoso y puede hacer pensar que estamos ante un libro más de consejos impracticables, pero luego no es así. Tres, que el autor estructura lo que quiere decir en cuatro capítulos que son cuatro reglas formuladas provocativamente: «no sigas tus sueños», «hazlo tan bien que no puedan ignorarte» (o la importancia de cultivar continua y exigentemente las propias habilidades), «rechaza un ascenso» (o la importancia de mantener el control sobre lo que uno hace), «piensa en pequeño, actúa a lo grande» (o la importancia de la misión, de tener objetivos altos). Cuatro, la importancia que da el autor al concepto del «entrenamiento deliberado»: que lo que determina la excelencia es una práctica deliberada de las destrezas que ha de ir mucho más allá de la comodidad y que ha de afrontarse con la disposición de someterse a críticas constantes. En definitiva, que «una vida laboral satisfactoria es una experiencia más sutil» de lo que tantas fantasías en circulación hacen suponer, que «trabajar bien importa más que tener un buen trabajo» y que, al final, lo más importante siempre es encarar mejor el trabajo que ya tienes.

Del mismo autor he leído Enfócate: consejos para alcanzar el éxito en un mundo disperso, mal título, en mi opinión: aunque la palabra «éxito» venda más que otras mejor sería poner el acento, tal como hace luego el libro, en trabajar bien. De hecho, el autor dirá que su libro trata sobre la importancia de cultivar los hábitos necesarios para poder trabajar de modo «profundo»: desea describir y proponer al lector «un programa riguroso para transformar su vida profesional de tal forma que se centre en la profundidad». 

No pretendo comentarlo sino, simplemente, señalar que hace observaciones valiosas y contiene sugerencias prácticas útiles, y reunir aquí unas citas: 

—«Si usted quiere ganar la guerra de la atención, no trate de decirles no a las distracciones triviales que encontramos en el batiburrillo de la información; trate de decirle sí al tema que lo atrae terriblemente y permita que este invada todo lo demás».

—«Muchas personas suponen que pueden pasar de un estado de distracción a uno de concentración según lo necesiten, pero (…) esta suposición es optimista. Cuando nuestro cerebro está cableado para la distracción, la sigue buscando afanosamente».

—«La práctica contribuye a fortalecer los músculos de la resistencia a la distracción, pues lo obliga a uno a redirigir repetidamente la atención hacia un problema bien definido; también contribuye a profundizar la concentración, pues obliga a ir a lo profundo de un solo problema».

—«Comprometerse con el trabajo profundo no implica una postura moral ni es una declaración filosófica. Es, eso sí, un reconocimiento pragmático de que la capacidad para concentrarnos es una destreza que permite hacer cosas valiosas» y, para eso, es imprescindible ser respetuoso con el propio tiempo.

Cal Newport. Hazlo tan bien que no puedan ignorarte (So Good They Can’t Ignore You. Why Skills Trump Passion in the Quest for Work You Love, 2012). Madrid: Asertos, 2017; 240 pp.; trad. de Diego Pereda; ISBN: 978-84-944631-3-6.
Cal Newport. Enfócate: consejos para alcanzar el éxito en un mundo disperso (Deep Work: Rules for Focused Success in a Distracted World, 2016). Buenos Aires: Paidós, 2016; 296 pp.; col. Empresa; trad. de María Mercedes Correa; ISBN: 978-6077473428.

miércoles, 28 de octubre de 2020

'Bajo cielos inmensos', de A. B. Guthrie

Bajo cielos inmensos, de Alfred Bertram Guthrie, es una novela cuyo protagonista es uno de los llamados  «mountain men», o tramperos, de los que hubo varios miles en los territorios del Oeste de Norteamérica durante las primeras décadas del siglo XIX, fueron cazadores expertos, vendedores de pieles, exploradores también, cuya relación con los indios era en ocasiones amistosa y a veces conflictiva. 

Se ambienta en Montana, en los años 30, y su protagonista es Boone Caudill, un chico de diecisiete años que, después de una violenta pelea con su padre, huye de su granja de Kentucky. Su intención es ir al encuentro de su tío Zeb Calloway, un «mountain man». En el camino, Boone se hace amigo de otro chico, Jim Deakins, que acaba uniéndose a él. Ambos terminarán trabajando para un traficante de pieles que desea llegar, remontando el río Missouri en una barcaza, a los territorios de los Pies Negros para comerciar con ellos. Viajarán con un experto cazador llamado Dick Summers, que se convierte en su modelo y mentor, y con una chica india muy joven, que primero huirá y a la que, más adelante, Boone buscará para que sea su mujer. 

La novela se centra en el aprendizaje de Boone, un chico de grandes cualidades para la caza y para la lucha, pero de temperamento tumultuoso a quien con frecuencia tienen que intentar frenar sus amigos: «Disparando a los búfalos, o atrapando castores, o luchando contra osos, Boone era tan bueno como el que más, pero con la gente era distinto. No sabía contar chistes, ni soltar o encajar bromas, ni ver las cosas desde distintos puntos de vista, ni buscar diversión en lugar de problemas. Lo único que sabía era tirar hacia delante. En ocasiones, cuando estaba a punto de meterse en algún lío por no pararse a pensar, una pequeña frase, dicha como de pasada, le hacía recobrar el sentido y lo calmaba, o al menos lo contenía. Jim suponía que Boone estaba agradecido, como lo estaría un chico que carecía de las palabras para decirlo».

Igual que dije al comentar otras novelas del Oeste, esta también tiene interés para quienes disfrutamos con ellas. Está considerada una de las mejores, por supuesto de su autor pero también del género, pues está bien escrita, la historia y los personajes tienen fuerza, y la reconstrucción de ambientes y costumbres está cuidada. Ahora bien, quienes no tengan tanto afán por este tipo de historias deben saber que se puede hacer larga, que abundan las escenas de gran violencia, y que no es nada fácil empatizar con un héroe cuyo comportamiento se hace cada vez más bronco.

A. B. Guthrie, Jr. Bajo cielos inmensos (The Big Sky, 1947). Madrid: Valdemar, 2014; 528 pp.; col. Frontera; trad. de Marta Lila Murillo; ISBN: 978-8477027737.

jueves, 22 de octubre de 2020

'Editar la vida', de Michael Korda, y 'Lector voraz', de Robert Gottlieb

Después de comentar la biografía de Max Perkins y las memorias de Bennett Cerf, pongo ahora un comentario a las memorias de Michael Korda (1933-), editor de Simon & Schuster durante la segunda mitad del siglo XX, y, brevemente, también a las de Robert Gottlieb (1931-), que entró a trabajar también en Simon & Shuster en 1955, fue editor jefe en 1965, se trasladó tres años después a Alfred A. Knopf y, tiempo adelante, fue editor del The New Yorker.

En Editar la vida. Mitos y realidades de la industria del libro, Korda habla de su aprendizaje primero y de su trabajo como editor de libros de toda clase después; explica los cambios que se dieron en la industria editorial a lo largo de cinco décadas; comenta las grandes diferencias entre unos y otros aspectos de su trabajo —leer manuscritos y editarlos, una profesión, y publicarlos y promocionarlos, un negocio—; y, sobre todo, rememora incidentes, unos relacionados con la publicación de libros y otros debidos a su trato con colegas, o escritores profesionales, o escritores ocasionales como algunas estrellas cinematográficas o presidentes como Nixon o Reagan.

Cuenta jugosas anécdotas ajenas y propias. Entre las ajenas una es cuando dice que, a veces, llega un manuscrito inesperado en el momento más inesperado: «Todos en el mundo editorial saben que si el editor de Macmillan no hubiera tenido un resfriado mientras visitaba Atlanta, no habría permanecido en cama leyendo el voluminoso manuscrito que una mujer le había entregado en el vestíbulo del hotel, y que más tarde se convertiría, después de mucho trabajo de edición y de cambiarle el título, en Lo que el viento se llevó. Los milagros existen». Otra es la de que hubo editores norteamericanos que rechazaron publicar La colina de Watership, de Richard Adams, durante años: nadie creía que una larga novela sobre conejos, contada desde el punto de vista del conejo, podría funcionar en EE.UU.; quienes lo habían leído pensaban que podría funcionar si se recortaba drásticamente o si se reescribía como libro infantil. «Esta forma particular de ceguera no es poco común», dice Korda.

Entre las propias tal vez la mejor sea la que ocurrió cuando a su editorial le ofrecieron el libro de memorias de Albert Speer, y Korda intentaba convencer al propietario y editor, Max Schuster, de que lo aceptaran porque, al margen de otras consideraciones, en sí mismo, e incluso leyéndolo sólo como testimonio, era un libro extraordinario. El editor escuchó atentamente sus argumentos y asintió: le dijo que estaba en lo cierto y que no tenía dudas de que el libro sería un best-seller. Pero añadió: «Sólo hay un problema. No quiero ver el nombre de Albert Speer y el mío en el mismo libro». Años más tarde, Korda usaría el mismo argumento para un libro de Louis Farrakhan. Como diría después otro de sus colegas: «una editorial tiene la obligación de creer en la Primera Enmienda pero no tiene la obligación de publicar todo lo que se le envía».

En relación al trabajo como editor Korda rememora cómo fue aprendiendo de sus colegas distintas cosas: de uno, «la importancia del entusiasmo y la imaginación»; de otro, «la importancia de poner atención a los pequeños detalles y a trabajar con ahínco durante largas horas en manuscritos que no proporcionan ninguna satisfacción».

Explica cómo «quienes saben de verdad de edición constituyen una curiosa combinación de animador con conocedor de historias, saben arreglar una prosa deficiente, inventar un final dramático para una escena (en lugar del primero que se les ocurra), o mostrarse despiadados al cortar el texto. Son la clase de personas que no dudan en desafiar al autor en un intento de conseguir que el libro funcione de la mejor manera, o de la manera en que supuestamente debería hacerlo, y que en ocasiones es capaz de adivinar lo que un autor intentaba hacer y mostrarle cómo hacerlo».

Señala que, «para un auténtico editor, reducir un manuscrito de setecientas páginas a cuatrocientas, inventar un nuevo título, recombinar los capítulos para darle al libro un comienzo increíble y un final sorprendente, resulta un reto cotidiano, como para un cirujano una operación difícil. Los editores de verdad, si son buenos, también saben dejar las cosas como están, lo que es aún más importante. “Si está bien, no lo toques”, podría ser la primera regla de nuestro juramento, si tuviéramos uno».

Al mismo tiempo, también hace notar que un editor muchas veces no sabe qué ocurrirá con los libros que publica: «La única manera de saber si un libro se venderá es publicándolo». Además, indica en otro lugar, «quizá el mayor milagro en la industria editorial sea la forma en que, cuando se le da la oportunidad, el público se lleva a casa un buen libro de un autor desconocido y lo convierte en un sorpresivo best-seller (a menudo el editor es el más sorprendido de todos)».

En Lector voraz, Robert Gottlieb cuenta su vida: es un libro que también da muchos pormenores del mundo editorial norteamericano en las décadas centrales del siglo y cuenta jugosas anécdotas de autores y de la edición de libros famosos. No me atrajo tanto como el de Korda —de quien fue compañero— tal vez porque se nota más en él una clara intención de tratar a todo el mundo amablemente, con alguna excepción, y eso significa también que hay silencios que se ve que ocultan historias tristes detrás.

Uno de los autores de los que no habla bien es Roald Dahl, cuyo comportamiento exigente e irrespetuoso con las personas de la editorial provocó que nadie quisiese trabajar con él, por lo que le acabó despidiendo, un acto estúpido desde el punto de vista de las ganancias pero que lo convirtió en un héroe ante los empleados de Knopf.

Otro de los autores que promovió desde el manuscrito de su primera novela, La amenaza de Andrómeda, fue Michael Crichton. De él dice que tenía una formación científica sólida, un gran olfato para estar a la última, que tenía grandes ideas pero, al principio, una escritura desastrosa, que le ayudaron a pulir en la editorial, y fueron llegando después sus mejores novelas, como Parque Jurásico. Y aquí Gottlieb indica que el público sabe bien que autores como Stephen King, o John Grisham, o Michael Crichton en tecnothriller «son los mejores en lo que hacen».

Gottlieb estuvo siempre muy interesado en el mundo de la danza y, al final de su vida, su gran ocupación e interés fue el New York City Ballet. Al hablar de él está uno de esos párrafos donde se aprecia que hay muchas cosas que no ha contado del mundo editorial: «Uno de los motivos por los que vivir en el mundo de la danza me genera tanto placer es que hay muy pocas gilipolleces conectadas a él (en contraposición con el mundo del teatro). Los bailarines conocen la partitura. Se ven cada día en los espejos del estudio, no como un acto narcisista sino para identificar defectos y debilidades; saber mejor que tú si cierta actuación es deficiente; y saben cuándo su técnica comienza a debilitarse tras un parón largo o incluso unos días sin recibir lecciones. Ni un montón de halagos pueden oscurecer esas realidades».

Michael Korda. Editar la vida. Mitos y realidades de la industria del libro (Another Life: A Memoir of Other People, 2000). Barcelona: Random House Mondadori, 2005; 377 pp.; trad. de Fernando González Téllez; ISBN: 84-8306-618-1.
Robert Gottlieb. Lector voraz (Avid Reader. A Life, 2016). Barcelona: Navona, 2018; 419 pp.; trad. de Ainize Salaberri; prólogo de Javier Aparicio Maydeu; ISBN: 978-84-17181-47-5.

jueves, 15 de octubre de 2020

'Llamémosla Random House', de Bennett Cerf

Bennett Cerf (1898-1971) entró en el negocio editorial en 1925 y fundó Random House en 1927, empresa de la que fue propietario y presidente hasta poco tiempo antes de fallecer. Había empezado a preparar sus memorias pero falleció repentinamente por lo que fueron su esposa y su principal editor, Albert Erskine, quienes prepararon este libro, Llamémosla Random House, a partir de sus notas y de las entrevistas que había concedido. La historia de sus peripecias profesionales se cuenta cronológicamente aunque algunos capítulos se dedican a determinadas cuestiones —compras o absorciones de otras editoriales, ideas de negocio que salieron especialmente bien, etc. — o a sus relaciones con autores más importantes o con los que llegó a tratar más íntimamente —como William Faulkner o James Michener, escritores que, dice Cerf, confían en el editor y por tanto el editor se vuelca con ellos—.

El libro está repleto de anécdotas pues Cerf era una persona bromista y extrovertida, con muchas relaciones con el mundo del espectáculo —era juez habitual de la elección de Miss América, fue un gran amigo de Frank Sinatra, participaba de modo habitual en un show televisivo…—. Habla de por qué publicó, o por qué no lo hizo, algunos libros controvertidos, igual que cuenta sucedidos con otros editores y muchos escritores, casi siempre con acentos amables y positivos. Son reveladoras —también por lo atrás que se han quedado…— algunas opiniones que tenía sobre su negocio al final de su andadura profesional, como la de que «la gente no lee ficción como antes, tal vez porque la vida misma es muy emocionante. La ficción hoy no puede competir con la primera plana de un periódico». Pero lo más interesante, sin duda, está en cómo su historia deja constancia de la evolución y el crecimiento de la industria editorial en las décadas centrales del siglo XX.

Por ejemplo (y en relación a mis intereses particulares), Cerf cuenta que descubrió la literatura infantil cuando tuvo dos hijos y se propuso contarles cuentos y darles libros, y gracias también a su esposa Phillis, que fue quien impulsó una nueva colección, que también constituyó como una empresa independiente al principio, llamada Begginer Books. Esta colección, un éxito arrollador, comenzó con El gato garabato, del Dr. Seuss, autor que había publicado ya varios libros en la editorial pero que, con este, consiguió uno de los relatos más vendidos de la historia.

Más adelante comenzaron otras colecciones, por edades, y fue uno de los hijos de Cerf quien le sugirió que los libros de las colecciones debían ir numerados porque, así, aquellos lectores a los que les había gustado ese libro sabían que podían encontrar más del mismo tipo. O, por ejemplo, dos ideas que fueron una gran lotería, en palabras del mismo Cerf, fueron los All About Books, los libros que hablaban de «todo sobre el tiempo», «todo sobre las estrellas», etc., muy impulsados por el consumo cada vez mayor de la televisión entre los niños; o los Landmark Books, que pensó cuando quiso comprarle a su hijo de siete años, en 1948, libros sobre historia de los EE.UU. y vio que no había ninguno apropiado en las librerías, por lo que puso en marcha una colección compuesta por libros que trataban, cada uno, un episodio importante de la historia de los EE.UU.

Bennett Cerf. Llamémosla Random House. Memorias de Bennett Cerf (At Random. The Reminiscences of Bennett Cerf, 1977). Madrid: Trama, 2013; 270 pp.; col. Tipos móviles; trad. de Íñigo García Ureta; ISBN: 978-84-92755-90-5.

jueves, 8 de octubre de 2020

'Max Perkins', de A. Scott Berg

La biografía del editor Max Perkins (1884-1947), de A. Scott Berg, es un libro importante para quienes conozcan o deseen conocer una parte de la historia de la literatura norteamericana del siglo XX. El libro cuenta la vida de Perkins pero se centra, sobre todo, en su trabajo como editor de Scribner’s desde 1910 hasta su muerte, y, en particular, en las relaciones que sostuvo con sus tres escritores más importantes: Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway y Thomas Wolfe. No sé cómo es la edición original pero a la española, que tiene una buena traduccón, le faltan un índice onomástico, una revisión para quitarle las erratas, y notas al pie para señalar de qué libros, de los muchísimos que se van citando, hay edición en España.

El autor no da muchos pormenores de la vida de Perkins pues fue una persona de hábitos constantes, un buen padre para sus hijas y un esposo fiel aunque poco atento, pues estuvo siempre centrado en su trabajo hasta el exceso. Se comentan sus pequeñas rutinas y particularidades, por ejemplo que tuvo por norma, desde un incidente de su infancia, «no rechazar jamás una responsabilidad»; que llevaba sombrero siempre; que su libro favorito era Guerra y Paz, al que recurría en momentos de inquietud —«siempre encuentro consuelo en Guerra y pas en tiempos turbulentos»—, que incluso se lo leía en alto a sus hijas, y del que regalaba ejemplares con frecuencia.

En su trabajo como editor estaba continuamente buscando nuevas voces; tenía un talento particular para dar continuos ánimos y elogios a los escritores, para insistirles en la necesidad de trabajar de modo perseverante, y para señalarles también las mejoras que deberían introducir en sus obras. Analizaba con cuidado los manuscritos, identificaba las deficiencias y los fallos estructurales que había que corregir, hacía sugerencias e indicaba posibles soluciones. Sobre todo, el biógrafo señala que tenía tanto la capacidad de ver más allá de los desaciertos del libro que le enviaban, como la tenacidad para conseguir transformarlo hasta que fuera lo mejor que podía llegar a ser.

Es destacable la cortesía y lealtad con la que siempre trató a los escritores que publicaban con él, algunos con un altísimo concepto de sí mismos. Al respecto, se cuenta una anécdota de Hemingway, que abordó a un crítico suyo en una cena, y le dijo: «¿sabes lo que más me gustó de tu ensayo [sobre mí]? Las citas que usaste. Hasta entonces no me había dado cuenta de lo buenas que eran». En una carta a Scott Fitzgerald, Perkins le decía que «somos absolutamente fieles a nuestros autores, y les apoyamos lealmente, aunque se enfrenten a pérdidas durante largos periodos, cuando creemos en sus cualidades y en ellos». Ese comportamiento dio lugar a unas relaciones muy estrechas con algunos, sobre todo con Thomas Wolfe. De hecho, su dedicación a él y a otros le movió a no hacerse cargo de las obras de un Henry Roth, pues se daba cuenta de que no tendría tiempo para los problemas que le daría un libro como Llámalo sueño.

En su momento prolongué este comentario con otros acerca de la relación de Perkins con Scott Fitzgerald, la que tuvo con Hemingway y Thomas Wolfe, y la que tuvo con Marjorie Kinnan Rawlings (entre otros muchos escritores)

A. Scott Berg. Max Perkins. El editor de libros (Max Perkins: Editor of Genius, 1978). Madrid: Rialp, 2016; 579 pp.; col. Biografías y testimonios; trad. de David Cerdá; ISBN: 978-84-321-4730-2.

jueves, 1 de octubre de 2020

'La familia Karnowsky', de Israel Yeshoshua Singer

La familia Karnowsky, de Israel Yeshoshua Singer, es una novela semejante a Los hermanos Ashkenazi, en su planteamiento —si allí se hablaba de tres generaciones de una familia en Lodz a finales del XIX y principio del XX, aquí presenta tres generaciones de una familia judía en Berlín durante las primeras décadas del siglo XX—, en los temas que trata —choques entre padres e hijos, tensiones entre familias judías debidas unas a la posición social y otras a los modos de afrontar las relaciones con la sociedad en la que viven—, y en la forma de reorientar al final las vidas de sus héroes hacia un mayor entendimiento de sus errores del pasado y una mayor benevolencia de unos hacia otros.

La novela comienza en Melnitz, Polonia. El rabino de la localidad choca con el recién casado David Karnowsky, seguidor de las doctrinas de Moshe Mendelsson, que proponía la asimilación entre los gentiles, por lo que Karnowsky decide marcharse a Berlín. Allí progresa en los negocios y crece su hijo Georg. Este acaba estudiando medicina, trabajando en una clínica prestigiosa y, contra los deseos de sus padres, casándose con una enfermera cristiana, por lo que su padre y él dejan de tener trato. Georg y su esposa Teresa tienen un hijo, Joachim Georg o Yegor, que también acabará enfrentado furiosamente con su padre. Se cuentan las relaciones de la familia Karnovsky con otras familias judías, que el ascenso del nazismo provoca humillaciones para los judíos cada vez más insoportables, y que muchas familias, como los Karnowsky, consiguen emigrar a los Estados Unidos.

Es importante tener en cuenta que Singer fecha su manuscrito en 1940-1941 y que la novela se publica en 1943: entre los personajes no se aprecian todavía las grandes dimensiones que acabará teniendo el exterminio nazi. Sí quedan muy bien dibujados los autoengaños de quienes piensan que, por alguna razón, ellos sí se librarán de las persecuciones que comienzan y que acabarán integrados en el Nuevo Orden que se proclama. Aunque lo que arma la historia son, sobre todo, los conflictos entre padres e hijos, son muchos los aspectos de interés de la narración. Por ejemplo, es un personaje secundario magnífico Salomon Burak, que pasa de ser buhonero a ser propietario de unos grandes almacenes, primero en Berlín y luego en Nueva York, donde vuelve a comenzar de cero cuando llega. Y son excelentes, por su viveza, las descripciones de vida callejera en los barrios judíos, en Alemania y en Estados Unidos.

Israel Yehoshúa Singer. La familia Karnowsky (Di mishpoje Carnovsky, 1943). Barcelona: Acantilado, 2017; 552 pp.; trad. del yiddish de Rhoda Henelde y Jacob Abecassis; ISBN: 978-84-16011-54-4.

jueves, 24 de septiembre de 2020

'Los hermanos Ashkenazi', de Israel Yeshohua Singer

En Los hermanos Ashkenazi, de Israel Yeshohua Singer —hermano mayor de Isaac Bashevis Singer—, se cuenta la vida de tres generaciones de una familia en la ciudad de Lodz, Polonia, en las décadas finales del siglo XIX y primeras del XX. Se centra, sobre todo, en Max Askhenazi, que reniega de su nombre y orígenes jasídicos para llegar a ser un poderoso industrial textil en Lodz y en San Petersburgo. Se hace una descripción excelente de la forma que tomó la revolución industrial en Polonia, de cómo fueron tomando auge los movimientos revolucionarios, y de cómo se incubaron y realizaron algunos pogromos. La novela termina con la muerte de Max, siendo ya mayor, cuando el comunismo está llegando al poder en Rusia.

El hilo argumental principal es la vida de Max, al que seguimos desde su nacimiento, en su niñez y juventud, en sus primeros pasos en los negocios, en su triunfo completo gracias a su comportamiento avispado y canallesco, hasta un final en el que reflexiona que «había vivido ciego, engañado», que «del mismo modo que en la antigüedad los judíos habían sacrificado a sus primogénitos al ídolo Moloch, él se había inmolado en el altar de la codicia, adorando al becerro de oro». Pero tal vez el interés mayor de la novela es lo que muestra de la época: del interior de las industrias, del funcionamiento de algunos negocios, de los prejuicios y valores de las familias judías de clase alta y de clase humilde, de la forma en que podían desencadenarse los altercados y las persecuciones contra los judíos, de cómo las protestas sociales alcanzaron el punto de ebullición que permitió el ascenso imparable del partido comunista.

Entre los grandes personajes secundarios que hay en la novela uno que destaca es el rabino Nuske, siempre absorbido con sus estudios y completamente despreocupado de las cosas materiales a pesar de la fortísima presión de su esposa: «La vida en la tierra no era más que un breve preludio, un vestíbulo que llevaba a la verdadera vida, y ¿qué importaba lo mísero que fuera un vestíbulo? No guardaba rencor a su esposa, pues sabía que las mujeres, inmersas en el mundo material, eran incapaces de ver lo esencial. Por lo tanto, aceptaba con paciencia todos sus insultos, sus muestras de desprecio y burla, sin responder ni una sola palabra, lo que la enfurecía aún más. —¡Di algo al menos, mentecato! —chillaba ella, histérica. ¿No ves que te estoy humillando? Él permanecía en silencio. Le parecía bien que su esposa lo humillara como castigo por los pecados en que se revolcaba y que con seguridad lo habían hecho merecedor de un lugar en la Gehena».

Otro es su hijo Nissan, que renegará de su judaísmo y se convertirá en un fanático revolucionario marxista: «Para Nissan, la lógica y profundidad de esa doctrina, su simplicidad y su construcción genial, parecían dar respuesta a todas las eternas preguntas. Guardaba su ejemplar de Das Kapital como un compañero inseparable y lo llevaba consigo a todas partes, del mismo modo que un judío devoto lleva su taled y sus filacterias. Y al igual que su padre, para quien la sabiduría de la Torá no debía servir únicamente para edificar el propio espíritu, sino que debía ser difundida entre todos, también Nissan entendía que su misión era divulgar la nueva Torá y ridiculizar y denigrar a quienes se negaban a reconocer la verdad que contenía».

Israel Yehoshua Singer. Los hermanos Ashkenazi (The Brothers Ashkenazi, 1936). Barcelona: Ediciones B, 2003; 646 pp.; col. Afluentes; trad. de Rhoda y Jacob Abecassis; ISBN: 978-8466611305. Nueva edición en Barcelona: Acantilado, 2017; 680 pp.; ISBN: 978-8416748464.

jueves, 17 de septiembre de 2020

'Los hijos', de Gay Talese

Los hijos es un libro de memorias familiares de Gay Talese. Es una gran narración en la que Talese habla, sobre todo, de sus abuelos y sus padres, pero también de algunos hermanos y primos más cercanos a sus padres. Se compone así un buen panorama de la vida que llevaron, tanto en su tierra de origen, Maida, Calabria, como en los países a los que fueron emigrando, Estados Unidos y Francia. La historia termina durante la segunda Guerra Mundial, con una escena de gran intensidad, cuando el narrador tiene unos doce años de edad y es un entusiasta enorme de las maquetas de aviones, y su padre, un sastre conocido en su ciudad de Ocean City, Nueva Jersey, recibe la noticia del trágico bombardeo aliado de Montecassino.

El autor desciende a muchos detalles en algunos casos —se ve que cuenta con material de primera mano, tanto recuerdos orales de sus familiares como documentos y diarios— y, según la situación lo requiere, también se detiene a explicar el contexto histórico del momento. Por supuesto, se centra más en las vidas de su padre y de su madre, aunque tiene mucha relevancia un primo de su padre, Antonio, que fue un sastre afamado en París. En una nota final Talese indica que tardó diez años en terminar su libro y que dedicó mucho tiempo «a entrevistas a gente en Europa y los Estados Unidos; a leer sobre la emigración italiana y sobre los gobiernos de los que huían los emigrantes». El resultado final es un fresco histórico muy ameno en el que, aparte de una gran abundancia de detalles de todo tipo, se trata bien el dolor profundo de la emigración, tanto entre quienes permanecen como entre quienes se van.

Además, las relaciones entre padres e hijos que son el tejido de la historia contienen muchos momentos inolvidables que a veces hacen eco unos en otros de generación en generación. Así, cuando el padre del autor, Joseph, que era un niño aún pero ya trabajaba en el taller de sastre de su abuelo, Domenico, este le riñó fuertemente:

«Joseph levantó la mirada y le interrumpió.

—Abuelo —suplicó—, ¡ha sido un error! ¡Ha sido el primer error grave que cometo! No he sido insubordinado. Simplemente no me he dado cuenta de que los pantalones estaban escondidos debajo de la tela que estaba cortando. Ha sido mi primer error después de muchas cosas buenas que he hecho y que nunca me has reconocido —ahora hablaba más fuerte, y aunque era consciente de que nunca se había mostrado tan directo con su abuelo, siguió con desesperación—: ¡Nunca estás contento! Nada de lo que hago es bastante bueno para ti. Siempre eres estricto y severo conmigo —ya sollozando, Joseph añadió—: Lo que pasa es que no me quieres...

Su abuelo permaneció en silencio. Esperó varios minutos a que Joseph dejara de llorar. Cuando habló, lo hizo con una voz totalmente desconocida.

—Te quiero —dijo con un tono más comprensivo de lo que Joseph había oído nunca—. Pero todavía no eres lo bastante mayor para comprender este amor. Confundes la crítica con la falta de amor. Pero es todo lo contrario. La gente que critica se preocupa por ti. Quieren que mejores. La gente a la que no le importas no tiene puestas grandes esperanzas en ti. Te aceptan como eres. Dejan que te relajes. Quieren que te conformes. Quien no te quiere —concluyó— te hará reír. Quien bien te quiere te hará llorar».

Gay Talese. Los hijos (Unto the sons, 1992). Barcelona: Debolsillo, 2016; 768 pp.; trad. de Damià Alou; ISBN: 978-8466332057.

jueves, 10 de septiembre de 2020

'Honrarás a tu padre', de Gay Talese

Honrarás a tu padre, de Gay Talese, es un largo relato-reportaje sobre la familia mafiosa Bonnano y fue el primer libro de no-ficción que habló seriamente sobre la mafia en los Estados Unidos. Es un libro que, dice su autor al final, «surgió del bochorno que sentía mi padre (nacido en Italia) ante el hecho de que los gánsteres con apellido italiano dominaran invariablemente los titulares y la mayor parte de los programas de televisión que trataban sobre el crimen organizado». Centra su atención, sobre todo, en Bill Bonnano, y comienza justo cuando secuestran a su padre, Joe Bonnano, el año 1964. A partir de ahí la narración va cambiando de tiempos, ambientes y enfoques para ir componiendo la historia de la familia Bonnano y sus relaciones con otras organizaciones del mismo tipo.

Las entrevistas que, durante años, el autor mantuvo con muchos de los personajes de su historia le permitieron reconstruir y luego contar con viveza muchos momentos de la vida familiar de los Bonnano, de las interioridades de las investigaciones y juicios, y de algunos incidentes violentos. Uno de los focos de la narración viene apuntado por el título: cómo eran las relaciones entre padres e hijos dentro de las familias Bonnano. Por ejemplo, se cuenta cómo los dos niños mayores de Bill, cuando tenían unos diez años, «aceptaban ahora el hecho de que su padre anduviera armado con la misma facilidad con que aceptaban que lo hicieran Hopalong Cassidy y los otros personajes de películas de vaqueros, detectives o soldados que veían a diario en televisión».

Otro de los focos apunta en una dirección inesperada: «si se comparaban con algunas de las publicitadas atrocidades cometidas por las tropas aliadas contra la población civil en el sudeste de Asia, o con las intrigas de la CIA, o las tácticas de los Boinas Verdes (quienes, en 1969, se deshicieron de un espía desleal amarrándolo con cadenas y llantas de neumáticos y arrojándolo a un río), las hazañas de la Mafia apenas parecían justificar la elaborada cobertura informativa que recibían. Cobertura que no recibirían de no ser por el factor mitológico» y, también, parece que desea decir Talese, por el interés del gobierno y de muchos en hacer que todos miren hacia otro lado. De hecho, los crímenes e ilegalidades de la policía para perseguir y llegar a condenar a Bill Bonnano se presentan como flagrantes.

Otra de las facetas que le interesa mostrar al autor es la gran diferencia que hay entre la percepción de la gente y la realidad de las vidas de tantos mafiosos. En un enorme párrafo con sólo un punto lo dice del siguiente modo:

«Cuando el ciudadano norteamericano común pensaba en la Mafia, por lo general se imaginaba escenas llenas de acción y violencia, de dramáticas intrigas y confabulaciones que valían millones de dólares, de limusinas negras e inmensas cuyas ruedas chirriaban al doblar las esquinas mientras las balas de las ametralladoras se regaban por el andén; ésa era la versión de Hollywood y aunque mucho de eso se basaba en la realidad, también era cierto que exageraba absurdamente esa misma realidad, omitiendo por completo la sensación que dominaba la existencia de la Mafia: una rutina de interminables esperas, tedio, escondites, exceso de cigarrillos, exceso de comida, falta de ejercicio físico, mientras pasaban la vida recostados en habitaciones con las cortinas cerradas y muriéndose de tedio al tiempo que trataban de mantenerse vivos. Con tanto tiempo entre las manos y tan poco que hacer con él, el típico mafioso tendía a volverse egocéntrico y obsesivo, a vivir pendiente de minucias que magnificaba, a reaccionar de manera desproporcionada ante cualquier ruido, dándole demasiadas vueltas a todo lo que se decía y se hacía a su alrededor, perdiendo la perspectiva del mundo que se extendía más allá de él y del pequeño lugar que ocupaba en ese panorama más amplio, pero consciente de todas maneras de la imagen exagerada que el mundo tenía de él».

Gay Talese. Honrarás a tu padre (Honor Thy Father, 1971). Barcelona: Debolsillo, 2016; 632 pp.; trad. de Patricia Torres; ISBN: 978-8466332040.

jueves, 3 de septiembre de 2020

'Las luminarias', de Eleanor Catton

Las luminarias, de Eleanor Catton, es una novela con una construcción narrativa meticulosa —argumento con una estructura circular; división en doce partes, cada una de la mitad de extensión que la previa; uso de los significados del zodiaco de una forma coherente sin que, por ese motivo, se lastre la lectura de quien no los conozca ni la cuestión le importe—, y un estilo limpio y cuidado —frases bien medidas, descripciones perfectas, precisión detallista en cualquier tema que se toque—.

1866, Hokitika, una joven ciudad con minas de oro en la costa oeste de la Isla Sur de Nueva Zelanda. Todo comienza cuando el recién llegado Walter Moody acaba en medio de una reunión secreta de doce prohombres de la ciudad que desean discutir algunos acontecimientos: la extraña muerte de un minero y el descubrimiento en su casa de unas grandes cantidades de oro de origen misterioso, la no menos sorprendente desaparición de otro minero rico y los también curiosos acontecimientos en torno a una prostituta. Se despliegan entonces los hechos tal como los han vivido cada uno de los personajes —aunque con intromisiones del narrador para, pongamos por caso, «reproducir la historia [del chino Sook Yongsheng] de una manera fiel a los acontecimientos que quería revelar, más que al estilo de su narración»— y se descubre que Moody también ha visto algo extraño en el barco en el que ha llegado a Hokitika. De un modo que cabría llamar teatral, esos y otros personajes van entrando y saliendo de escena y el relato una y otra vez va y viene entre el presente y el pasado.

Se puede leer la novela como un largo relato costumbrista o histórico, por lo que tiene de reconstrucción cuidadosa del ambiente propio de una ciudad enfebrecida como Hokitika: minas, buscadores, navieras, hombres de negocios, campañas electorales, políticos, establecimientos de distinto tipo, fumaderos de opio, traficantes… No faltan tampoco páginas dedicadas a personajes maoríes y chinos, que dan idea de sus formas de afrontar la vida y de relacionarse con los occidentales, ni reflexiones de cierto interés acerca de tanta gente que huye pues, dice uno, «si el hogar no puede ser el lugar de donde uno es, entonces es lo que uno hace del lugar al que va».

Se puede leer, también, como una novela folletinesca y policial de tipo puzle, al modo de los relatos del género que fabricaron Wilkie Collins y también Dickens. Esos y otros autores están en el fondo de la historia, que tiene mucho de pastiche y parodia de las novelas decimonónicas. En muchos momentos la narración avanza por medio de interrogaciones: «¿Qué había dicho Balfour unas horas antes? ¿”Una sarta de coincidencias no puede ser una coincidencia”? ¿Y qué era una coincidencia, pensó Moody, sino un momento detenido en una secuencia que todavía estaba sin explicar?».

Es extraordinariamente característico el narrador, exacto y nada dubitativo en sus apreciaciones. Por ejemplo, de un clérigo dice que algo típico suyo era «no atribuir una motivación precisa a los actos de dudosa integridad y que, por el contrario, prefiriese alimentar una especie de distraída confusión en torno a sus motivaciones consideradas como un todo». O bien, de otro personaje afirma que «conocía el poder latente de la oscuridad (poderoso, porque suscitaba la curiosidad ajena) y sabía elaborar muy buenas estrategias para ejercerlo, pero se esforzaba en mantener oculto ese talento».

O un comentario como este: «Observamos que uno de los grandes atributos de la discreción es que puede enmascarar todas las variedades más comunes y simples de la ignorancia, y si algo podía destacarse de Walter Moody era su extremada discreción». Del mismo personaje se asegura que tenía un defecto propio de gentes inteligentes: «tendía a considerar el don de su intelecto como una suerte de licencia cuya exclusiva autoridad le protegía, en toda circunstancia, de obrar mal. Consideraba que sus obligaciones morales eran de una modalidad completamente distinta a las de los hombres de menor categoría, y en consecuencia rara vez sentía vergüenza o escrúpulos, excepto en términos muy generales».

Por tanto, no es una novela exactamente popular: leerla requiere un cierto esfuerzo y, por supuesto, bastante tiempo. Compensará mucho a quien, siendo ya buen lector, desee leer para evadirse sin más, o a quien esté interesado en cuestiones constructivas y de lenguaje. Lo anterior quiere decir que no tiene, ni de lejos, la potencia de fondo de obras como El jilguero —una novela con la que se la ha puesto en paralelo por su extensión y haber sido publicadas casi a la vez—.

Si hubiera que indicar un punto básico que la novela subraya sería el de la necesidad de las muchas perspectivas para llegar a conocer la verdad de las cosas. Cuando, en la primera parte del relato, a Walter Moody le hacen notar lo que ocurrió, uno de los presentes le dice que tal vez lo que le han contado sea «un poquito más de lo que esperaba» y otro puntualiza que «siempre es así, cuando se dice la verdad».

Eleanor Catton. Las luminarias (The Luminaries, 2014). Madrid: Siruela, 2014; 806 pp.; col. Nuevos Tiempos; trad. de Celia Montolío; ISBN: 978-84-16208-32-6.

miércoles, 26 de agosto de 2020

'Entre un millón de líneas', de Juan Lozano Garrote

Entre un millón de líneas de [Juan Lozano Garrote]
Así como son libros con buen futuro los que hablan bien de bibliotecas y bibliotecarias, también lo son los que presentan de modo amable a las librerías y a los libreros. Al final de esta reseña de Rialto, 11, un ameno relato autobiográfico de Belén Rubiano que tuvo un merecido éxito hace ya un tiempo, se mencionan unas cuantas novelas sobre librerías. y a ellas se puede sumar ahora Entre un millón de líneas, la primera y conseguida novela de Juan Lozano Garrote, bien reseñada también en Libros... ¿y por qué no?.

Su argumento parece algo inspirado en el de la película Mejor imposible (a la que se cita en el interior de la novela), pues Teo, su protagonista y narrador, es un librero con rarezas y muy metido en sí mismo, pero buena persona y gran lector, y su oponente femenino es una chica que le hace bajar sus defensas para que se vaya comportando con más normalidad. Está bien construido el personaje de Teo, cuya forma de actuar un tanto exasperante acaba interesando al lector, es un gran contrapunto Esther, y son excelentes los diálogos entre ambos en los que hay intercambios de opiniones sobre novelas y novelistas.

Belén Rubiano. Rialto, 11 (2019). Barcelona: Libros de Asteroide, 2019; 240 pp.; ISBN: 978-8417007751
Juan Lozano Garrote. Entre un millón de líneas (2020). Amazon, 2019; 320 pp.; ISBN: 978-1099354281; ASIN: B082FL1XTC.

miércoles, 19 de agosto de 2020

'Alimentar a la bestia', de Al Alvarez

Si en El corredor se presenta de modo genial el mundo de un mediofondista, Al Alvarez lo hace de un alpinista en Alimentar a la bestia. Es una biografía de Mo Anthoine, un escalador inglés que ascendió a los picos más altos del mundo, fue cámara en muchos documentales de montaña, participó como extra en escenas de famosas películas que requerían expertos montañeros —como, por ejemplo, en La misión—, y puso en marcha una empresa que diseñaba y fabricaba prendas y artefactos de gran fiabilidad para su deporte —es muy fácil diseñar cosas de más, decía, cosas que están bien para Vogue pero no para salir a la montaña—.

El libro está muy bien escrito, con precisión y sencillez, sin énfasis ni alardes. Esto encaja con la personalidad del biografiado, de quien se subraya su sensatez, pues evitaba siempre riesgos innecesarios y se aseguraba de que quienes salían con él fueran bien equipados —«un buen montañero es un montañero vivo», decía—, y su ecuanimidad —es muy fácil abandonar las pequeñas cosas que hay que hacer en una escalada, cosas básicas como evitar que se moje el saco de dormir, «pero si no las haces empiezas a desmoronarte física y mentalmente»—.

Se describe bien, como decía, el modo de ser, áspero y cordial a la vez, propio de unos alpinistas indiferentes a ciertos elogios: «“¿qué mérito tiene que el público diga ‘Es un gran montañero’? No significa nada, porque la gente ignora en qué consiste ser un gran montañero”». Se habla de cómo entendía y afrontaba Mo Anthoine la escalada: «no es un deporte. “Es un pasatiempo”, asegura. “Incluye el placer. Mientras que un deporte, por definición, incluye la competición (...) un escalador compite solo contra sí mismo”; esto es: contra la rebelión de los músculos, contra los nervios y, cuando algo falla, contra la falta de entereza».

El autor, un conocido escritor inglés, fue amigo y compañero de Mo Anthoine en varias expediciones, como cuenta en el libro. Aunque deja claro que hay mucho de frikismo en quienes llevan tan al límite una pasión deportiva —Anthoine decía que buscaba la incomodidad propia de las escaladas porque necesitaba «alimentar a la bestia»—, también acentúa la importancia del sentido común y tener expectativas razonables para entender y practicar su deporte: «si esperas disfrutar cada día, mejor olvídate de la montaña», decía, aunque después sí lo disfrutes mucho.

Al Alvarez. Alimentar a la bestia (Feeding The Rat, 1988). Barcelona: Libros del Asteroide, 2020; 155 pp.; trad. de Juan Nadalini; ISBN: 978-84-17977-35-1.