No hace mucho releí
La dama de blanco, de
Wilkie Collins. Un motivo: hacía mucho que la había leído y deseaba refrescar en mi
memoria el perfil de algunos personajes. Otro: es un relato absorbente como pocos, debido a su
hábil construcción, al enorme atractivo de la heroína y del malvado, y,
por supuesto, a las intrigas que se suceden. Además, Collins afirma,
en su prólogo, que se asesoró bien para presentar correctamente los
pormenores legales de su relato, dirigido por otro lado a mostrar que
la ley de su tiempo y su país era injustamente favorable a los maridos
frente a sus esposas. Que el autor pidiese que, en su epitafio, se
pusiese «autor de
La dama de blanco y de otras obras de ficción»,
da idea de que consideraba esa novela, la quinta que publicó, como la
mejor de las suyas, opinión que hoy comparten muchos también.
El joven Walter Hartright es contratado como profesor de dibujo de las
hermanas Marian Halcombe y Laura Fairlie, de la que se enamora. Pero,
como el padre de Laura, ya fallecido, había comprometido su matrimonio
con sir Percival Glyde, un barón y terrateniente vecino, Walter se
marcha, no sin temor, pues una dama fantasmal llamada Anne Catherick
—con un gran parecido físico a Laura, y a la que había conocido en
circunstancias extrañas— reaparece para, enigmáticamente, advertir
contra el barón. Sin embargo, Laura y sir Percival se casan y, cuando
regresan de su desastroso viaje de bodas, con una larga estancia en
Italia incluida, Laura puede sobrellevar el comportamiento iracundo del
barón gracias al apoyo de Marian. Pero entra en escena también un amigo
italiano del barón, el untuoso y cortés conde Fosco, casado además con
una tía de Laura, que conspira con sir Percival para hacerse con el
dinero que le corresponde a Laura por herencia.
Una parte del interés de la historia está en el recurso —original
entonces— de contarla mediante una sucesión de relatos, ordenados
cronológicamente, a cargo cada uno de alguien que vivió en primera
persona los hechos. Así lo explica el primero de los narradores y
recopilador de todo el material: «cuando el que escribe estas líneas
introductorias (de nombre Walter Hartright) haya estado en relación más
directa que otros con los sucesos de que habla él mismo lo contará.
Cuando falle su conocimiento de los hechos dejará su lugar de narrador, y
su tarea la continuarán, desde el punto en que él lo haya dejado,
personas que pueden hablar de las circunstancias de cada suceso con
tanta seguridad y evidencia como él mismo ha hablado en anteriores
ocasiones». En su
Introducción a la literatura inglesa
(Madrid: Alianza, 1999), Jorge Luis Borges y María Esther Vázquez
indican que «bajo el influjo de la novela epistolar del siglo XVIII,
Collins fue el primer novelista que usó el procedimiento de que una
historia fuera contada por los personajes de la fábula. Este concepto de
los diversos puntos de vista sería utilizado y profundizado después por
Browning y por
Henry James».
Otra parte del interés procede de la galería de personajes y del
particular punto de vista de cada narrador. Son excelentes, pero
menores, el hipocondríaco y clasista Frederick Fairlie, tío de Laura, la
rencorosa Jane Catherick, madre de Anne, o el ama de llaves Eliza
Michelson, que se tiene a sí misma por «humana e indulgente con los
extranjeros», dado que «no tienen nuestras virtudes y nuestras ventajas,
pues casi todos se han educado en los errores ciegos del papismo». Sin
embargo, el nivel sube cuando entran en acción y hablan la decidida
Marian Halcombe y, sobre todo, el asombroso conde Fosco —químico de
profesión, enfermizamente tierno con unos canarios y unos ratones a los
que adiestra, capaz de amenazar salvajemente del modo más cortés…—.
Entre otras cosas, se puede destacar de Marian Halcombe cómo sus
afirmaciones acerca de los modos de pensar y actuar de las mujeres se
ven desmentidas una y otra vez por sus propios hechos. Así, una vez
afirma que la mente de las mujeres «es demasiado versátil y nuestros
ojos son demasiado desatentos»..., pero no los suyos. En otra señala
que, por no ser más que una mujer, está «condenada a tener paciencia,
corrección y faldas para toda la vida» y ha de arreglárselas «como pueda
de una manera débil y femenina»…, que no es la suya tampoco. Es un gran
acierto de la trama que la única debilidad de Fosco sea, precisamente,
la gran admiración que siente por Marian.
Del conde Fosco, Marian, en su diario, afirma que lo que «le hace único
entre los demás mortales, está sobre todo y ante todo y hasta dónde
puedo afirmar por ahora, en la expresión y en la fuerza extraordinaria
de sus ojos. Sus modales y el dominio absoluto que posee de nuestro
idioma han contribuido hasta cierto punto a que gane mi aprecio. Escucha
a una mujer con una deferencia sosegada, con una mirada llena de un
interés plácido y vivo. Le habla con una voz que trasluce una gran
delicadeza interior, y ello, hay que decirlo, resulta irresistible». Más
adelante señalará que había «cierta relación misteriosa entre sus más
profundos sentimientos y sus refinamientos más espectaculares» y
apreciará que sus más insignificantes acciones «ocultaban siempre un
propósito recóndito».
Wilkie Collins.
La dama de blanco (The Woman in White, 1859). Barcelona: Montesinos, 1989: 431 pp.; trad.
de Maruja Gómez Segalés; ISBN: 84-85859-78-2. Otra edición en
Barcelona: Debolsillo, 2010; 816 pp.; col. Clásica; trad. de Maruja
Gómez Segalés; ISBN: 978-8499086316.