miércoles, 11 de noviembre de 2020

'El paso siguiente en el baile', de Tim Gautreaux


Esta gran reseña de José María Guelbenzu en Babelia me ahorra preparar un comentario sobre la que, sin duda y por el momento, es la mejor novela que he leído este año: El paso siguiente en el baile, de Tim Gautreaux. Otra reseña más, para quien desee más perspectivas, es la de Adolfo Torrecilla en su blog. 

El atractivo de la novela está en muchas cosas: en su lenguaje perfecto, en la fluidez y naturalidad con la que suceden las cosas, en la personalidad tan bien atrapada de los protagonistas, en la emoción que desprende la relación tensa entre ellos, en la intensidad de algunas escenas, en el magnífico desenlace. 

Otro motivo de interés para leerla es el de comprobar cómo hay norteamericanos tan distintos a los que retrata en sus relatos Richard Ford, entre otros buenos escritores. De Gautreaux son también excelentes sus relatos cortos reunidos en El mismo sitio, las mismas cosas, reseñados aquí y aquí.

Tim Gautreaux. El paso siguiente en el baile (The next step in the dance, 1999). Madrid: La Huerta Grande, 2019; 454 pp.; col. Las Hespérides; trad. José Gabriel Rodríguez Pazos; ISBN: 978-8417118594.
Tim Gautreaux. El mismo sitio, las mismas cosas (Same Place, Same Things, 1996). Madrid: La Huerta Grande, 2018; 302 pp.; trad. de José Gabriel Rodríguez Pazos; ISBN: 978-8417118112.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

'Hazlo tan bien que no puedan ignorarte' y 'Enfócate', de Cal Newport

https://planetadelibrosar2.cdnstatics.com/usuaris/libros/fotos/250/original/portada_enfocate_cal-newport_201703081403.jpg
Hace tiempo leí, y me gustó, Hazlo tan bien que no puedan ignorarte, de Cal Newport, un libro subtitulado «por qué ser competente importa más que la pasión para alcanzar el trabajo de tus sueños».

En un comentario que hice indiqué cuatro cosas. Una, que varias personas en las que se fija el autor para llegar a sus conclusiones —el inevitable Steve Jobs y otros— pueden no resultar representativas para muchos, aunque los planteamientos que hace sí que son aplicables en muchísimos casos, por ejemplo a cualquiera que esté realizando sus estudios. Dos, que el comienzo es engañoso y puede hacer pensar que estamos ante un libro más de consejos impracticables, pero luego no es así. Tres, que el autor estructura lo que quiere decir en cuatro capítulos que son cuatro reglas formuladas provocativamente: «no sigas tus sueños», «hazlo tan bien que no puedan ignorarte» (o la importancia de cultivar continua y exigentemente las propias habilidades), «rechaza un ascenso» (o la importancia de mantener el control sobre lo que uno hace), «piensa en pequeño, actúa a lo grande» (o la importancia de la misión, de tener objetivos altos). Cuatro, la importancia que da el autor al concepto del «entrenamiento deliberado»: que lo que determina la excelencia es una práctica deliberada de las destrezas que ha de ir mucho más allá de la comodidad y que ha de afrontarse con la disposición de someterse a críticas constantes. En definitiva, que «una vida laboral satisfactoria es una experiencia más sutil» de lo que tantas fantasías en circulación hacen suponer, que «trabajar bien importa más que tener un buen trabajo» y que, al final, lo más importante siempre es encarar mejor el trabajo que ya tienes.

Del mismo autor he leído Enfócate: consejos para alcanzar el éxito en un mundo disperso, mal título, en mi opinión: aunque la palabra «éxito» venda más que otras mejor sería poner el acento, tal como hace luego el libro, en trabajar bien. De hecho, el autor dirá que su libro trata sobre la importancia de cultivar los hábitos necesarios para poder trabajar de modo «profundo»: desea describir y proponer al lector «un programa riguroso para transformar su vida profesional de tal forma que se centre en la profundidad». 

No pretendo comentarlo sino, simplemente, señalar que hace observaciones valiosas y contiene sugerencias prácticas útiles, y reunir aquí unas citas: 

—«Si usted quiere ganar la guerra de la atención, no trate de decirles no a las distracciones triviales que encontramos en el batiburrillo de la información; trate de decirle sí al tema que lo atrae terriblemente y permita que este invada todo lo demás».

—«Muchas personas suponen que pueden pasar de un estado de distracción a uno de concentración según lo necesiten, pero (…) esta suposición es optimista. Cuando nuestro cerebro está cableado para la distracción, la sigue buscando afanosamente».

—«La práctica contribuye a fortalecer los músculos de la resistencia a la distracción, pues lo obliga a uno a redirigir repetidamente la atención hacia un problema bien definido; también contribuye a profundizar la concentración, pues obliga a ir a lo profundo de un solo problema».

—«Comprometerse con el trabajo profundo no implica una postura moral ni es una declaración filosófica. Es, eso sí, un reconocimiento pragmático de que la capacidad para concentrarnos es una destreza que permite hacer cosas valiosas» y, para eso, es imprescindible ser respetuoso con el propio tiempo.

Cal Newport. Hazlo tan bien que no puedan ignorarte (So Good They Can’t Ignore You. Why Skills Trump Passion in the Quest for Work You Love, 2012). Madrid: Asertos, 2017; 240 pp.; trad. de Diego Pereda; ISBN: 978-84-944631-3-6.
Cal Newport. Enfócate: consejos para alcanzar el éxito en un mundo disperso (Deep Work: Rules for Focused Success in a Distracted World, 2016). Buenos Aires: Paidós, 2016; 296 pp.; col. Empresa; trad. de María Mercedes Correa; ISBN: 978-6077473428.

miércoles, 28 de octubre de 2020

'Bajo cielos inmensos', de A. B. Guthrie

Bajo cielos inmensos, de Alfred Bertram Guthrie, es una novela cuyo protagonista es uno de los llamados  «mountain men», o tramperos, de los que hubo varios miles en los territorios del Oeste de Norteamérica durante las primeras décadas del siglo XIX, fueron cazadores expertos, vendedores de pieles, exploradores también, cuya relación con los indios era en ocasiones amistosa y a veces conflictiva. 

Se ambienta en Montana, en los años 30, y su protagonista es Boone Caudill, un chico de diecisiete años que, después de una violenta pelea con su padre, huye de su granja de Kentucky. Su intención es ir al encuentro de su tío Zeb Calloway, un «mountain man». En el camino, Boone se hace amigo de otro chico, Jim Deakins, que acaba uniéndose a él. Ambos terminarán trabajando para un traficante de pieles que desea llegar, remontando el río Missouri en una barcaza, a los territorios de los Pies Negros para comerciar con ellos. Viajarán con un experto cazador llamado Dick Summers, que se convierte en su modelo y mentor, y con una chica india muy joven, que primero huirá y a la que, más adelante, Boone buscará para que sea su mujer. 

La novela se centra en el aprendizaje de Boone, un chico de grandes cualidades para la caza y para la lucha, pero de temperamento tumultuoso a quien con frecuencia tienen que intentar frenar sus amigos: «Disparando a los búfalos, o atrapando castores, o luchando contra osos, Boone era tan bueno como el que más, pero con la gente era distinto. No sabía contar chistes, ni soltar o encajar bromas, ni ver las cosas desde distintos puntos de vista, ni buscar diversión en lugar de problemas. Lo único que sabía era tirar hacia delante. En ocasiones, cuando estaba a punto de meterse en algún lío por no pararse a pensar, una pequeña frase, dicha como de pasada, le hacía recobrar el sentido y lo calmaba, o al menos lo contenía. Jim suponía que Boone estaba agradecido, como lo estaría un chico que carecía de las palabras para decirlo».

Igual que dije al comentar otras novelas del Oeste, esta también tiene interés para quienes disfrutamos con ellas. Está considerada una de las mejores, por supuesto de su autor pero también del género, pues está bien escrita, la historia y los personajes tienen fuerza, y la reconstrucción de ambientes y costumbres está cuidada. Ahora bien, quienes no tengan tanto afán por este tipo de historias deben saber que se puede hacer larga, que abundan las escenas de gran violencia, y que no es nada fácil empatizar con un héroe cuyo comportamiento se hace cada vez más bronco.

A. B. Guthrie, Jr. Bajo cielos inmensos (The Big Sky, 1947). Madrid: Valdemar, 2014; 528 pp.; col. Frontera; trad. de Marta Lila Murillo; ISBN: 978-8477027737.

jueves, 22 de octubre de 2020

'Editar la vida', de Michael Korda, y 'Lector voraz', de Robert Gottlieb

Después de comentar la biografía de Max Perkins y las memorias de Bennett Cerf, pongo ahora un comentario a las memorias de Michael Korda (1933-), editor de Simon & Schuster durante la segunda mitad del siglo XX, y, brevemente, también a las de Robert Gottlieb (1931-), que entró a trabajar también en Simon & Shuster en 1955, fue editor jefe en 1965, se trasladó tres años después a Alfred A. Knopf y, tiempo adelante, fue editor del The New Yorker.

En Editar la vida. Mitos y realidades de la industria del libro, Korda habla de su aprendizaje primero y de su trabajo como editor de libros de toda clase después; explica los cambios que se dieron en la industria editorial a lo largo de cinco décadas; comenta las grandes diferencias entre unos y otros aspectos de su trabajo —leer manuscritos y editarlos, una profesión, y publicarlos y promocionarlos, un negocio—; y, sobre todo, rememora incidentes, unos relacionados con la publicación de libros y otros debidos a su trato con colegas, o escritores profesionales, o escritores ocasionales como algunas estrellas cinematográficas o presidentes como Nixon o Reagan.

Cuenta jugosas anécdotas ajenas y propias. Entre las ajenas una es cuando dice que, a veces, llega un manuscrito inesperado en el momento más inesperado: «Todos en el mundo editorial saben que si el editor de Macmillan no hubiera tenido un resfriado mientras visitaba Atlanta, no habría permanecido en cama leyendo el voluminoso manuscrito que una mujer le había entregado en el vestíbulo del hotel, y que más tarde se convertiría, después de mucho trabajo de edición y de cambiarle el título, en Lo que el viento se llevó. Los milagros existen». Otra es la de que hubo editores norteamericanos que rechazaron publicar La colina de Watership, de Richard Adams, durante años: nadie creía que una larga novela sobre conejos, contada desde el punto de vista del conejo, podría funcionar en EE.UU.; quienes lo habían leído pensaban que podría funcionar si se recortaba drásticamente o si se reescribía como libro infantil. «Esta forma particular de ceguera no es poco común», dice Korda.

Entre las propias tal vez la mejor sea la que ocurrió cuando a su editorial le ofrecieron el libro de memorias de Albert Speer, y Korda intentaba convencer al propietario y editor, Max Schuster, de que lo aceptaran porque, al margen de otras consideraciones, en sí mismo, e incluso leyéndolo sólo como testimonio, era un libro extraordinario. El editor escuchó atentamente sus argumentos y asintió: le dijo que estaba en lo cierto y que no tenía dudas de que el libro sería un best-seller. Pero añadió: «Sólo hay un problema. No quiero ver el nombre de Albert Speer y el mío en el mismo libro». Años más tarde, Korda usaría el mismo argumento para un libro de Louis Farrakhan. Como diría después otro de sus colegas: «una editorial tiene la obligación de creer en la Primera Enmienda pero no tiene la obligación de publicar todo lo que se le envía».

En relación al trabajo como editor Korda rememora cómo fue aprendiendo de sus colegas distintas cosas: de uno, «la importancia del entusiasmo y la imaginación»; de otro, «la importancia de poner atención a los pequeños detalles y a trabajar con ahínco durante largas horas en manuscritos que no proporcionan ninguna satisfacción».

Explica cómo «quienes saben de verdad de edición constituyen una curiosa combinación de animador con conocedor de historias, saben arreglar una prosa deficiente, inventar un final dramático para una escena (en lugar del primero que se les ocurra), o mostrarse despiadados al cortar el texto. Son la clase de personas que no dudan en desafiar al autor en un intento de conseguir que el libro funcione de la mejor manera, o de la manera en que supuestamente debería hacerlo, y que en ocasiones es capaz de adivinar lo que un autor intentaba hacer y mostrarle cómo hacerlo».

Señala que, «para un auténtico editor, reducir un manuscrito de setecientas páginas a cuatrocientas, inventar un nuevo título, recombinar los capítulos para darle al libro un comienzo increíble y un final sorprendente, resulta un reto cotidiano, como para un cirujano una operación difícil. Los editores de verdad, si son buenos, también saben dejar las cosas como están, lo que es aún más importante. “Si está bien, no lo toques”, podría ser la primera regla de nuestro juramento, si tuviéramos uno».

Al mismo tiempo, también hace notar que un editor muchas veces no sabe qué ocurrirá con los libros que publica: «La única manera de saber si un libro se venderá es publicándolo». Además, indica en otro lugar, «quizá el mayor milagro en la industria editorial sea la forma en que, cuando se le da la oportunidad, el público se lleva a casa un buen libro de un autor desconocido y lo convierte en un sorpresivo best-seller (a menudo el editor es el más sorprendido de todos)».

En Lector voraz, Robert Gottlieb cuenta su vida: es un libro que también da muchos pormenores del mundo editorial norteamericano en las décadas centrales del siglo y cuenta jugosas anécdotas de autores y de la edición de libros famosos. No me atrajo tanto como el de Korda —de quien fue compañero— tal vez porque se nota más en él una clara intención de tratar a todo el mundo amablemente, con alguna excepción, y eso significa también que hay silencios que se ve que ocultan historias tristes detrás.

Uno de los autores de los que no habla bien es Roald Dahl, cuyo comportamiento exigente e irrespetuoso con las personas de la editorial provocó que nadie quisiese trabajar con él, por lo que le acabó despidiendo, un acto estúpido desde el punto de vista de las ganancias pero que lo convirtió en un héroe ante los empleados de Knopf.

Otro de los autores que promovió desde el manuscrito de su primera novela, La amenaza de Andrómeda, fue Michael Crichton. De él dice que tenía una formación científica sólida, un gran olfato para estar a la última, que tenía grandes ideas pero, al principio, una escritura desastrosa, que le ayudaron a pulir en la editorial, y fueron llegando después sus mejores novelas, como Parque Jurásico. Y aquí Gottlieb indica que el público sabe bien que autores como Stephen King, o John Grisham, o Michael Crichton en tecnothriller «son los mejores en lo que hacen».

Gottlieb estuvo siempre muy interesado en el mundo de la danza y, al final de su vida, su gran ocupación e interés fue el New York City Ballet. Al hablar de él está uno de esos párrafos donde se aprecia que hay muchas cosas que no ha contado del mundo editorial: «Uno de los motivos por los que vivir en el mundo de la danza me genera tanto placer es que hay muy pocas gilipolleces conectadas a él (en contraposición con el mundo del teatro). Los bailarines conocen la partitura. Se ven cada día en los espejos del estudio, no como un acto narcisista sino para identificar defectos y debilidades; saber mejor que tú si cierta actuación es deficiente; y saben cuándo su técnica comienza a debilitarse tras un parón largo o incluso unos días sin recibir lecciones. Ni un montón de halagos pueden oscurecer esas realidades».

Michael Korda. Editar la vida. Mitos y realidades de la industria del libro (Another Life: A Memoir of Other People, 2000). Barcelona: Random House Mondadori, 2005; 377 pp.; trad. de Fernando González Téllez; ISBN: 84-8306-618-1.
Robert Gottlieb. Lector voraz (Avid Reader. A Life, 2016). Barcelona: Navona, 2018; 419 pp.; trad. de Ainize Salaberri; prólogo de Javier Aparicio Maydeu; ISBN: 978-84-17181-47-5.

jueves, 15 de octubre de 2020

'Llamémosla Random House', de Bennett Cerf

Bennett Cerf (1898-1971) entró en el negocio editorial en 1925 y fundó Random House en 1927, empresa de la que fue propietario y presidente hasta poco tiempo antes de fallecer. Había empezado a preparar sus memorias pero falleció repentinamente por lo que fueron su esposa y su principal editor, Albert Erskine, quienes prepararon este libro, Llamémosla Random House, a partir de sus notas y de las entrevistas que había concedido. La historia de sus peripecias profesionales se cuenta cronológicamente aunque algunos capítulos se dedican a determinadas cuestiones —compras o absorciones de otras editoriales, ideas de negocio que salieron especialmente bien, etc. — o a sus relaciones con autores más importantes o con los que llegó a tratar más íntimamente —como William Faulkner o James Michener, escritores que, dice Cerf, confían en el editor y por tanto el editor se vuelca con ellos—.

El libro está repleto de anécdotas pues Cerf era una persona bromista y extrovertida, con muchas relaciones con el mundo del espectáculo —era juez habitual de la elección de Miss América, fue un gran amigo de Frank Sinatra, participaba de modo habitual en un show televisivo…—. Habla de por qué publicó, o por qué no lo hizo, algunos libros controvertidos, igual que cuenta sucedidos con otros editores y muchos escritores, casi siempre con acentos amables y positivos. Son reveladoras —también por lo atrás que se han quedado…— algunas opiniones que tenía sobre su negocio al final de su andadura profesional, como la de que «la gente no lee ficción como antes, tal vez porque la vida misma es muy emocionante. La ficción hoy no puede competir con la primera plana de un periódico». Pero lo más interesante, sin duda, está en cómo su historia deja constancia de la evolución y el crecimiento de la industria editorial en las décadas centrales del siglo XX.

Por ejemplo (y en relación a mis intereses particulares), Cerf cuenta que descubrió la literatura infantil cuando tuvo dos hijos y se propuso contarles cuentos y darles libros, y gracias también a su esposa Phillis, que fue quien impulsó una nueva colección, que también constituyó como una empresa independiente al principio, llamada Begginer Books. Esta colección, un éxito arrollador, comenzó con El gato garabato, del Dr. Seuss, autor que había publicado ya varios libros en la editorial pero que, con este, consiguió uno de los relatos más vendidos de la historia.

Más adelante comenzaron otras colecciones, por edades, y fue uno de los hijos de Cerf quien le sugirió que los libros de las colecciones debían ir numerados porque, así, aquellos lectores a los que les había gustado ese libro sabían que podían encontrar más del mismo tipo. O, por ejemplo, dos ideas que fueron una gran lotería, en palabras del mismo Cerf, fueron los All About Books, los libros que hablaban de «todo sobre el tiempo», «todo sobre las estrellas», etc., muy impulsados por el consumo cada vez mayor de la televisión entre los niños; o los Landmark Books, que pensó cuando quiso comprarle a su hijo de siete años, en 1948, libros sobre historia de los EE.UU. y vio que no había ninguno apropiado en las librerías, por lo que puso en marcha una colección compuesta por libros que trataban, cada uno, un episodio importante de la historia de los EE.UU.

Bennett Cerf. Llamémosla Random House. Memorias de Bennett Cerf (At Random. The Reminiscences of Bennett Cerf, 1977). Madrid: Trama, 2013; 270 pp.; col. Tipos móviles; trad. de Íñigo García Ureta; ISBN: 978-84-92755-90-5.

jueves, 8 de octubre de 2020

'Max Perkins', de A. Scott Berg

La biografía del editor Max Perkins (1884-1947), de A. Scott Berg, es un libro importante para quienes conozcan o deseen conocer una parte de la historia de la literatura norteamericana del siglo XX. El libro cuenta la vida de Perkins pero se centra, sobre todo, en su trabajo como editor de Scribner’s desde 1910 hasta su muerte, y, en particular, en las relaciones que sostuvo con sus tres escritores más importantes: Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway y Thomas Wolfe. No sé cómo es la edición original pero a la española, que tiene una buena traduccón, le faltan un índice onomástico, una revisión para quitarle las erratas, y notas al pie para señalar de qué libros, de los muchísimos que se van citando, hay edición en España.

El autor no da muchos pormenores de la vida de Perkins pues fue una persona de hábitos constantes, un buen padre para sus hijas y un esposo fiel aunque poco atento, pues estuvo siempre centrado en su trabajo hasta el exceso. Se comentan sus pequeñas rutinas y particularidades, por ejemplo que tuvo por norma, desde un incidente de su infancia, «no rechazar jamás una responsabilidad»; que llevaba sombrero siempre; que su libro favorito era Guerra y Paz, al que recurría en momentos de inquietud —«siempre encuentro consuelo en Guerra y pas en tiempos turbulentos»—, que incluso se lo leía en alto a sus hijas, y del que regalaba ejemplares con frecuencia.

En su trabajo como editor estaba continuamente buscando nuevas voces; tenía un talento particular para dar continuos ánimos y elogios a los escritores, para insistirles en la necesidad de trabajar de modo perseverante, y para señalarles también las mejoras que deberían introducir en sus obras. Analizaba con cuidado los manuscritos, identificaba las deficiencias y los fallos estructurales que había que corregir, hacía sugerencias e indicaba posibles soluciones. Sobre todo, el biógrafo señala que tenía tanto la capacidad de ver más allá de los desaciertos del libro que le enviaban, como la tenacidad para conseguir transformarlo hasta que fuera lo mejor que podía llegar a ser.

Es destacable la cortesía y lealtad con la que siempre trató a los escritores que publicaban con él, algunos con un altísimo concepto de sí mismos. Al respecto, se cuenta una anécdota de Hemingway, que abordó a un crítico suyo en una cena, y le dijo: «¿sabes lo que más me gustó de tu ensayo [sobre mí]? Las citas que usaste. Hasta entonces no me había dado cuenta de lo buenas que eran». En una carta a Scott Fitzgerald, Perkins le decía que «somos absolutamente fieles a nuestros autores, y les apoyamos lealmente, aunque se enfrenten a pérdidas durante largos periodos, cuando creemos en sus cualidades y en ellos». Ese comportamiento dio lugar a unas relaciones muy estrechas con algunos, sobre todo con Thomas Wolfe. De hecho, su dedicación a él y a otros le movió a no hacerse cargo de las obras de un Henry Roth, pues se daba cuenta de que no tendría tiempo para los problemas que le daría un libro como Llámalo sueño.

En su momento prolongué este comentario con otros acerca de la relación de Perkins con Scott Fitzgerald, la que tuvo con Hemingway y Thomas Wolfe, y la que tuvo con Marjorie Kinnan Rawlings (entre otros muchos escritores)

A. Scott Berg. Max Perkins. El editor de libros (Max Perkins: Editor of Genius, 1978). Madrid: Rialp, 2016; 579 pp.; col. Biografías y testimonios; trad. de David Cerdá; ISBN: 978-84-321-4730-2.

jueves, 1 de octubre de 2020

'La familia Karnowsky', de Israel Yeshoshua Singer

La familia Karnowsky, de Israel Yeshoshua Singer, es una novela semejante a Los hermanos Ashkenazi, en su planteamiento —si allí se hablaba de tres generaciones de una familia en Lodz a finales del XIX y principio del XX, aquí presenta tres generaciones de una familia judía en Berlín durante las primeras décadas del siglo XX—, en los temas que trata —choques entre padres e hijos, tensiones entre familias judías debidas unas a la posición social y otras a los modos de afrontar las relaciones con la sociedad en la que viven—, y en la forma de reorientar al final las vidas de sus héroes hacia un mayor entendimiento de sus errores del pasado y una mayor benevolencia de unos hacia otros.

La novela comienza en Melnitz, Polonia. El rabino de la localidad choca con el recién casado David Karnowsky, seguidor de las doctrinas de Moshe Mendelsson, que proponía la asimilación entre los gentiles, por lo que Karnowsky decide marcharse a Berlín. Allí progresa en los negocios y crece su hijo Georg. Este acaba estudiando medicina, trabajando en una clínica prestigiosa y, contra los deseos de sus padres, casándose con una enfermera cristiana, por lo que su padre y él dejan de tener trato. Georg y su esposa Teresa tienen un hijo, Joachim Georg o Yegor, que también acabará enfrentado furiosamente con su padre. Se cuentan las relaciones de la familia Karnovsky con otras familias judías, que el ascenso del nazismo provoca humillaciones para los judíos cada vez más insoportables, y que muchas familias, como los Karnowsky, consiguen emigrar a los Estados Unidos.

Es importante tener en cuenta que Singer fecha su manuscrito en 1940-1941 y que la novela se publica en 1943: entre los personajes no se aprecian todavía las grandes dimensiones que acabará teniendo el exterminio nazi. Sí quedan muy bien dibujados los autoengaños de quienes piensan que, por alguna razón, ellos sí se librarán de las persecuciones que comienzan y que acabarán integrados en el Nuevo Orden que se proclama. Aunque lo que arma la historia son, sobre todo, los conflictos entre padres e hijos, son muchos los aspectos de interés de la narración. Por ejemplo, es un personaje secundario magnífico Salomon Burak, que pasa de ser buhonero a ser propietario de unos grandes almacenes, primero en Berlín y luego en Nueva York, donde vuelve a comenzar de cero cuando llega. Y son excelentes, por su viveza, las descripciones de vida callejera en los barrios judíos, en Alemania y en Estados Unidos.

Israel Yehoshúa Singer. La familia Karnowsky (Di mishpoje Carnovsky, 1943). Barcelona: Acantilado, 2017; 552 pp.; trad. del yiddish de Rhoda Henelde y Jacob Abecassis; ISBN: 978-84-16011-54-4.

jueves, 24 de septiembre de 2020

'Los hermanos Ashkenazi', de Israel Yeshohua Singer

En Los hermanos Ashkenazi, de Israel Yeshohua Singer —hermano mayor de Isaac Bashevis Singer—, se cuenta la vida de tres generaciones de una familia en la ciudad de Lodz, Polonia, en las décadas finales del siglo XIX y primeras del XX. Se centra, sobre todo, en Max Askhenazi, que reniega de su nombre y orígenes jasídicos para llegar a ser un poderoso industrial textil en Lodz y en San Petersburgo. Se hace una descripción excelente de la forma que tomó la revolución industrial en Polonia, de cómo fueron tomando auge los movimientos revolucionarios, y de cómo se incubaron y realizaron algunos pogromos. La novela termina con la muerte de Max, siendo ya mayor, cuando el comunismo está llegando al poder en Rusia.

El hilo argumental principal es la vida de Max, al que seguimos desde su nacimiento, en su niñez y juventud, en sus primeros pasos en los negocios, en su triunfo completo gracias a su comportamiento avispado y canallesco, hasta un final en el que reflexiona que «había vivido ciego, engañado», que «del mismo modo que en la antigüedad los judíos habían sacrificado a sus primogénitos al ídolo Moloch, él se había inmolado en el altar de la codicia, adorando al becerro de oro». Pero tal vez el interés mayor de la novela es lo que muestra de la época: del interior de las industrias, del funcionamiento de algunos negocios, de los prejuicios y valores de las familias judías de clase alta y de clase humilde, de la forma en que podían desencadenarse los altercados y las persecuciones contra los judíos, de cómo las protestas sociales alcanzaron el punto de ebullición que permitió el ascenso imparable del partido comunista.

Entre los grandes personajes secundarios que hay en la novela uno que destaca es el rabino Nuske, siempre absorbido con sus estudios y completamente despreocupado de las cosas materiales a pesar de la fortísima presión de su esposa: «La vida en la tierra no era más que un breve preludio, un vestíbulo que llevaba a la verdadera vida, y ¿qué importaba lo mísero que fuera un vestíbulo? No guardaba rencor a su esposa, pues sabía que las mujeres, inmersas en el mundo material, eran incapaces de ver lo esencial. Por lo tanto, aceptaba con paciencia todos sus insultos, sus muestras de desprecio y burla, sin responder ni una sola palabra, lo que la enfurecía aún más. —¡Di algo al menos, mentecato! —chillaba ella, histérica. ¿No ves que te estoy humillando? Él permanecía en silencio. Le parecía bien que su esposa lo humillara como castigo por los pecados en que se revolcaba y que con seguridad lo habían hecho merecedor de un lugar en la Gehena».

Otro es su hijo Nissan, que renegará de su judaísmo y se convertirá en un fanático revolucionario marxista: «Para Nissan, la lógica y profundidad de esa doctrina, su simplicidad y su construcción genial, parecían dar respuesta a todas las eternas preguntas. Guardaba su ejemplar de Das Kapital como un compañero inseparable y lo llevaba consigo a todas partes, del mismo modo que un judío devoto lleva su taled y sus filacterias. Y al igual que su padre, para quien la sabiduría de la Torá no debía servir únicamente para edificar el propio espíritu, sino que debía ser difundida entre todos, también Nissan entendía que su misión era divulgar la nueva Torá y ridiculizar y denigrar a quienes se negaban a reconocer la verdad que contenía».

Israel Yehoshua Singer. Los hermanos Ashkenazi (The Brothers Ashkenazi, 1936). Barcelona: Ediciones B, 2003; 646 pp.; col. Afluentes; trad. de Rhoda y Jacob Abecassis; ISBN: 978-8466611305. Nueva edición en Barcelona: Acantilado, 2017; 680 pp.; ISBN: 978-8416748464.

jueves, 17 de septiembre de 2020

'Los hijos', de Gay Talese

Los hijos es un libro de memorias familiares de Gay Talese. Es una gran narración en la que Talese habla, sobre todo, de sus abuelos y sus padres, pero también de algunos hermanos y primos más cercanos a sus padres. Se compone así un buen panorama de la vida que llevaron, tanto en su tierra de origen, Maida, Calabria, como en los países a los que fueron emigrando, Estados Unidos y Francia. La historia termina durante la segunda Guerra Mundial, con una escena de gran intensidad, cuando el narrador tiene unos doce años de edad y es un entusiasta enorme de las maquetas de aviones, y su padre, un sastre conocido en su ciudad de Ocean City, Nueva Jersey, recibe la noticia del trágico bombardeo aliado de Montecassino.

El autor desciende a muchos detalles en algunos casos —se ve que cuenta con material de primera mano, tanto recuerdos orales de sus familiares como documentos y diarios— y, según la situación lo requiere, también se detiene a explicar el contexto histórico del momento. Por supuesto, se centra más en las vidas de su padre y de su madre, aunque tiene mucha relevancia un primo de su padre, Antonio, que fue un sastre afamado en París. En una nota final Talese indica que tardó diez años en terminar su libro y que dedicó mucho tiempo «a entrevistas a gente en Europa y los Estados Unidos; a leer sobre la emigración italiana y sobre los gobiernos de los que huían los emigrantes». El resultado final es un fresco histórico muy ameno en el que, aparte de una gran abundancia de detalles de todo tipo, se trata bien el dolor profundo de la emigración, tanto entre quienes permanecen como entre quienes se van.

Además, las relaciones entre padres e hijos que son el tejido de la historia contienen muchos momentos inolvidables que a veces hacen eco unos en otros de generación en generación. Así, cuando el padre del autor, Joseph, que era un niño aún pero ya trabajaba en el taller de sastre de su abuelo, Domenico, este le riñó fuertemente:

«Joseph levantó la mirada y le interrumpió.

—Abuelo —suplicó—, ¡ha sido un error! ¡Ha sido el primer error grave que cometo! No he sido insubordinado. Simplemente no me he dado cuenta de que los pantalones estaban escondidos debajo de la tela que estaba cortando. Ha sido mi primer error después de muchas cosas buenas que he hecho y que nunca me has reconocido —ahora hablaba más fuerte, y aunque era consciente de que nunca se había mostrado tan directo con su abuelo, siguió con desesperación—: ¡Nunca estás contento! Nada de lo que hago es bastante bueno para ti. Siempre eres estricto y severo conmigo —ya sollozando, Joseph añadió—: Lo que pasa es que no me quieres...

Su abuelo permaneció en silencio. Esperó varios minutos a que Joseph dejara de llorar. Cuando habló, lo hizo con una voz totalmente desconocida.

—Te quiero —dijo con un tono más comprensivo de lo que Joseph había oído nunca—. Pero todavía no eres lo bastante mayor para comprender este amor. Confundes la crítica con la falta de amor. Pero es todo lo contrario. La gente que critica se preocupa por ti. Quieren que mejores. La gente a la que no le importas no tiene puestas grandes esperanzas en ti. Te aceptan como eres. Dejan que te relajes. Quieren que te conformes. Quien no te quiere —concluyó— te hará reír. Quien bien te quiere te hará llorar».

Gay Talese. Los hijos (Unto the sons, 1992). Barcelona: Debolsillo, 2016; 768 pp.; trad. de Damià Alou; ISBN: 978-8466332057.

jueves, 10 de septiembre de 2020

'Honrarás a tu padre', de Gay Talese

Honrarás a tu padre, de Gay Talese, es un largo relato-reportaje sobre la familia mafiosa Bonnano y fue el primer libro de no-ficción que habló seriamente sobre la mafia en los Estados Unidos. Es un libro que, dice su autor al final, «surgió del bochorno que sentía mi padre (nacido en Italia) ante el hecho de que los gánsteres con apellido italiano dominaran invariablemente los titulares y la mayor parte de los programas de televisión que trataban sobre el crimen organizado». Centra su atención, sobre todo, en Bill Bonnano, y comienza justo cuando secuestran a su padre, Joe Bonnano, el año 1964. A partir de ahí la narración va cambiando de tiempos, ambientes y enfoques para ir componiendo la historia de la familia Bonnano y sus relaciones con otras organizaciones del mismo tipo.

Las entrevistas que, durante años, el autor mantuvo con muchos de los personajes de su historia le permitieron reconstruir y luego contar con viveza muchos momentos de la vida familiar de los Bonnano, de las interioridades de las investigaciones y juicios, y de algunos incidentes violentos. Uno de los focos de la narración viene apuntado por el título: cómo eran las relaciones entre padres e hijos dentro de las familias Bonnano. Por ejemplo, se cuenta cómo los dos niños mayores de Bill, cuando tenían unos diez años, «aceptaban ahora el hecho de que su padre anduviera armado con la misma facilidad con que aceptaban que lo hicieran Hopalong Cassidy y los otros personajes de películas de vaqueros, detectives o soldados que veían a diario en televisión».

Otro de los focos apunta en una dirección inesperada: «si se comparaban con algunas de las publicitadas atrocidades cometidas por las tropas aliadas contra la población civil en el sudeste de Asia, o con las intrigas de la CIA, o las tácticas de los Boinas Verdes (quienes, en 1969, se deshicieron de un espía desleal amarrándolo con cadenas y llantas de neumáticos y arrojándolo a un río), las hazañas de la Mafia apenas parecían justificar la elaborada cobertura informativa que recibían. Cobertura que no recibirían de no ser por el factor mitológico» y, también, parece que desea decir Talese, por el interés del gobierno y de muchos en hacer que todos miren hacia otro lado. De hecho, los crímenes e ilegalidades de la policía para perseguir y llegar a condenar a Bill Bonnano se presentan como flagrantes.

Otra de las facetas que le interesa mostrar al autor es la gran diferencia que hay entre la percepción de la gente y la realidad de las vidas de tantos mafiosos. En un enorme párrafo con sólo un punto lo dice del siguiente modo:

«Cuando el ciudadano norteamericano común pensaba en la Mafia, por lo general se imaginaba escenas llenas de acción y violencia, de dramáticas intrigas y confabulaciones que valían millones de dólares, de limusinas negras e inmensas cuyas ruedas chirriaban al doblar las esquinas mientras las balas de las ametralladoras se regaban por el andén; ésa era la versión de Hollywood y aunque mucho de eso se basaba en la realidad, también era cierto que exageraba absurdamente esa misma realidad, omitiendo por completo la sensación que dominaba la existencia de la Mafia: una rutina de interminables esperas, tedio, escondites, exceso de cigarrillos, exceso de comida, falta de ejercicio físico, mientras pasaban la vida recostados en habitaciones con las cortinas cerradas y muriéndose de tedio al tiempo que trataban de mantenerse vivos. Con tanto tiempo entre las manos y tan poco que hacer con él, el típico mafioso tendía a volverse egocéntrico y obsesivo, a vivir pendiente de minucias que magnificaba, a reaccionar de manera desproporcionada ante cualquier ruido, dándole demasiadas vueltas a todo lo que se decía y se hacía a su alrededor, perdiendo la perspectiva del mundo que se extendía más allá de él y del pequeño lugar que ocupaba en ese panorama más amplio, pero consciente de todas maneras de la imagen exagerada que el mundo tenía de él».

Gay Talese. Honrarás a tu padre (Honor Thy Father, 1971). Barcelona: Debolsillo, 2016; 632 pp.; trad. de Patricia Torres; ISBN: 978-8466332040.

jueves, 3 de septiembre de 2020

'Las luminarias', de Eleanor Catton

Las luminarias, de Eleanor Catton, es una novela con una construcción narrativa meticulosa —argumento con una estructura circular; división en doce partes, cada una de la mitad de extensión que la previa; uso de los significados del zodiaco de una forma coherente sin que, por ese motivo, se lastre la lectura de quien no los conozca ni la cuestión le importe—, y un estilo limpio y cuidado —frases bien medidas, descripciones perfectas, precisión detallista en cualquier tema que se toque—.

1866, Hokitika, una joven ciudad con minas de oro en la costa oeste de la Isla Sur de Nueva Zelanda. Todo comienza cuando el recién llegado Walter Moody acaba en medio de una reunión secreta de doce prohombres de la ciudad que desean discutir algunos acontecimientos: la extraña muerte de un minero y el descubrimiento en su casa de unas grandes cantidades de oro de origen misterioso, la no menos sorprendente desaparición de otro minero rico y los también curiosos acontecimientos en torno a una prostituta. Se despliegan entonces los hechos tal como los han vivido cada uno de los personajes —aunque con intromisiones del narrador para, pongamos por caso, «reproducir la historia [del chino Sook Yongsheng] de una manera fiel a los acontecimientos que quería revelar, más que al estilo de su narración»— y se descubre que Moody también ha visto algo extraño en el barco en el que ha llegado a Hokitika. De un modo que cabría llamar teatral, esos y otros personajes van entrando y saliendo de escena y el relato una y otra vez va y viene entre el presente y el pasado.

Se puede leer la novela como un largo relato costumbrista o histórico, por lo que tiene de reconstrucción cuidadosa del ambiente propio de una ciudad enfebrecida como Hokitika: minas, buscadores, navieras, hombres de negocios, campañas electorales, políticos, establecimientos de distinto tipo, fumaderos de opio, traficantes… No faltan tampoco páginas dedicadas a personajes maoríes y chinos, que dan idea de sus formas de afrontar la vida y de relacionarse con los occidentales, ni reflexiones de cierto interés acerca de tanta gente que huye pues, dice uno, «si el hogar no puede ser el lugar de donde uno es, entonces es lo que uno hace del lugar al que va».

Se puede leer, también, como una novela folletinesca y policial de tipo puzle, al modo de los relatos del género que fabricaron Wilkie Collins y también Dickens. Esos y otros autores están en el fondo de la historia, que tiene mucho de pastiche y parodia de las novelas decimonónicas. En muchos momentos la narración avanza por medio de interrogaciones: «¿Qué había dicho Balfour unas horas antes? ¿”Una sarta de coincidencias no puede ser una coincidencia”? ¿Y qué era una coincidencia, pensó Moody, sino un momento detenido en una secuencia que todavía estaba sin explicar?».

Es extraordinariamente característico el narrador, exacto y nada dubitativo en sus apreciaciones. Por ejemplo, de un clérigo dice que algo típico suyo era «no atribuir una motivación precisa a los actos de dudosa integridad y que, por el contrario, prefiriese alimentar una especie de distraída confusión en torno a sus motivaciones consideradas como un todo». O bien, de otro personaje afirma que «conocía el poder latente de la oscuridad (poderoso, porque suscitaba la curiosidad ajena) y sabía elaborar muy buenas estrategias para ejercerlo, pero se esforzaba en mantener oculto ese talento».

O un comentario como este: «Observamos que uno de los grandes atributos de la discreción es que puede enmascarar todas las variedades más comunes y simples de la ignorancia, y si algo podía destacarse de Walter Moody era su extremada discreción». Del mismo personaje se asegura que tenía un defecto propio de gentes inteligentes: «tendía a considerar el don de su intelecto como una suerte de licencia cuya exclusiva autoridad le protegía, en toda circunstancia, de obrar mal. Consideraba que sus obligaciones morales eran de una modalidad completamente distinta a las de los hombres de menor categoría, y en consecuencia rara vez sentía vergüenza o escrúpulos, excepto en términos muy generales».

Por tanto, no es una novela exactamente popular: leerla requiere un cierto esfuerzo y, por supuesto, bastante tiempo. Compensará mucho a quien, siendo ya buen lector, desee leer para evadirse sin más, o a quien esté interesado en cuestiones constructivas y de lenguaje. Lo anterior quiere decir que no tiene, ni de lejos, la potencia de fondo de obras como El jilguero —una novela con la que se la ha puesto en paralelo por su extensión y haber sido publicadas casi a la vez—.

Si hubiera que indicar un punto básico que la novela subraya sería el de la necesidad de las muchas perspectivas para llegar a conocer la verdad de las cosas. Cuando, en la primera parte del relato, a Walter Moody le hacen notar lo que ocurrió, uno de los presentes le dice que tal vez lo que le han contado sea «un poquito más de lo que esperaba» y otro puntualiza que «siempre es así, cuando se dice la verdad».

Eleanor Catton. Las luminarias (The Luminaries, 2014). Madrid: Siruela, 2014; 806 pp.; col. Nuevos Tiempos; trad. de Celia Montolío; ISBN: 978-84-16208-32-6.

miércoles, 26 de agosto de 2020

'Entre un millón de líneas', de Juan Lozano Garrote

Entre un millón de líneas de [Juan Lozano Garrote]
Así como son libros con buen futuro los que hablan bien de bibliotecas y bibliotecarias, también lo son los que presentan de modo amable a las librerías y a los libreros. Al final de esta reseña de Rialto, 11, un ameno relato autobiográfico de Belén Rubiano que tuvo un merecido éxito hace ya un tiempo, se mencionan unas cuantas novelas sobre librerías. y a ellas se puede sumar ahora Entre un millón de líneas, la primera y conseguida novela de Juan Lozano Garrote, bien reseñada también en Libros... ¿y por qué no?.

Su argumento parece algo inspirado en el de la película Mejor imposible (a la que se cita en el interior de la novela), pues Teo, su protagonista y narrador, es un librero con rarezas y muy metido en sí mismo, pero buena persona y gran lector, y su oponente femenino es una chica que le hace bajar sus defensas para que se vaya comportando con más normalidad. Está bien construido el personaje de Teo, cuya forma de actuar un tanto exasperante acaba interesando al lector, es un gran contrapunto Esther, y son excelentes los diálogos entre ambos en los que hay intercambios de opiniones sobre novelas y novelistas.

Belén Rubiano. Rialto, 11 (2019). Barcelona: Libros de Asteroide, 2019; 240 pp.; ISBN: 978-8417007751
Juan Lozano Garrote. Entre un millón de líneas (2020). Amazon, 2019; 320 pp.; ISBN: 978-1099354281; ASIN: B082FL1XTC.

miércoles, 19 de agosto de 2020

'Alimentar a la bestia', de Al Alvarez

Si en El corredor se presenta de modo genial el mundo de un mediofondista, Al Alvarez lo hace de un alpinista en Alimentar a la bestia. Es una biografía de Mo Anthoine, un escalador inglés que ascendió a los picos más altos del mundo, fue cámara en muchos documentales de montaña, participó como extra en escenas de famosas películas que requerían expertos montañeros —como, por ejemplo, en La misión—, y puso en marcha una empresa que diseñaba y fabricaba prendas y artefactos de gran fiabilidad para su deporte —es muy fácil diseñar cosas de más, decía, cosas que están bien para Vogue pero no para salir a la montaña—.

El libro está muy bien escrito, con precisión y sencillez, sin énfasis ni alardes. Esto encaja con la personalidad del biografiado, de quien se subraya su sensatez, pues evitaba siempre riesgos innecesarios y se aseguraba de que quienes salían con él fueran bien equipados —«un buen montañero es un montañero vivo», decía—, y su ecuanimidad —es muy fácil abandonar las pequeñas cosas que hay que hacer en una escalada, cosas básicas como evitar que se moje el saco de dormir, «pero si no las haces empiezas a desmoronarte física y mentalmente»—.

Se describe bien, como decía, el modo de ser, áspero y cordial a la vez, propio de unos alpinistas indiferentes a ciertos elogios: «“¿qué mérito tiene que el público diga ‘Es un gran montañero’? No significa nada, porque la gente ignora en qué consiste ser un gran montañero”». Se habla de cómo entendía y afrontaba Mo Anthoine la escalada: «no es un deporte. “Es un pasatiempo”, asegura. “Incluye el placer. Mientras que un deporte, por definición, incluye la competición (...) un escalador compite solo contra sí mismo”; esto es: contra la rebelión de los músculos, contra los nervios y, cuando algo falla, contra la falta de entereza».

El autor, un conocido escritor inglés, fue amigo y compañero de Mo Anthoine en varias expediciones, como cuenta en el libro. Aunque deja claro que hay mucho de frikismo en quienes llevan tan al límite una pasión deportiva —Anthoine decía que buscaba la incomodidad propia de las escaladas porque necesitaba «alimentar a la bestia»—, también acentúa la importancia del sentido común y tener expectativas razonables para entender y practicar su deporte: «si esperas disfrutar cada día, mejor olvídate de la montaña», decía, aunque después sí lo disfrutes mucho.

Al Alvarez. Alimentar a la bestia (Feeding The Rat, 1988). Barcelona: Libros del Asteroide, 2020; 155 pp.; trad. de Juan Nadalini; ISBN: 978-84-17977-35-1.

miércoles, 12 de agosto de 2020

'El corredor', de John L. Parker

Hace años, un amigo mediofondista me habló de El corredor, una novela de John L. Parker: no le hice mucho caso entonces y, al leerla ahora, me di cuenta de mi error porque la he disfrutado mucho. El autor, que fue atleta en su época universitaria, decidió publicarla por su cuenta después de que la rechazaran varias editoriales. Poco a poco su libro fue difundiéndose y, pasado el tiempo, se convirtió en un gran éxito y en una referencia para los interesados en el atletismo, y en particular entre los corredores. Su mérito no está en su argumento, como un mínimo andamiaje, sino en el magnífico retrato que hace de «la mentalidad dolorosa y ritualista del corredor especializado», de lo bien que capta el momento en el que un corredor se da cuenta de que puede aspirar a mucho más, de la gran descripción de un estilo de vida moldeado por unos entrenamientos agotadores que te dejan «cansado de estar cansado», y, por supuesto, de la forma en que se cuenta cómo vive un corredor una carrera de medio fondo de las que levantan al público de los asientos.

Quenton Cassidy, un corredor de la imaginaria Universidad del Sureste, de Florida, entrena para, y sueña con, llegar a correr la milla en menos de cuatro minutos. Debido a ciertos incidentes que se producen en la universidad es sancionado con no poder volver a competir en ese curso. Pero Bruce Denton, un corredor de fondo que fue medallista olímpico y está en el final de su vida deportiva, ve las posibilidades de Cassidy y actúa como su mentor: le alienta a seguir entrenando, le deja para eso que viva en su casa de los bosques, y además organiza las cosas para que, después de dejarse barba y el pelo largo, pueda pasar por un atleta finlandés que, procedente de una universidad de Ohio, se presenta para competir en una carrera a la que vendrá nada menos que John Walton (un corredor de ficción basado en el neozelandés John Walker, campeón olímpico de 1500 metros en 1976), «el primer ser humano en correr una milla por debajo de 3:50», un tipo con «un aura de casi total invencibilidad».

Como verá quien conozca los ambientes propios de los atletas, el autor capta bien las personalidades aparentes de quienes practican las distintas especialidades. De los lanzadores de peso dice que «solían ser unos machitos engreídos, aunque en realidad eran bastante amables; su presencia física resultaba tan amenazadora que nunca necesitaban recurrir al abuso»; «la confianza en uno mismo de los que se dedican a tales menesteres es enorme y no requiere el apoyo de ninguna bravuconería. Solo se temían entre ellos». A los corredores de fondo los describe como unos «mensajeros serenos» que «vivían dentro de sí mismos; se comportaban así desde hacía muchísimo tiempo y continúan haciéndolo a día de hoy». En cambio, el arte de los velocistas y los saltadores «giraba en torno a un único instante explosivo durante el cual todo se ganaba o se perdía»; «eran nerviosos, eléctricos, y pasaban de estar absortos con el éxito a verse atrapados en un pantano hediondo. Eran los maníaco-depresivos del mundo del atletismo. Constantemente se daban fuerzas a sí mismos a base de fanfarronería, tanto para afirmar un coraje decaído como para intimidar a sus oponentes».

La novela deja claro cómo el atletismo es distinto a otros deportes pues sus practicantes son «dolorosa y permanentemente conscientes» de cuál es su sitio. Dice Cassidy que «en la pista todo está apuntado en negro sobre blanco. Mucha gente no es capaz de soportar esta clase de presión; los egos se marchitan ante la evidencia. Cada uno de nosotros carga con sus propios registros, por eso nos importan tanto los números, por eso siempre estamos hablando de ellos. Por ejemplo, yo estoy en 4:00.3, y es como si llevara esta cifra tatuada en la frente. (…) Y lo cierto es que da exactamente igual la cantidad de carreras que gane. Ni siquiera he cruzado todavía la barrera de los cuatro minutos. Roger Bannister lo hizo en 1954. Llevo siete años de mi vida entregado a esto y hasta el momento estoy… en la media. Les pasa también a otros, puede que a los concertistas de piano, a los actores y a gente así. Pero ellos no están sujetos a las cifras crueles y frías como nosotros».

Bruce Denton le dirá a su pupilo en un momento crítico que posiblemente «el óvalo de cuarto de milla sea uno de los pocos lugares del mundo en los que ningún bastardo puede joderte, Quenton, y eso es porque allí fuera no hay dónde esconderse. No se puede fingir ni atravesar solo porque se es guapo, no hay pactos que valgan. Yo te he oído decir esto mismo. Por eso te hiciste corredor de milla. La pregunta ahora es si estás preparado para vivir por ello o si no eran más que palabras vacías». Este último es otro de los aspectos que la novela presenta bien: hay personas, como dirá el protagonista con acentos que me han recordado al impetuoso Thomas Wolfe, que sienten que «¡podemos brillar! ¡Convertirnos en leyendas de nuestro propio tiempo, infundir miedo en el corazón de los talentos mediocres de todas partes! ¡Podemos dedicarnos a desengañar a los torpes, a establecer récords fuera del alcance de los demás! ¡Dejar a las gradas sin aliento al estallar en un arranque de otro mundo a trescientas yardas de la meta! (…). Pronunciarán nuestros nombres a media voz: ¡«Esos tíos son animales», dirán!».

La novela detalla las situaciones y los procesos mentales por los que que puede pasar un corredor durante los entrenamientos. Por ejemplo, los momentos de desmoronamiento psicológico y físico, cuando uno necesita «entre doce y catorce horas de sueño por las noches» y se siente «literalmente desesperado por descansar»: «la pregunta que acosa al corredor que está sometido a un entrenamiento en pleno desmoronamiento es: ¿por qué vivo como vivo? Hasta el punto de que la cuestión termina siendo: ¿es esto vivir?». Quenton Cassidy, dice la narración, tenía un método simple para despejar las dudas fundamentales: «no pensar en ellas en absoluto. Tales cuestiones habían sido consideradas hacía muchísimo tiempo, se habían tomado decisiones, consignado respuestas, y el libro había sido cerrado. Si debía abrirlo cada vez que las cosas se ponían difíciles, pasaría más tiempo racionalizando que entrenando; su cuaderno de bitácora comenzaría a revelar información vergonzosa, es posible que cuadros en blanco, y eso era algo que incluso un obsesivo-compulsivo hecho a sí mismo no podía tolerar».

Cassidy, continúa el relato, «no perseguía los momentos de euforia entre pausas. Estos llegaban cuando llegaban, con naturalidad, y se contentaba con disfrutar de ellos en privado. No corría por ningún motivo criptorreligioso, sino para ganar carreras, para cubrir distancias rápidamente. No solo para ser mejor que sus colegas, sino para superarse a sí mismo. Para ser más rápido por una décima de segundo, por una pulgada, por dos pies o dos yardas, de lo que había sido la semana o el año anterior. (…) Ciertos elogios y observaciones le hacían sentir incómodo; él explicaba que simplemente era un corredor, un atleta con una tarea absurdamente difícil, nada más. No era un maníaco de lo saludable, no estaba ahí fuera para moldear un cuerpo esbelto y delgado. No se alimentaba a base de nueces y bayas; si la caldera ardía lo suficiente, podía quemar cualquier cosa, incluso Big Macs».

«Su trabajo diario era arduo; satisfactorio en su conjunto, pero nada que ver con los alegres correteos vinculados a la naturaleza que describían las revistas. Otros corredores, los de verdad, lo entendían perfectamente. Quenton Cassidy sabía de qué hablaban los corredores místicos, los del footing, los poetas de la carretera, los zen y otros por el estilo. Pero también sabía que era generalmente imposible dar con su euforia en las mañanas oscuras y lluviosas. Lo fundamental para ellos era contarlo, no hacerlo. Cassidy comprendió enseguida que el verdadero corredor corre incluso cuando no le apetece hacerlo, y disputa carreras cuando debe, sin excusas y sin ningún tipo de freno. Para él, correr era real, y su modo de hacerlo era la cosa más real que conocía. Era alegría y aflicción, duro como un diamante. Aquello lo dejaba exhausto más allá de la comprensión, pero también le hacía libre».

La novela termina con muchas páginas magníficas dedicadas a la gran carrera final, vivida primero mentalmente por el protagonista, que anda por la pista la víspera de la competición e imagina paso a paso lo que puede ocurrir, y corrida luego realmente. Entre las muchas excelentes descripciones de cada curva y de cada incidente, así describe la tercera vuelta: «un microcosmos, no de vida, sino de malos tiempos, de tiempos que es necesario atravesar, de navidades sin juguetes, de estar deprimido en la parada de autobús a medianoche; tiempos a los que echar la vista atrás y reírse de ellos o simplemente olvidarlos». El final es un intenso codo a codo con John Walden, con el cuerpo convertido ya en «un bloque sólido de ácido láctico» y por dentro nada más que «aguanta aguanta aguanta Dios mío aguanta aguanta-aguanta-aguanta-aguanta-aguanta». 

John L. Parker. El corredor (Once a Runner: A Novel, 1978). Madrid: Capitán Swing, 2016; 312 pp.; col. Entrelíneas; trad. de Lucía Barahona; ISBN: 978-8494588624.

miércoles, 5 de agosto de 2020

'El silbido del arquero', de Irene Vallejo

Después de leer El infinito en un junco busqué una novela previa de Irene Vallejo titulada El silbido del arquero. Es un relato que da una versión particular de unos episodios de la Eneida: desde que, en el primer capítulo, Eneas naufraga con sus barcos en las costas de Cartago hasta que, al final de la novela, reemprende su viaje a Italia. Los capítulos se titulan con el nombre de cada uno de los narradores: por un lado, Eneas, Elisa (la reina de Cartago) y su joven hermanastra Ana, cuidadora y protectora de Yulo, el hijo de Eneas; por otro, el dios Eros, que interviene para que prenda el amor entre Eneas y Elisa, y Virgilio que, varios siglos después, reflexiona sobre cómo ha de ser el poema que le ha encargado el emperador que componga.

Esta reseña de hace tiempo es excelente, también por su detallismo, y explica bien que no estamos ante una novela cualquiera. Entre otras cosas, señala que tiene las cualidades propias de quien es doctora en Filología Clásica y consigue dar a su relato todo el sabor del mito; que se narran las cosas desde distintos puntos de vista y se logran dibujar bien las personalidades de cada uno de los narradores, en quienes chocan fuertemente deseos y responsabilidades personales; que es un gran acierto la figura de Eros como un narrador irónico y compasivo ante los comportamientos humanos; que incluso los defectos formales que se le pueden reprochar a ciertos momentos del relato importan poco frente al conjunto y al dominio que demuestra la escritora.

A mí me han interesado sobre todo los tramos dedicados a un compungido Virgilio que se lamenta de tener que «escribir para el terrible soberano de Roma, de corromper las palabras poniéndolas a su servicio, de lavar la sangre que mancha las manos del tirano», y no sabe cómo ha de hacerlo. Hasta que un día, en el que se siente seguido y observado por un personaje misterioso, entiende como ha de ser su obra:

«Por primera vez, el significado de las palabras penetra en mi mente y capto su sentido. Iliada, libro VI. Habla de la legendaria Helena, afligida, durante el asedio de Troya: “En lo sucesivo, los poetas cantarán nuestros sufrimientos a generaciones que están por nacer”. El verso gira como un torbellino en mi cabeza febril. Cantarán nuestros sufrimientos. De pronto me siento iluminado por una idea, una revelación.

La fiebre llamea en mi interior. El anciano Homero guarda silencio. Después gira sobre sus pasos y se aleja, desvaneciéndose en la oscuridad.

Aturdido por el asombro y el pavor, permanezco inmóvil. Mis pensamientos galopan sin freno. Las guerras caen en el olvido, los cantos permanecen. Solo el poema queda para narrar el dolor de los vencidos, la suerte de quienes son atropellados por los imparables acontecimientos que forjan la historia. Aquellos a quienes llamamos héroes fueron un día seres azotados por la desgracia. De la vendimia del sufrimiento brota el vino de las leyendas. Yo conozco el sufrimiento, la duda, el pesado lastre del miedo, pero también he experimentado la redención y el consuelo de las palabras. Ahora lo sé.

Yo puedo escribir este poema.

He encontrado mi voz».

Más adelante continúa:

«He aprendido que la misma persona [tanto él como el emperador] puede encarnar la máscara del triunfo y el rostro de la derrota. Creo que algo semejante sucede con el Imperio Romano, ese gran logro levantado sobre tanta violencia y tantos ideales traicionados.

“Los poetas cantarán nuestros sufrimientos”. La frase retumba una y otra vez en mi cabeza. Ahora sé que puedo contar cómo empezó todo, cuando Eneas salvó de la debacle de Troya a su viejo padre y a su hijo pequeño. Quiero relatar en mis versos su huida, con el sonido del fuego crepitando en los oídos, en medio del torbellino del saqueo griego. Rememorar los primeros pasos de la grandeza romana, los pasos vacilantes de un héroe que perdió su guerra, alguien a punto de derrumbarse, con un anciano a sus espaldas y un niño de la mano. Ahora sé que la derrota es siempre el punto de partida de una gran historia. (…)

Mis versos transformarán las penas en música. (…)

Estoy obligado a ser fiel a la leyenda, a entrar en el río del tiempo, a guiar mi canto por la senda impuesta para que suceda lo que sucedió y se cumpla el pasado de nuestro pueblo. Como Eneas, debo obediencia a la imperiosa profecía que, en la noche de los tiempos, decretó la llegada a Italia de los troyanos.

Siento el sabor de sus fracasos como el mío propio. (…) Es extraño, la leyenda encuentra una nueva justicia para los perdedores. Existe un humano esplendor en todas nuestras derrotas.

“Los poetas cantarán nuestros sufrimientos a generaciones que están por nacer”. En las sabias palabras del viejo Homero he encontrado mi senda. Compondré para Augusto el poema que tanto desea, daré vida con mis versos a sus antepasados, pero les insuflaré mis esperanzas y no su sed de poder. El emperador tendrá su ansiado homenaje, pero el poema épico albergará la melodía rebelde de todas las aspiraciones incumplidas. Cantaré al Imperio más poderoso del orbe cuando era solo el frágil sueño de un náufrago».

Irene Vallejo. El silbido del arquero (2015). Zaragoza: Contraseña, 2015; 210 pp.; ISBN: 978-84-940903-7-0.

miércoles, 29 de julio de 2020

'Encrucijadas de nuestra época', editado por Ignacio Aréchaga

Encrucijadas de nuestra época. Doce alternativas para decidir el futuro, libro editado por Ignacio Aréchaga, recopila textos publicados en el pasado en Aceprensa acerca de doce temas, que enumero a continuación y de los que pongo algunos ejemplos: «Un trabajo a favor de la familia» (liderazgo femenino, flexibilidad laboral…), «Rediseñar el ser humano» (transhumanismo, manipulación genética…), «Prejuicios sobre la religión» (ciencia y fe, cómo defender la fe sin levantar la voz…), «Género y sentimentalismo» (leyes LGTBI, homosexualidad…), «El cuidado al final de la vida» (morir con dignidad, cuidados paliativos…), «La emoción populista» (la burbuja progresista, la revuelta cultural contra las élites…), «Libres para educar» (conciertos educativos, educación diferenciada…), «Familia y derecho al hijo» (gestación subrogada, padres que impiden crecer…), «Tan comunicados y tan solos» (posverdad, la era de las distracciones…), «El nuevo mapa religioso» (la secularización, convicciones adquiridas y heredadas…), «La figura del padre» («ser padre es cosa de hombres»…), «Un mundo sin rendición a las drogas» (legalización sí o no, la carrera contra el dopaje…). Este comentario resume bien el contenido de los artículos. 

Ignacio Aréchaga (editor). Encrucijadas de nuestra época (2019). Madrid: Aceprensa, 2019; 326 pp.; ISBN: 978-84-321-5204-7. En versión para Kindle: ASIN: B0861BJDLM.

miércoles, 22 de julio de 2020

'El señor Marbury', de Alfonso Paredes

El señor Marbury, de Alfonso Paredes, es una novela fluida que se lee con gusto y que parece tener una componente autobiográfica. Tiene tres partes, se desarrolla en 130 capitulitos de dos o tres páginas, y trata de la vida familiar de un abogado de un ficticio Somerset. En sus páginas se narran conversaciones e incidentes del protagonista con su mujer y sus cuatro hijas, de 5 a 12 años más o menos, y con otros matrimonios que son amigos o familiares. Lo que caracteriza la narración, en tercera persona pero casi siempre desde dentro del señor Marbury, un abogado de unos cuarenta años, es un tono reflexivo acerca de la vida, continuamente apoyado en obras literarias de distinto tipo que el protagonista y su mujer leen y comparten. Hay citas de Enrique García-Máiquez, Rainer María Rilke y Fabrice Hadjadj para encabezar cada una de las tres partes; hay poemas y versos de autores como Miguel D’Ors, Julio Martínez Mesanza o Karmelo Iribarren, entre otros; hay referencias a novelas de William Saroyan y a  escritores como Chesterton, entre muchas más. En conjunto el libro deja una visión optimista y esperanzada de la vida, de una vida matrimonial y familiar entendidas cristianamente, y trasmite una forma combativa y bienhumorada de hacer frente a las deficiencias propias y ajenas. 

Alfonso Paredes. El señor Marbury (2020). Madrid: Homo Legens, 2020; 208 pp.; ISBN: 978-84-18162-14-5.

jueves, 16 de julio de 2020

'Sigo aquí', de Maggie O'Farrell

Sigo aquí, libro de relatos de Maggie O’Farrell que se subtitula «Diecisiete roces con la muerte», es el primer libro que leo de la escritora norirlandesa. Se podrían calificar de historias de autoficción, pues cada una de las diecisiete habla de un momento en el que, de distintos modos, vio la muerte de cerca. Todas tienen en común una prosa transparente y un tono esperanzador vitalista muy de agradecer.

Algunas se refieren, simplemente, a situaciones en las que más tarde se dio cuenta de lo cerca que había estado de morir, como una vez en la que sintió temor ante un acompañante que se le acercó durante un paseo y, días más tarde, ese personaje asesinó a una chica como ella en unas circunstancias parecidas («Cuello. 1990»), u otra en la que se adentró imprudentemente en el mar y estuvo a punto de morir ahogada («Pulmones. 2000»).

Otras hablan de alguna enfermedad grave, como «Cerebelo. 1980», acerca de una encefalitis que sufrió cuando tenía ocho años. Al narrarla recuerda a sus padres porque, dice, «ahora que tengo hijos considero este episodio con otra perspectiva», y, más adelante, señala cómo, «cuando engendramos una vida nos abrimos al peligro, al miedo. Al coger a mi hijo en brazos me daba cuenta de lo vulnerable que era yo a la muerte: fue la primera vez que eso me asustó. Sabía demasiado bien lo fina que es la membrana que nos separa de ese lugar y la facilidad con la que puede perforarse». Por otro lado, esa enfermedad le dejó, ¿sorprendentemente?, una huella positiva: «Haber estado a punto de morir a los ocho años me hizo tomarme la muerte con optimismo, tal vez en exceso. Sabía que un día llegaría y no me asustaba; al contrario, la proximidad de la muerte me parecía casi familiar. Saber que tenía la suerte de estar viva, que con la misma facilidad podía haber muerto, cambió mi mentalidad. Seguir viva me parecía un regalo, un premio, una bendición: podía hacer con mi vida lo que quisiera. Y, además de engañar a la muerte, me había librado de quedarme paralítica. ¿Qué otra cosa podía hacer con mi independencia, con mi condición ambulatoria, sino sacarle todo el provecho posible?».

Tiene una especial intensidad «Recién nacida y torrente sanguíneo. 2005» acerca de un aborto espontáneo que tuvo. En ese texto dice: «Existe una corriente de pensamiento en el mundo que espera que las mujeres superen el aborto como si no hubiera pasado nada, que lo metabolicen rápidamente y sigan con su vida. “Es como una menstruación mala”, le dijo su suegra a una amiga mía con mucho desparpajo. Y yo digo: ¿por qué? ¿Por qué tenemos que seguir como si no hubiera pasado nada fuera de lo normal? Porque no es normal concebir una vida y después perderla. Estos sucesos tienen que señalarse, respetarse, hay que darles lo que les es debido. Se trata de una vida, por muy pequeña y germinal que sea. Es un conjunto de células tuyas y, en casi todos los casos, de alguien a quien amas. Sí, claro que pasan cosas peores todos los días, eso no lo puede negar nadie que esté en su sano juicio. Pero despreciar un aborto como si no fuera nada, como algo que hay que encajar, y seguir adelante es hacernos un flaco servicio a nosotras mismas, a nuestros hijos vivos, a esos seres incipientes que vivieron tan poco en nuestras entrañas, a que nos imaginamos durante las pocas semanas de embarazo, a esos niños fantasma que todavía llevamos en la cabeza, a los que no lo consiguieron».

También es conmovedor «Hija (Hoy en día)» cuyo hilo es un episodio angustioso cuando, durante un viaje que hizo a Italia con su marido y su hija y a esta, enferma de anafilaxia, se le presenta una crisis aguda inesperada y deben encontrar a toda prisa un hospital. En la narración recuerda situaciones por las que su hija, y su marido y ella, han pasado antes y dice: «Estarás tan agradecida a las personas que demuestran bondad y compasión con ella que casi no podrás contenerte. Tienes que recordarte que debes ser sensata, no emocionarte, cuando encuentras a estos ángeles terrenales, que no debes abrazarlos con una fuerza alarmante ni darles las gracias una y otra vez». Y, pasada cada crisis, dice, de nuevo con un optimismo de lo más alentador, que «te vas a la cama por la noche y respiras en la oscuridad y piensas: un día más. La he mantenido viva un día más. No te perturbarán la amigdalitis, la apendicitis, un niño calado hasta los huesos al principio de un paseo largo, los vómitos, unas rodillas con rasponazos, las astillas, los vaqueros tiesos de caca de perro, un yogur en todo el pelo en el preciso momento en que vas a embarcar en un vuelo internacional, un lago de champú derramado en el suelo del cuarto de baño, las visitas a urgencias por heridas, esguinces y golpes, garabatos de lápices de colores en una pared recién pintada, goteras en el tejado de casa, un aspirante a conductor que se carga un coche. Esas cosas son menudencias; lo crucial es la vida».

Maggie O’Farrell. Sigo aquí. Diecisiete roces con la muerte (I Am, I Am, I Am, 2017). Barcelona: Libros del Asteroide, 2018; 266 pp.; trad. de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera; ISBN: 978-8417007713.

jueves, 9 de julio de 2020

'El águila en la nieve', de Wallace Breem

El argumento de El águila en la nieve, del inglés Wallace Breem (1926–1990), comienza el año 406. El general Máximo defiende la frontera en el Rin con una sola legión. Cuando sus peores temores se cumplen, pues el río se hiela, ha de hacer frente a las tribus bárbaras (de alanos, cuados, marcomanos, alamanes y vándalos) que desean imperiosamente ocupar la Galia. Cuenta la historia el mismo Máximo, cuando ya es un anciano. Antes de llegar al momento cumbre de su relato, habla rápidamente de su familia, de su primo Juliano, con el que tendrá enfrentamientos más adelante, y de su época en Britania, donde se casó y donde murió su esposa, y donde hizo amistad con Quinto, un gran oficial de caballería que le acompañará ya siempre. Después el relato se ralentiza y se centra en todas las disposiciones que va tomando para cumplir la misión que le han encomendado.

La historia tiene tres apoyos principales. Uno, la descripción de la personalidad de Máximo: su carácter íntegro y su lealtad a Roma —ciudad que nunca pudo visitar—, su competencia profesional y su dureza casi sin paliativos, sus creencias religiosas mitraístas. Otro, la presentación del conflicto fronterizo, con el funcionamiento de la maquinaria burocrática del imperio en las ciudades lejanas, el juego canalla de las negociaciones entre romanos y bárbaros, el agobio de los pueblos del otro lado de la frontera, enemistados entre sí y presionados a su vez por los hunos, etc. Y un tercero, los aspectos relativos a las operaciones y movimientos de tipo militar, una cuestión que no se puede seguir bien en la edición española que conozco, pues no tiene mapas, un incomprensible fallo en un libro como este.

La narración es pormenorizada pero ágil. Logra transmitir los sentimientos crecientes de desesperanza y desmoronamiento del mundo conocido que podían tener algunas personas de la época. La tensión va en aumento pues, en efecto, se sabe que lo inevitable se acerca, la batalla final es verdaderamente trágica e intensa, y el punto de vista narrativo es perfecto para comunicar al lector todos los vaivenes de pesimismo y optimismo del bando romano. Luego, tal como hacen otros escritores digamos que de la misma raza —yo compararía parcialmente a Breem con Rosemary Sutcliff, y he visto que otros le comparan con Robert Graves o Mary Renault, escritores que yo no conozco lo bastante—, los diálogos son magníficos, tal vez demasiado buenos, pero en cualquier caso es muy de agradecer tanto cuidado e inteligencia en cada intercambio dialéctico.

Wallace Breem. El águila en la nieve (Eagle in the Snow, 1970). Madrid: Alamut, 2012, 2ª ed.; 319 pp.; col. Serie histórica; trad. de Núria Gres; ISBN: 978-84-9889-015-0.

jueves, 2 de julio de 2020

'Eugenia Grandet', de Honoré de Balzac

Eugenia Grandet es, tal vez, la novela más popular de Honoré de Balzac. Forma parte de La comedia humana, pero es una narración completa en sí misma, y se suele decir que, después de El avaro, de Molière, en ella figura el avaro más famoso de la literatura.

Se sitúa en la época de la restauración borbónica y se centra en el tío Grandet, un bodeguero provinciano que se hace muy rico gracias a su habilidad y a su dureza. Vive con su mujer, su hija Eugenia, y una fidelísima criada. Eugenia es una chica que vive recluida e ignorante de los manejos de su padre, y que tiene varios pretendientes que buscan, tanto ellos como sus familias, acceder a su futura fortuna. Ella no les hace mucho caso hasta que, un día, llega a su casa, desde París, su primo Charles, y ambos se enamoran. Pero, debido a las noticias que le llegan acerca del padre de Charles, el tío Grandet se opone rotundamente a la relación y a cualquier futuro compromiso.

Los dos primeros tercios de la narración muestran el aumento progresivo de la avaricia, y de la habilidad sin escrúpulos para los negocios, de Grandet. Así, al principio se habla de que «financieramente hablando, el señor Grandet tenía algo del tigre y de la boa; sabía tenderse en el suelo, encogerse, observar largo rato su presa, arrojándosele encima, después abría las fauces de su bolsa, engullía una carga de escudos y se acostaba tranquilamente, como la serpiente para digerir, impasible, frío, metódico». Hacia la mitad de la historia Eugenia empieza a mirar a su padre con otros ojos y, poco a poco, el relato mostrará la evolución de su carácter. Al final el narrador dirá que, a pesar de «las mezquindades de su educación y de su vida primera», fue una mujer que demostró una singular grandeza de alma.

Honoré de Balzac. Eugenia Grandet (Eugénie Grandet, 1833). Madrid: Siruela, 2010; 232 pp.; col. Tiempo de clásicos; trad. de Mauro Armiño; ISBN: 978-8498413762.